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El verano que se quedó en silencio

Hay veranos que uno recuerda por los baños en el mar, por las tardes que parecían no acabarse nunca y por todas esas cosas que, cuando somos jóvenes, pensamos que van a repetirse o durar para siempre.

Y luego están los veranos que uno recuerda por un día concreto.

Aquel fue uno de ellos.

Estábamos en los apartamentos de veraneo. La pandilla ya estaba consolidada desde hacía unos años y aunque solo pasáramos juntos el verano, lo vivíamos a tope. Tampoco necesitábamos demasiados planes. Estar juntos, ir a la playa, a las piscinas, al charco La Laja, acercarnos al pueblo a dar una vuelta y pasar las tardes haciendo, aparentemente, lo mismo de siempre. Aunque, curiosamente, cada tarde terminaba siendo distinta.

Ocurrió por estas fechas, terminando septiembre. El padre de tres de los miembros de la pandilla sufrió un infarto. Al salir de su coche, y subir al apartamento le dijo a su mujer y a mi madre que charlaban de balcón a balcón que venía conduciendo algo incómodo, como con gases. Se sentó en un sillón, con un vaso de agua con gas sobre la mesita… Y allí se quedó.

Yo aquel día había ido a Santa Cruz. Había quedado con un amigo del colegio, para pasar por el instituto a recoger el papeleo de la matrícula. ¡Dios, estaba en COU!

Venía en la guagua y, cuando llegué, me encontré con algo que no esperaba.

Había mucha gente en la calle, en la entrada de los apartamentos.

Demasiada.

Allí estaban don Fabio el padre de Tere, mi padre, don Rosendo, asiduo a las partidas de dominó de los viejos, que subía en su coche del club y paró al ver el revuelo, Willy el profe adjunto de la Universidad, que tenía de mascota una oca y paseaba con ella como si de un perro se tratara, y algunos más que no recuerdo. Don Mateo, el abuelo de Aurorita, llegó a la vez que yo. Él y su eterno puro. Personas hablando entre ellas en voz baja, conocidos unos, desconocidos otros; adultos entrando y saliendo. Desde lejos ya se veía que había ocurrido algo.

Al principio pensé que quizá habría habido algún accidente y aceleré el paso por la acera al bajarme de la guagua.

Al llegar donde la gente estaba reunida, me enteré.

Don Nino había fallecido.

Me uní al grupo de mi padre, le pregunté y me dijo que había sido un infarto en su casa. Hacia un par de horas, sobre mediodía.

La noticia me cayó de golpe.

Hasta unos minutos antes yo venía pensando cosas propias de un día de verano: coger la toalla, el bañador y para las piscinas, encontrarme con los demás, saber qué íbamos a hacer aquella tarde. ¡Y qué estaba en COU!

Y, de repente, nada de aquello tenía importancia.

Sentí que aquello no era una noticia de esas que uno escucha y sigue con lo suyo. Estaba pasando allí, delante de mí.

Familiares, amigos y vecinos se movían con ese silencio particular que aparece cuando sucede algo así. De eso me daría cuenta muchos años después. Se hablaba poco y en voz baja.

Nosotros, la pibada, sobre todo los mayores, tampoco sabíamos muy bien qué hacer.

Éramos ¿adolescentes? y, hasta entonces, la muerte nos había “tocado” bastante lejos. Un familiar lejano, el abuelo de un compañero… Sabíamos lo que era, pero aquello era diferente.

Era el padre de tres de los nuestros.

Y estaba ocurriendo allí, finalizando el verano que, hasta ese momento, había sido como cualquier otro.

Poco después llegó el coche de la funeraria y un médico de la Laguna.

Aquella imagen se me quedó grabada.

Hasta entonces la muerte había sido una palabra. Una noticia, algo que había ocurrido en otro sitio, lejos…

Pero ver llegar el coche de la funeraria hizo que todo adquiriera otra dimensión. Los encargados entraron y se procedió al levantamiento del cadáver, autorizados por el médico, un tipo rubio, alto, serio.

