En la parte alta del barrio, justo al empezar la calle dónde “doblaba la guagua”, estaba el estanquito Océano; un local que era mucho más que un estanco. Allí había de todo: chucherías que crujían en las manos, hilos, sedalinas de todos los colores, cuadernos de tapas monocromas, repuestos de dos y cuatro argollas y un montón de material de oficina. En la pared de la derecha, los estantes estaban llenos de colorines (ahora todo el mundo los llama comics) y las novelas de bolsillo que los vecinos intercambiaban: Dejo una y me llevo otra, previo pago de una o dos pesetas según fuera su estado… Corín Tellado, Carlos de Santander, eran los autores de las románticas, y Keith Luger, Silver Kane, Clark Carrados y Marcial Lafuente Estefanía de las del Oeste y detectives, rellenaban los espacios de aquellas estanterías metálicas con baldas de conglomerado y formica. En un lugar preferente de fácil acceso, estaban las revistas Burda, de moda, que traían una separata de patrones, para hacer muchos de los vestidos mostrados en sus páginas. Se alquilaban por un duro una semana, y aquellos papeles cebollas sobre los que se copiaban los patrones también se vendían por pliegos allí, en el estanquito Océano.
El estanco lo regían dos hermanos, del barrio de toda la vida, hijos de doña Pepita, viuda de D. Antonio, que era policía armado, y que no recuerdo de que murió. Chago (Santiago) y Miro (la verdad, nunca supe ni sé, si era de Edelmiro o Teodomiro) crecieron atendiendo al público en el estanco en sus ratos libres y ayudando a doña Pepita; tiempo después, ella ya solo venía a ratitos a charlar con las vecinas un fisco, -pá que no se me caiga la casa encima- decía. Chago, sonriente y atento, cuidaba que no faltara nada en los estantes; a Miro, en cambio, lo recuerdo siempre serio, introvertido, aunque siempre encontraba un pretexto para charlar con los clientes, aunque fueran los más pibitos.
El Estanco Océano era también un mentidero natural. Las vecinas comentaban novedades mientras compraban paquetes de tabaco para el marido (y alguno para ellas también) o las agujas para coser o hacer punto, u ojeaban los Burda a ver cuál merecía la pena llevarse a casa; y los chicos del barrio se reunían allí en busca del cigarro prohibido, ese que fumaban a escondidas pegados detrás del muro de la charca, con la adrenalina del secreto compartido. Entre risas y advertencias murmuradas, los pibes creaban su propio universo paralelo, donde el estanco era centro de conspiraciones juveniles, intercambio de historias y primeras aventuras.
En el barrio, cuando se hablaba de Chago, el del estanquito Océano, siempre salía primero su vida de ahora: el mostrador de madera, el olor a tabaco rubio, las tardes lentas viendo pasar a la gente. Pero bastaba que alguien de los viejos alabara a los equipos de basket de antes, para que saltara el comentario: “Chago jugaba bien, ¿eh? Tenía sus cosas…”
Y entonces ya no era solo el estanquero. Era el muchacho de pantalón corto, corriendo por la cancha de cemento, con el balón pegado a la mano y una forma de jugar medio callejera, medio valiente. No era el más alto, pero tenía orgullo, y eso en el barrio contaba más que los centímetros. Jugaba con rabia, discutía las faltas, se tiraba a por cada pelota como si fuera la última. Los domingos, cuando había partido en la cancha pegada a la iglesia, se reunía medio barrio y aunque nadie lo dijera abiertamente, todos esperaban que Chago hiciera alguna de las suyas.
Luego, como pasa tantas veces, la vida cambió de ritmo. Don Antonio falleció, el estanco apareció como una oportunidad segura, y poco a poco el baloncesto quedó en anécdota. Aun así, había gestos que no se pierden: la forma de moverse, de girarse rápido, de apoyar una mano en el mostrador como si fuera a arrancar a correr en cualquier momento. Los que lo conocían de antes lo notaban; los más jóvenes, no.
