Maestro Luis cumplía los años como quien va dejando piedras a la orilla del camino: sin contarlas, sin darles demasiada importancia, pero sabiendo que cada una tenía peso. Sobrepasaba ya los setenta seguro, y en su rostro se mezclaban la solajera de Alajeró, donde nació, la sal del viento gomero y una paciencia antigua, de esas que ya casi no se fabrican.
Había nacido y crecido en aquel pueblo donde las casas parecen apoyarse unas en otras para no caerse cuesta abajo, donde los barrancos guardan ecos de pasos viejos y las tardes huelen a leña, a tierra húmeda y a café recién colado. De joven aprendió pronto que la vida no venía con instrucciones, pero sí con la obligación de seguir adelante. Y así lo hizo. Díjole a su padre que tiraba pá Tenerife, y embarcó en la falúa el Águila de Oro, capitaneada por don Ramón Padilla; el armador era Don Juan Padrón Saavedra y unían el sur de Tenerife (zona de Los Cristianos/Alcalá) con San Sebastián de La Gomera. A menudo, para evitar el fuerte oleaje del nordeste, los barcos salían de San Sebastián y ponían rumbo hacia Alcalá, antes de dirigirse a Los Cristianos.
Pero, volvamos al barrio, donde después de muchos trabajos en los plátanos y el muelle, abrió un año, ya hace bastantes, su ferretería.
La ferretería fue su mundo durante más de media vida. Un local estrecho, con estanterías de madera oscura que crujían como si también estuvieran cansadas. Allí había de todo: clavos de todas las medidas, tornillos sueltos en cajones sin nombre, candados, cuerdas, azadas, serruchos, pintura en latas (algunas abolladas) y hasta alguna bombilla olvidada que parecía llevar años esperando a alguien.
Maestro Luis conocía cada rincón de aquel lugar como si fuera una extensión de su propio cuerpo. Podía encontrar un tornillo del número exacto sin mirar, guiándose solo por el sonido que hacían al salir de la caja de cartón.
Pero más que por lo que vendía, Maestro Luis era conocido por cómo vendía.
—Apúntamelo Luis, que ahora mismo ando corto —decían muchos.
Él asentía sin hacer preguntas. Sacaba de debajo del mostrador su libreta azul de argollas, gastada en las esquinas, con hojas amarillentas y una letra pequeña y ordenada.
Me vino de repente el dato; a los mayorcitos que pasábamos por la ferretería a echar un rato de conversa a la vuelta del instituto nos decía en voz baja, cuando reparábamos en su letra característica, que lo había enseñado a leer y escribir “la maestra Roja”. Y ahí quedaba el dato.
Apuntaba el nombre, lo que se llevaba cada cual y la fecha. Nada más.
No pedía avales. No exigía explicaciones. Confiaba.
Y aquella confianza, en un barrio como el de nuestras vidas, valía más que cualquier contrato.
Viudo desde hacía ya varios años, Don Luis aprendió a convivir con un silencio distinto. No el de la tienda, que siempre estaba lleno de pasos, voces y campanillas de la puerta, sino el de su casa al caer la noche. Un silencio que pesaba.
Su hija era su mayor orgullo. La había criado casi solo, enseñándole a ser fuerte sin decirle nunca esa palabra. La vio marcharse a estudiar, volver en vacaciones, crecer, tomar decisiones propias. Cada despedida le dolía, pero también lo llenaba de una alegría callada.
A veces, al cerrar la ferretería, se quedaba un rato sentado detrás del mostrador, mirando la libreta azul. No la veía como una lista de deudas, sino como un registro de historias: el vecino que estaba arreglando el techo, la parejita joven, recién llegada al barrio que construía su primera habitación, la mujer que necesitaba pintura para refrescar la casa.
Sabía que algunos tardaban en pagar. Sabía que alguno quizá no podría hacerlo nunca. Pero también sabía que, mientras pudiera, seguiría apuntando.
Porque Maestro Luis entendía la vida de una manera sencilla: hoy por ti, mañana por mí. Y pasado, por quien lo necesite.
Cuando alguien nuevo llegaba al barrio y preguntaba dónde comprar cualquier cosa, la respuesta era siempre la misma:
—Vete a la ferretería de Maestro Luis. Si no lo tiene, te lo consigue. Y si no puedes pagar, te lo apunta.
Y así, sin discursos ni grandes gestos, Don Luis fue dejando su huella. No en monumentos ni en placas, sino en los muros levantados con sus clavos, en las puertas que cerraban gracias a sus bisagras y, sobre todo, en la memoria agradecida de un barrio entero.
Porque a veces, la verdadera riqueza no está en lo que se guarda, sino en lo que se comparte.
(Actualmente donde estaba la Ferretería Luis, hay un 24 horas “Yeray y Xaxi” , recarga de tarjetas, bebidas frías, pan y bono bus).




Como comentario al margen y porque los conoces te informo que Ramón Padilla el de la falúa es el tío o el padre de Genaro Padilla, Paco Padilla o Santi Padilla, era muy conocido en la zona. además tenía una tienda y allá por 1979, siendo yo viajante de D. Bernardo Díaz algo me compró.
Muy bonita y emotiva la historia y yo forma de narrarla, las casas apoyadas,los ecos de los barrancos y el olor de las tardes,… y las edades contadas como piedras del camino sin importancia aparente pero cada una con su peso,…
Grande Karin, enhorabuena y un afectuoso y especial abrazo 🤗