En Canarias el fenómeno de la brujería ha estado profundamente arraigado en nuestras comunidades. Resulta fundamental para entender el encuentro entre las creencias nativas y las que trajeron los colonos tras la conquista de las islas.
La Iglesia católica se aplicó con celo a erradicar esas creencias nativas, muchas de ellas practicadas por las Maguadas (mujeres sagradas), que las autoridades eclesiásticas intentaron demonizar por el carácter matriarcal de las sociedades indígenas de las islas. Atribuyeron a las sacerdotisas nativas la categoría de brujas, tildaron de hechiceras su conocimiento de los ciclos naturales y de las plantas, y señalaron sus lugares de culto como espacios donde acudían a bailar. De ahí que en Canarias muchos de estos enclaves sagrados sean conocidos como “Bailaderos de brujas”.
El periodo de mayor actividad inquisitorial en Canarias transcurrió entre 1550 y 1750, años en que el Santo Oficio se empleó en erradicar toda práctica femenina que juzgase de connotaciones malignas. Con todo, la Inquisición canaria resultó más laxa que en otros territorios: más allá de castigos físicos, penas de cárcel y exposición pública con el “sambenito”, no se produjeron quemas en la hoguera.
Otra singularidad del folclor brujeril en el archipiélago es la distinción entre brujas y hechiceras. La primera representa el mal encarnado por las mujeres en su máxima expresión, la cual ha renegado de su baustimo, aunque a su vez cumple una función moralizadora dentro de la sociedad; la bruja puede ser benévola o maliciosa según la integridad moral de quien tenga la desgracia de cruzársela en los caminos. Las segundas cumplían una labor social relacionada con desentrañar el futuro mediante artes adivinatorias, conseguir los amores por medio de hechizos y curar con plantas medicinales.
Los ritmos y cantos de los bailes de brujas
El patrimonio folclórico vinculado a los bailes de brujas practicados en múltiples rincones de las islas es un reflejo de las danzas que ejecutaban las sacerdotisas nativas. Su estudio llamó la atención de investigadores del folclore canario como Lothar Siemens Hernández, quien señaló una clara vinculación de esos bailes brujeriles con los ritos de los antiguos canarios.
Las danzas y cantos ejecutados por las Maguadas fueron, curiosamente, retomados después por las brujas. Los zapateos y palmas son el elemento más común en estos bailes, que, acompañados por canciones, sirven al propósito de las brujas; y en casi todos ellos hay una marcada carga erótica, disimulada en letras que aún perviven en nuestro folclor.
Si bien es cierto que los bailes son ejecutados por mujeres, hay testimonios que apuntan a bailes de brujas donde tomaron parte hombres, y que curiosamente la oralidad les señala como “afeminados”.
Según la tradición oral, la reunión de las brujas en los lugares donde preparan sus fechorías y su posterior baile, presidido por el diablo, se realiza a las doce en punto de la noche, y el baile propiamente dicho comienza tras la llegada del ángel de las tinieblas, a las tres y media de la mañana. De ahí que nuestros mayores dijeran aquello de:
“A las doce la hora de las brujas, las tres y media, la hora del diablo”.
En el Realejo alto recogimos hace años la formula con la que se saluda al diablo cuando hace su aparición a esa hora:
“Seas bienvenido reverendo macho de cuerno torcido, ¿cuántos jaramagos te habrás comido?”.
Por otro lado, nos encontramos a las brujas bailando en otros escenarios diferentes al de los tradicionales bailaderos, siendo éstos las calles de la ciudad y el interior de las casas. Este tipo de baile es completamente diferente a las danzas realizadas por las brujas en los lugares que tienen al efecto, y se caracteriza porque, en la mayoría de los casos, son tres las mujeres que bailan, siendo característico que una de ellas sobresale y siempre le hace el son a las otras dos.
En los procesos inquisitoriales se recogen abundantes testimonios de estos bailes en las calles y casas de las ciudades de Gran Canaria, como Telde y las Palmas o en Tenerife, La Laguna y La Orotava, como los que nos relataba una señora en el barrio de Duggi, en Santa Cruz, quien oyó decir a sus mayores como a principios del siglo 20 las brujas bailaban dando brincos y palmadas, desnudas a la luz de la luna, encima de unos amontonamientos de piedras, conocido por el Monturrio la siguiente canción:
“Pámpano verde, racimo de moras, ¿quién ha visto danzar damas a estas horas? ¡Nosotras que semos dueñas y señoras!”.
Como ejemplo, la testificación siguiente sobre estos casos de bailes de brujas en ciudades, fue recogida el 5 de marzo de 1674, declarando ante el comisario de la Inquisición de la ciudad de La Laguna en Tenerife, Isabel Espinosa y Anguiano, doncella, quien dijo lo siguiente:
“[…] denuncio a doña Jacobina de Ocampo y Huesterlín, viuda del licenciado don Bernardo Lezcano, vecina de esta ciudad; y es el caso que estando de visita en casa de esta que denuncia doña Ana de Ascanio, viuda… habrá tiempo de un año… le contó cómo le había dicho don Juan de Vargas, ya difunto, que cuando iba camino de su casa a media noche
por la Pila Seca, que vivía junto a la Concepción, encontró una danza de mujeres con panderillos y velitas encendidas, y que al entrar por su puerta le dijo un clérigo, que no le dijo el nombre: «Buena fiesta ha tenido Vmd. en su casa esta noche», porque el tal clérigo vivía cerca de dicho don Juan; y que el dicho don Juan, al otro día, preguntó a Beatriz Suárez, por ser su conocida, que le dijese si había conocido a las brujas de las danzas, y que tal le dijo que una de ellas era la dicha Jacobina de Ocampo y Huesterlín”.
Los bailes que tienen lugar dentro de las casas, se caracterizan porque solamente es una bruja la que baila. La finalidad de este baile radica en la invocación al demonio, mediante conjuros, para lograr un determinado objetivo, como se desprende del siguiente caso acaecido en la isla de Tenerife, la bruja se llama Juana “La de los Lunares” y acompaña el conjuro con zapatazos.
“… se paseaba en ella e iba a las cuatro esquinas de dicha casa por la parte de dentro, y en cada una de ellas, desnuda de la cintura arriba y los cabellos tendidos, decía: ¡Añasco, caballero bien pulido y bien calzado, ven aquí que te llamo yo, que Margarita está afligida!, y escupía tres veces en el suelo y daba tres patadas en cada dicha esquina. Preguntándole para qué hacía aquello, contestó: Para que venga el demonio, que yo le veo, aunque tú no lo ves”.
La bruja que ejecuta este tipo de baile permanece parcialmente desnuda, aunque también se efectúa de una forma total, y el conjuro lo realiza en las cuatro esquinas de la habitación, escupiendo antes de dar el zapatazo y la palmada, elementos éstos que se ejecutan al terminar el conjuro para reforzarlo.
Para finalizar, nombraremos uno de los bailes que se atribuyen a las brujas más conocidos en Canarias. El conocido como “Baile del gorgojo” y que posiblemente tiene su origen en danzas nativas a la fertilidad.
El baile del gorgojo consistía en que las mujeres, una vez que torcían las dos puntas de sus enaguas entre las piernas en forma de pantalón, se colocaban en fila y de cuclillas frente a otra hilera de hombres en igual postura, cuya finalidad era la de terminar, hombres y mujeres revueltos en el suelo al perder el equilibrio por el aumento frenético del compás que imprimían al baile los tocadores. Con las primeras notas de los músicos, comenzaban los danzantes a dar saltos en cuclillas, mientras se cantaban las siguientes estrofas que constituyen la canción del baile del gorgojo.



