A finales de los sesenta, cuando el barrio aún olía a potaje de coles recién hecho y ondeaba la ropa tendida al sol como banderas cansadas de viento, abrió sus puertas Víveres Muñoz, el primer supermercado que muchos de nosotros vimos en la vida. Hasta entonces se compraba en ventitas, pequeñas, cuyo nombre era el de la dueña o el dueño, doña Laura, don Ilde(fonso), pidiendo las cosas por el mostrador. Pero aquello era distinto: allí uno podía caminar entre los productos, mirar, comparar, soñar incluso.
El rótulo, sobre la entrada y la puerta metálica de hierro de color verde botella, hecho con letras rojas, un guiño a quien quisiera entender, decía “Víveres Muñoz” y debajo, más pequeño: Comestibles al por mayor y menor. Pero para el barrio era mucho más que eso: era el mentidero oficial, la oficina de noticias, el consultorio sentimental y, a veces, hasta el banco.
Al frente estaba Doña Aurora, siempre con su delantal impecable y un lápiz detrás de la oreja. Tenía una libreta gruesa donde apuntaba los fiados con una caligrafía firme:
—“María, dos kilos de azúcar y uno de garbanzos… lo apunto, hija, ya me pagarás cuando cobre tu marido.”
Y nadie dudaba de esa promesa. El fiado era una forma de confianza, casi un contrato moral entre vecinos.
Don Miguel, el padre, hombre callado y de bigote recortado, se ocupaba de todo y de nada, y de vigilar que los pibes no metieran mano donde no debían. Palmero, del barrio de Argual, se apoyaba en el mostrador de metal y cristal del sitio de chacinas y quesos, y observaba el trasiego con una mezcla de orgullo y cansancio. Sobre mediodía, el supermercado cerraba a las tres y abría a las cinco, le hacía un gesto a Doña Aurora, subiendo las cejas, ladeando la cabeza, ligeramente a la izquierda y hacia atrás, y salía bajando de lado el escalón de entrada a la tienda, a echarse un cortadito, calle arriba, “dónde Agustín”.
También estaba Aurorita, ya cuarentona y soltera —cosa que en aquel tiempo parecía una categoría en sí misma—, era quien ordenaba las estanterías con un sentido casi artístico. Colocaba las latas de conserva formando torres perfectas: melocotón en almíbar, sardinas en aceite, tomate triturado, atún… Aquellas montañas de metal brillante nos parecían modernas, casi americanas.
Fue allí donde vimos por primera vez los tambores de jabón en polvo, enormes, con tapas que se abrían con un crujido solemne. Y también los primeros congeladores horizontales, como cofres blancos que guardaban tesoros helados: pescado congelado, croquetas, muslos de pollo y algún que otro helado (aquellos vasitos de fresa y nata, mmmm) que hacía las delicias de los niños.
Santiago, el menor de los hermanos, era el encargado de las entregas a domicilio; sí, había entregas a domicilio. Con su furgoneta Morris blanca, rotulada en la caja con el nombre de la empresa, recorría las calles, algunas todavía sin asfaltar, como las que pertenecían al “canto arriba del barrio” llevando bolsas de papel cargadas de víveres. Saludaba a todas las vecinas por su nombre y a veces se quedaba más tiempo del debido escuchando historias que no figuraban en ninguna libreta, por “estar al día”.
Y luego estaba Carmen. Carmen hacía de todo: Reponía, cobraba, barría, calmaba discusiones y hasta entretenía a los críos mientras sus madres comentaban las últimas novedades. No era de la familia, pero lo parecía. Tenía una risa contagiosa, unos grandes ojos negros, y una paciencia infinita.
Por las mañanas, el supermercado se llenaba de señoras con batas floreadas. Se apoyaban en los carros metálicos (habría como ocho o diez) y, entre lata y lata, intercambiaban recetas, preocupaciones y rumores.
—“Dicen que van a abrir otro más grande en la calle ancha, al final…”
—“Bah, como Víveres Muñoz, ninguno.”
Allí empezamos a ver como normal aquello que antes parecía extraño: elegir directamente los productos, confiar en alimentos congelados, comprar más de una lata “por si acaso”, y tener un día a la semana melocotón en almíbar, de postre. Era el preludio de un tiempo nuevo, de una modernidad que entraba despacio en el barrio sin borrar del todo la cercanía.
Con los años llegaron supermercados más grandes, con luces más blancas y música por los altavoces. El fiado desapareció, sustituido por cajas registradoras que no conocían el nombre de nadie. Pero quienes vivimos aquella época hoy sabemos que Víveres Muñoz no fue solo una tienda.
Fue el lugar donde el barrio aprendió a cambiar sin dejar de ser barrio. Donde la confianza se apuntaba en una libreta y valía más que cualquier contrato. Donde entre tambores de jabón y latas de conserva empezó, sin que lo supiéramos, otra forma de vivir.
(Actualmente, todos estos recuerdos y situaciones duermen detrás de una puerta metálica gris, bajada desde hace muchos años, y que nadie ha vuelto a subir que yo sepa, en la intersección de dos calles con nombres de pueblos de la isla).