Pero si Chago era la historia visible, la que se contaba fácil, su hermano Teodomiro, o era Edelmiro, era la historia que siempre llevaba un “dicen que…” delante.
Miro era distinto desde chico. Callado, formal, con una manera de mirar que parecía ir más allá de lo que tenía delante. Mientras otros se pasaban la tarde en la cancha o en la calle, él estaba en otras cosas: ayudando, leyendo, o simplemente escuchando. En el barrio, esas cosas no pasan desapercibidas, y enseguida empezó el murmullo:
“Ese muchacho… ese va para cura.”
No era una decisión oficial, ni algo que él proclamara. Era más bien una especie de destino que los demás le colocaron encima, como si encajara demasiado bien en ese papel. Y durante un tiempo, parecía que sí, que ese iba a ser su camino.
Hasta que apareció ella.
Amparo llegó al barrio sin hacer ruido. No era de allí de toda la vida, y eso ya la hacía destacar. Tenía una forma de andar tranquila, segura, y una mirada directa que no era común. Su madre, viuda de un marino de un bacaladero, que una ola, que desgracia, se lo llevó en los bancos de Terranova, hacía ya bastantes años, era costurera y no pasó mucho tiempo sin tener una amplia clientela. Ampari no hablaba mucho, pero cuando lo hacía, la gente escuchaba.
Nadie supo exactamente cuándo empezaron a coincidir más de la cuenta. Primero fueron encuentros casuales: una conversación corta, un saludo que se alargaba unos segundos más de lo normal. Luego ya se les empezó a ver hablando con calma, apartados del bullicio, como si el tiempo les funcionara de otra manera.
El cambio en Miro fue sutil, pero evidente para quien lo conocía. Empezó a sonreír más. A quedarse en la calle cuando antes se recogía temprano. A participar en conversaciones que antes evitaba. No dejó de ser él, pero había algo distinto, como si hubiera encontrado una parte de sí mismo que no sabía que le faltaba.
En el barrio, por supuesto, nadie necesitó explicaciones largas. Bastó con observar. Y entonces empezó a circular la frase, primero en voz baja, luego ya con naturalidad: “Ese iba para cura… pero se le cruzó una mujer en el camino.”
Ampari nunca fue motivo de escándalo. Al contrario, con el tiempo se ganó un respeto callado. Tenía carácter, sí, pero también una forma de estar que encajaba. Saludaba, escuchaba, ayudaba cuando hacía falta. No vino a romper nada; más bien a ayudar a reorganizarlo todo sin que se notara demasiado.
Chago, desde el estanco, fue testigo de todo aquello. A veces, cuando veía pasar a su hermano con ella, se le escapaba una media sonrisa, de esas que no se comentan. Nunca hizo bromas pesadas ni sacó el tema en alto. Como si entendiera que hay partidos en la vida que no se juegan en la cancha.
Y así quedaron las dos historias, entrelazadas en la memoria del barrio: la de Chago, que cambió el balón por el estanco, y la de Miro, que cambió un posible destino por una vida distinta…
Porque la vida no siempre sigue el camino que otros imaginan para uno,
ni siquiera el que uno mismo cree tener claro, sino el que se abre de pronto… cuando aparece la persona adecuada.
Y sí, Miro se casó con Ampari, y se fue del barrio. Al tiempo, alguien me dijo que hacía años que tenían una tienda de ropa en Tacoronte. De Chago, no tengo noticias; lo vi por última vez días antes de marcharme al cuartel, aquel verano del 78, en la plaza nueva donde el Ayuntamiento había puesto un par de canastas y en el suelo de cemento pintado unas rayas blancas para señalar el campo. Entrenaba, si así puede decirse, un equipo de pibes, que jugaban los fines de semana una liga interbarrios.
El estanco hoy es un sitio de esos que venden vapeadores, creo.



