En las tres últimas décadas, el archipiélago canario se ha consolidado como uno de los principales destinos turísticos a nivel internacional. Al tradicional turismo de sol y playa, en los últimos cinco años, las islas han sido involucradas en un circuito global —potenciado por las redes sociales— de espiritualidad alternativa, bienestar y desarrollo personal, conformado por centros de yoga, espacios para retiros de meditación y terapias holísticas, enclaves en los que participar de ceremonias “neo-chamánicas” y comunidades que se autodefinen como alternativas o conscientes, etc. Este ecosistema de rincones para cultivar lo trascendente añade un extra a la saturación territorial que vivimos, consumada con 18,2 millones de turistas anuales y la creciente conflictividad social que desencadena. En este artículo queremos echar una primera ojeada a cómo la llegada de buscadores espirituales y facilitadores internacionales a Canarias reconfigura el uso del territorio. La misma altera los marcos identitarios sobre “lo canario” contribuyendo con ello a nuevas formas de desigualdad y desposesión, en las que la espiritualidad que se ha convertido en un campo privilegiado de inversión alegórica y material.
De la gentrificación urbana a la gentrificación espiritual
La gentrificación surge en la sociología urbana para describir procesos mediante los cuales barrios populares, habitados por clases trabajadoras y con identidad propia, son transformados por la llegada de personas con un mayor poder adquisitivo que compran a un precio más alto los inmuebles del entorno.
La transformación implica cambios en el uso residencial de las viviendas por alquileres vacacionales, con el consiguiente incremento del valor inmobiliario y desplazamiento de la población original, que no puede asumir el sobreprecio de la vida en estos entornos, dando como resultado una modificación simbólica en la identidad del barrio, sus prácticas cotidianas y sus formas de sociabilidad.
Este concepto se está ampliado a entornos rurales, donde encarecen el territorio al utilizarlo como recurso de inversión, y que conlleva la expulsión progresiva de quienes han utilizado esos parajes durante generaciones como forma de vida en el sector primario, figuras que no encajan en el nuevo modelo de las personas que adquieren estos terrenos.
La llegada de comunidades alternativas europeas y buscadores espirituales que aprovechan el clima benigno y la relativa asequibilidad de la vida en las islas —comparada con capitales europeas— han dado como resultado que en el archipiélago canario estén proliferando centros de terapias, retiros de fin de semana, festivales de espiritualidad y eco-comunidades en las medianías de las islas, dando pie a que cristalice el fenómeno de la “gentrificación espiritual”, estudiado ampliamente por las sociólogas australianas Peta Cook y Sophie Lynch. Ambas han analizado cómo el “wellness” —bienestar— y la espiritualidad se han convertido en herramientas de distinción y de gentrificación, creando una estética de “pureza” que atrae a clases medias-altas, aumentando el valor del suelo y desplazando a las poblaciones locales.
De esta manera, casas, fincas y enclaves naturales se han convertido en centros holísticos, eco aldeas o rincones con construcciones improvisadas, sin ningún control medioambiental o urbanístico, en los que se ofertan retiros, talleres, ceremonias y experiencias de sanación y autodescubrimiento como productos de alto valor. Están dirigidos a personas globalizadas que pagan por un rol folklorizado de la espiritualidad, con frecuencia recubiertos de una pátina de ancestralidad e indigenismo, que en la mayoría de los casos no existe más allá de la superficie, imbricado en un fenómeno de mercantilización de lo sagrado.
El contexto canario
De esta manera, Canarias se ha establecido como una periferia en la espiritualidad global, donde el paisaje, el clima y la “energía” se convierten en recursos explotables, sirviendo a la vez de puente entre Sudamérica y Europa. De esta manera, se ofrecen experiencias ceremoniales a los europeos que desean estar en un entorno que perciben como más occidentalizado, donde personas con conocimientos de ceremonias ancestrales, venidas cada cierto tiempo de comunidades indígenas hasta las islas, —o europeos que supuestamente han sido investidos de diversos rangos y saberes ajenos— ofrecen un repertorio estandarizado de experiencias espirituales, que además se legitiman a través de un discurso de sostenibilidad consciente y un estilo de vida “slow”.
La dimensión simbólica es clave para entender la gentrificación espiritual. El territorio canario es significado mediante narraciones que lo presentan como lugares de “altas vibración telúrica”, vinculados a volcanes, montañas y “portales de energía ancestral”, que habitualmente se enlazan con el patrimonio arqueológico.
Sin embargo, la realidad, es que estos relatos suelen estar reinterpretados en una amalgama de símbolos y conceptos de pueblos ancestrales, relatos que ignoran de forma deliberada las especifidades históricas e identitarias, a fin de crear un producto adecuado que se dirige a un público internacional y económicamente privilegiado. Las islas son un mero decorado temático para justificar estas prácticas, como recurso estético y lucrativo para otros, más que como territorio habitado por sujetos con proyectos y luchas propias.
Sanar sin depredar
La proliferación de la gentrificación espiritual en el archipiélago canario, lejos de funcionar como refugio neutral, aparece aquí como un nuevo paradigma de la saturación y fragilidad socio-económica del territorio. Por ello, el desafío debe consistir en desplazar la pregunta de cómo “aprovechar” espiritualmente el paraje, hacia cómo habitarlo de manera justa y respetuosa con las normas sociales. Esto último implica reconocer los vínculos entre espiritualidad, comunidades locales e identidad, así como abrir espacios de diálogo entre movimientos sociales y buscadores espirituales comprometidos. Sólo desde esta óptica es posible compaginar formas de vida y de cuidado del entorno que no reproduzcan viejos métodos de depredación del territorio, camuflados tras nuevos lenguajes que usan sin miramientos conceptos como “consciencia” y “sanación”.
En última instancia, el archipiélago no necesita de una espiritualidad de consumo, ni se trata de negar la búsqueda de trascendencia, sino más bien de entender que ningún proceso de sanación es auténtico si profundiza la herida social y ecológica del territorio que lo acoge. La consciencia, si es auténtica, debe ser también conciencia de idiosincrasia y de lugar, reconociendo que el paisaje canario no es un escenario pasivo para el autodescubrimiento, sino un tejido vivo de historia e identidad.
Como bien ha señalado el sociólogo Boaventura de Sousa Santos, la clave para una convivencia justa reside en lo que él denomina la “ecología de saberes”: “No tendremos justicia social global sin justicia cognitiva global; esto implica reconocer que la espiritualidad no puede ser un extractivismo simbólico, sino un diálogo horizontal con los saberes y las luchas de quienes habitan la tierra”.
Solo cuando el “buscador” se reconoce primero como vecino y aliado, la espiritualidad deja de ser un instrumento de desplazamiento para convertirse en un motor de reivindicación colectiva. El futuro de las islas no depende de cuánta “energía” deseemos descubrir en sus múltiples espacios naturales, ni de los lugares insólitos que jalonan nuestra geografía, sino de personas consecuentes con la capacidad para custodiarlos sin que quienes llevamos siglos habitando esta tierra, sintamos que se nos desplaza del territorio que nos vio nacer.



