sábado, 28 marzo, 2026

Las santiguadoras y sus palabras de sanación en Canarias

Cuando la Inquisición llegó a las Islas Canarias, no encontró lo que esperaba. Las prácticas curativas locales no desaparecieron. Simplemente cambiaron de ropa.

Eso es, en esencia, lo que parece revelar la medicina popular canaria; un sistema de conocimiento que sobrevivió siglos de presión religiosa, colonial y sanitaria sin romperse. No porque fuera invencible, sino porque supo adaptarse. Las curanderas y santiguadoras aprendieron a envolver sus rituales en lenguaje cristiano, a invocar a la Virgen y a los santos mientras mantenían intacta la lógica de sus creencias originales.

El resultado es un sincretismo que no fue un accidente cultural. Fue una estrategia de supervivencia en los métodos curativos de la sabiduría indígena.

Algo interesante ocurre cuando se analiza cómo se distribuyeron los roles dentro de este sistema. Los hombres —los curanderos— se especializaron en plantas. Conocían la etnobotánica local, sabían qué raíz servía para qué mal, cómo preparar un ungüento o una infusión. Era un saber empírico, observable, más difícil de perseguir.

Las mujeres tomaron otro camino. La santiguadora no cura con plantas, ejerce su ministerio terapéutico con palabras. Sus herramientas son los rezos, los ensalmos, las fórmulas rituales que invocan a Cristo o a la Virgen. Es un trabajo que parece más tolerable desde fuera, pero que en realidad preserva una cosmovisión mucho más antigua, en la que la enfermedad no es solo un problema del cuerpo sino del equilibrio entre el individuo y su entorno.

Esa distinción importa. La santiguadora no es una hechicera, aunque el imaginario popular tienda a confundirlas. La hechicera operaba en el terreno de la magia de intervención en el amor, la adivinación, el futuro. La santiguadora se ocupaba de la salud. Figuras distintas dentro del mismo sistema, aunque durante siglos la Inquisición las metió en el mismo saco.

Las autoridades eclesiásticas se obsesionaron con la figura femenina. Construyeron un relato —los aquelarres, los baños rituales nocturnos en el mar, los bailaderos de las brujas que aún perviven en la toponimia de las islas— que servía para dos cosas: justificar la persecución de las sanadoras y deslegitimar las formas de conocimiento que ellas custodiaban.

No es difícil ver qué había detrás. La mujer era, en el ámbito doméstico, la principal especialista del cuerpo. Gestionaba la nutrición, la atención terapéutica, el conocimiento de las plantas y sus usos. Esa acumulación de saber práctico le daba una influencia real dentro de la comunidad. Atacar a las “brujas” era atacar ese conocimiento y esa influencia.

Lo curioso es que no funcionó.

El mal de ojo no requiere mala intención

La santiguadora sigue existiendo en zonas rurales y en contextos urbanos. La gente sigue acudiendo a ella cuando la medicina oficial no da respuesta, o cuando la dolencia entra en categorías que el sistema sanitario convencional no reconoce el mal de ojo, el susto, el sol en la cabeza.

El “maldiojo” —o mal de ojo— merece un análisis. En la cosmovisión popular canaria, esta afección no requiere mala intención para producirse. Un exceso de admiración, una mirada demasiado intensa sobre un niño puede bastar. Es una concepción de la causalidad que resulta extraña desde fuera, pero que tiene una lógica interna precisa; ciertas energías, positivas o negativas, pueden desequilibrar a las personas más vulnerables.

Y para tratarlo, basta en algunos casos con mencionar el nombre del afectado. La santiguadora puede actuar a distancia. No necesita la presencia física del paciente.

Los rezos que usan estas especialistas tienen una estructura que merece atención. No son improvisados. Presentan variaciones regionales según la dolencia, pero sobre una base común, en la invocación de figuras religiosas, la identificación del mal, y la petición explícita de que ese mal sea arrojado “al fondo del mar”. La geografía importa incluso en la oración. Como ellas suelen decir, “lo importante no es lo que se dice, sino como se dice”, que revela veladamente la herramienta principal de su conocimiento ancestral…

Un ejemplo, para el mal de aire y el mal de ojo, comienza con la señal de la cruz y avanza a través de una larga recitación que evoca el bautismo de Cristo en el Jordán, para terminar, ofreciendo el rezo a la Virgen de Belén o a la Virgen de la Caridad. Se reza tres veces. Al final, se hace la señal de la cruz de nuevo.

No es liturgia católica estándar. Es otra cosa. Pero se parece lo suficiente para que durante siglos nadie pudiera —o quisiera— delatarla con demasiada contundencia, como el ejemplo de este fragmento de oración para curar el mal de aire y el mal de ojo, recogida etnográficamente:

 

[“Señor mío Jesucristo, por el mundo anduviste,

En treinta y tres años al cielo subiste,

Muchos milagros hiciste,

Haga por bien de quitar fuego, aire, mal aire, mal de ojo,

Que tenga en su cabeza, en su estómago, en su garganta,

Haga por bien de quitar y votar al fondo del mar.…”]

 

La voluntad y el pago en productos agrícolas

Hoy el sistema enfrenta una amenaza diferente. La etnografía contemporánea registra la aparición de individuos que importan otro tipo de actividades que nada tiene que ver en las islas con los sistemas de sanación tradicionales.

Las santiguadoras canarias tradicionales no cobran en efectivo. El pago habitual son productos agrícolas que los vecinos cultivan ellos mismos como tomates, frutas y hortalizas. Es una lógica de correspondencia comunitaria que lleva siglos funcionando con una dimensión que sitúa estas prácticas dentro de una red de ayuda mutua.

Eso también es resistencia. Una forma de seguir siendo lo que siempre fueron como parte del tejido de la comunidad, no un servicio que se contrata.

Quizás lo más llamativo de todo esto sea la tenacidad del sistema. Sobrevivió a la Inquisición, a la modernización sanitaria y a décadas de marginación cultural.

No porque sus practicantes fueran especialmente combativas o tuvieran una especial influencia negativa como supuso la iglesia en los primeros siglos de control ideológico, sino porque respondían a una pobreza real y de necesidad en el acceso a la sanación.

La gente encontraba en ellas algo que el sistema oficial no ofrecía; una explicación del sufrimiento que tenía sentido dentro de su propia cultura y de alguien dispuesto a escucharle y con los conocimientos tradicionales suficientes sin cobrarle una consulta. No es tan distinto de lo que busca cualquier paciente en cualquier época.

Lo que sí resulta singular es que, después de todo, las santiguadoras canarias todavía están aquí…

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