Don Elviro (luego fue Elvi, para muchos de nosotros) llegó al barrio una tarde a sustituir a Don Sindo, a principios de aquellos setenta, cuando en las parroquias se mezclaba el olor a incienso y a incipientes y secretas asambleas. Traía una maleta pequeña, una mochila al hombro, un suéter gris de cuello redondo algo gastado, y una mirada que parecía más curiosidad que autoridad. Los vecinos lo miraban con ese respeto prudente que se reserva a los curas nuevos: ni demasiada confianza, ni demasiada distancia, y el recuerdo de Don Sindo.
Pronto se supo que no era un sacerdote al uso.
Era un cura de vaqueros, camisa a cuadros de mangas arremangadas y mirada despierta, más de calle que de sacristía, que convirtió el despacho parroquial en taller de ideas, el salón en casa común y la homilía en conversación; un sembrador de comunidad que entendió que el Evangelio también se escribe con acento de barrio y manos manchadas de vida.
Las primeras reuniones con los jóvenes comenzaron casi sin anunciarse. Bastaba con que Don Elviro (Elvi) dejara la puerta del salón parroquial abierta y encendiera una bombilla amarillenta. Poco a poco iban llegando pibes y pibas con el pelo largo, pantalones acampanados, faldas de cuadros, cuadernos bajo el brazo y más preguntas que certezas.
—La fe no es una jaula —decía él, sentándose al mismo nivel que ellos—. Es un camino.
Hablaban de justicia, de solidaridad, de un mundo que parecía moverse demasiado rápido y, a la vez, no cambiar lo suficiente. De esos encuentros nacieron los nuevos movimientos del barrio: grupos de apoyo escolar, visitas a ancianos, recogidas de alimentos. No había manuales escritos; casi todo se aprendía sobre la marcha.
Los domingos, la iglesia empezó a sonar diferente.
Donde antes solo se oía el órgano cansado, tocado por doña Mime, aparecieron guitarras, un tambor suave, alguna flauta. Las canciones en misa tenían ritmo de calle y palabras sencillas. Algunos mayores fruncían el ceño al principio, pero otros se quedaban escuchando, sorprendidos, al descubrir que también se podía rezar con palmas discretas y voces jóvenes.
—Mientras sea oración, es música de Dios —respondía Don Elviro cuando alguien protestaba.
Entre semana, el otro gran pilar de la parroquia eran las señoras del ropero. Mujeres de manos incansables, que clasificaban montañas de ropa donada sobre mesas largas: camisas por un lado, abrigos por otro, zapatos, tenis y cholas, emparejados con paciencia infinita.
Don Elviro pasaba a menudo a saludarlas.
—Padre, esta chaqueta todavía sirve —decía una, levantándola como si fuera un trofeo.
—Entonces todavía puede dar calor —contestaba él, sonriendo.
Aquellas reuniones tenían algo de taller, algo de tertulia y mucho de refugio. Entre botones cosidos y café compartido, se contaban penas, se celebraban pequeñas alegrías y se sostenía, sin grandes discursos, la vida del barrio.
Y luego, en Navidad, estaba la Misa del Gallo.
Cada Navidad, la iglesia se llenaba como nunca. Los jóvenes preparaban canciones especiales; las señoras colocaban flores y manteles limpios; los niños ensayaban villancicos con más entusiasmo que afinación.
A medianoche, cuando sonaban las primeras notas, Don Elviro salía al altar con una vela encendida.
—Esta luz es pequeña —decía—, pero basta para empezar.
La gente se miraba, algunos con los ojos brillantes. No era una homilía larga ni complicada. Hablaba de un Dios que nace en lo sencillo, en lo frágil, en lo cotidiano. Como el barrio. Como ellos.
Con los años, muchas cosas cambiaron. Algunos jóvenes se marcharon, otros formaron familias, las señoras peinaron canas nuevas. Pero cuando alguien recuerda aquella época, casi siempre aparece el mismo nombre.
Don Elviro.
No como una estatua, ni como un héroe. Sino como un cura de barrio que supo escuchar, que abrió puertas, y que, en la década de los setenta, ayudó a que una comunidad aprendiera a caminar junta, paso a paso, canción a canción.
(In memoriam de todos los “Don Elviro” que tanto trabajaron e hicieron en y por los barrios en aquellas fechas)



