jueves, 29 enero, 2026

El legado del «tributo de sangre» en la identidad canaria

La historia de las Islas Canarias no puede comprenderse plenamente sin analizar los complejos hilos de su relación con el continente americano. Entre los diversos procesos migratorios que definieron esta conexión, destaca un fenómeno particularmente punzante y trascendental, conocido popularmente como el «tributo de sangre». Este término, cargado de un profundo simbolismo, describe la imposición de la corona española que obligó a miles de canarios a cruzar el Atlántico, transformando un acuerdo comercial en un sacrificio humano para el sostenimiento del imperio.

Entre la mercancía y el desarraigo

El origen formal de esta medida se encuentra en la Real Cédula del 25 de mayo de 1678. En términos técnicos, el tributo estipulaba que, por cada cien toneladas de mercancías transportadas desde las islas hacia las posesiones coloniales en América y el Caribe, la población canaria tenía la obligación de enviar cinco familias para poblar dichos territorios.

Lo que inicialmente se presentó bajo la promesa de concesiones de tierras y un futuro próspero para los emigrantes, pronto desveló una realidad mucho más cruda.La ejecución de este reglamento se tornó en uno de los episodios más amargos de la historia del archipiélago. Ante la evidente falta de voluntarios dispuestos a abandonar su hogar por un futuro incierto, las autoridades coloniales recurrieron a la coacción.

La presión por cumplir con los cupos de mercancía y el temor de las élites isleñas a perder los privilegios económicos derivados de este comercio llevaron a que familias enteras fueran obligadas a emigrar bajo severas amenazas.

Emigración forzosa

Resulta paradójico observar el giro radical en la política migratoria de la corona española respecto a las Canarias. Durante más de un siglo, específicamente desde 1574, la emigración hacia América estuvo estrictamente prohibida para los naturales de las islas. El objetivo de esta restricción era evitar la despoblación del archipiélago, considerado un enclave estratégico vital.

Sin embargo, el final del siglo XVII trajo consigo un cambio de paradigma impulsado por la necesidad y la desesperación. Diversos factores confluyeron para que la corona viera en la emigración forzosa una válvula de escape como el deterioro de la producción agrícola a finales del siglo XVII, que debilitó la estructura económica de las islas, junto a una gestión administrativa desastrosa agravó la situación interna.

Esto dio lugar a la percepción de un exceso de población, sumada a una sociedad atenazada por la pobreza y el feudalismo, generó un caldo de cultivo para la inestabilidad social, dando lugar a la emigración forzada, utilizada por la corona y las autoridades locales como una herramienta para impedir posibles revueltas populares derivadas del descontento social.

El drama isleño en la geopolítica imperial

El «tributo de sangre» no fue solo una medida demográfica, sino una pieza clave en la defensa de los derechos coloniales de España frente a otras potencias europeas. La presencia de familias canarias sirvió para consolidar la soberanía española en áreas críticas amenazadas por rivales extranjeros. En Sudamérica se buscó frenar el avance de Portugal, que desde el sur de Brasil amenazaba la estratégica región del Río de la Plata, mientras que, en el Norteamérica y el Caribe, las familias fueron enviadas para contener la expansión de Inglaterra y Francia en los territorios al norte del río Grande, el golfo de México y diversas áreas caribeñas.

Este esfuerzo de repoblación dejó una huella imborrable en la cartografía americana. Ciudades emblemáticas como Montevideo y San Antonio de Texas deben su fundación o su impulso inicial a estos colonos. Asimismo, se llevaron a cabo importantes repoblaciones en el delta del río Misisipi, Cuba, Puerto Rico y la República Dominicana, reafirmando mediante la presencia física de los isleños la autoridad de la corona.

El primer contingente bajo este sistema del que se tiene registro llegó a la República Dominicana en 1684, compuesto por 97 familias, que no solo dejaron sus huellas en costumbres y topónimos; también lego una importante herencia en el ADN de estas poblaciones hasta la actualidad

El «Isleño» como sinónimo de resiliencia

A pesar de las circunstancias forzosas de su partida, las familias canarias demostraron una capacidad de adaptación y un esfuerzo que contribuyeron significativamente al progreso de las tierras que las acogieron. En estos nuevos escenarios, se forjó el apelativo de “isleños”, un término que hoy es sinónimo de hombres y mujeres de carácter firme y resiliente ante la adversidad.

El impacto de esta migración superó con creces las cifras estipuladas originalmente. Para cuando el tributo fue finalmente abolido en 1778, el número de familias obligadas a partir había excedido ampliamente los reglamentos iniciales. En la actualidad, el legado del «tributo de sangre« no es solo un registro en los archivos históricos. En regiones como el estado de Texas y el delta del río Misisipi, los descendientes de aquellos emigrantes del siglo XVIII mantienen viva la llama y el orgullo de su origen.

Estos grupos continúan conservando con orgullo la memoria de sus antepasados canarios, demostrando que, aunque la emigración fue forzada, el vínculo cultural y el sentido de identidad han perdurado a través de los siglos.

Este capítulo de la historia, analizado desde una perspectiva antropológica, nos recuerda que detrás de los decretos reales coloniales y las cifras comerciales, existen historias humanas de sacrificio que definieron el rostro y la identidad de las canarias y canarios en las dos américas.

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