Nosotros permanecimos apartados, agrupados, sin saber muy bien dónde colocarnos ni qué hacer. Pero allí estábamos.

Recuerdo especialmente el silencio.

No hacía falta que nadie nos dijera que estuviéramos callados. Lo estábamos.

Mirábamos a los adultos y tratábamos de entender lo que estaba pasando, estar a la altura de la situación vivida en grupo, diferente, y por primera vez.

Nuestros amigos estaban destrozados. Recuerdo no haber sabido qué decirles.

A esa edad uno no tiene recursos para enfrentarse a una situación así. Ninguno sabía cómo consolar a alguien que acaba de perder a su padre.

Nos acercábamos, les dábamos un abrazo o simplemente nos quedábamos a su lado.

Y ya está.

Quizá era lo único que podíamos hacer.

También estaban nuestros padres. Los padres del resto de la pandilla. Todos conocían al fallecido y eran amigos suyos. Para ellos aquello no era solamente la muerte del padre de tres muchachos de la pandilla. Era la pérdida de una persona con la que habían compartido años, conversaciones, reuniones, partidas de dominó, paellas en el monte, cuartas de vino, platos de garbanzas y carne de cabra, y más momentos que nosotros desconocíamos.

Los veíamos hablar entre ellos.

Algunos recordaban cosas de él.

Otros apenas hablaban.

Había hombres que intentaban mantener la entereza y que, en cuanto se apartaban un poco, dejaban ver que aquello les estaba afectando mucho más de lo que querían enseñar.

Las madres estaban pendientes de todo.

De los hijos.

De la viuda.

De los familiares.

De que no faltara nada. Agua, cafés, cortados…

En aquella época las cosas eran distintas. No había teléfonos móviles ni mensajes constantes. Cuando ocurría algo así, la gente aparecía.

Los amigos aparecían.

Los vecinos aparecían.

La familia aparecía.

Y se quedaban.

En aquellas horas empezamos a descubrir una parte de nuestros padres que hasta entonces apenas conocíamos.

Los habíamos visto siempre como padres. Los que nos decían a qué hora teníamos que volver, los que nos daban dinero para ir a la playa, para un helado, para un bocata (y que nosotros gastábamos en chicles y tabaco) … los que se preocupaban por nuestras cosas.

Pero aquel verano descubrimos que, en su realidad, también tenían sus propias amistades, sus propios recuerdos y sus propias pérdidas.

Y descubrimos también que podían llorar.

Que podían quedarse sin palabras.

Que no siempre sabían qué hacer.

Después del entierro quedó una cuestión que podía parecer extraña para la familia: ¿Qué hacer el resto del verano?

La viuda consideró que lo mejor era quedarse allí. No volver inmediatamente a La Laguna.

Terminar el verano en los apartamentos, como estaba previsto.

Y así hicieron, respaldados por el resto de los que allí convivíamos.

Ahora, tantos años después, me parece una decisión difícil de explicar y, al mismo tiempo, perfectamente comprensible.

Porque volver a casa habría significado enfrentarse inmediatamente a una casa que, de repente, ya no era la misma.

Allí, en cambio, seguía estando la gente.

Los amigos.

Los vecinos.

Los conocidos.

Y nosotros.

El verano continuó, aunque ya no fuera el mismo.

Al principio todos teníamos un cuidado especial. Nos acercábamos a nuestros amigos con cierta precaución, sin saber si querían hablar o si preferían estar solos.

Después, poco a poco, fuimos recuperando nuestra manera habitual de estar juntos.

No porque hubiéramos olvidado lo ocurrido.

Ni mucho menos.

Simplemente éramos jóvenes; la vida, incluso después de algo así, sigue buscando su camino.

Volvimos a coincidir.

Volvimos a bajar a la playa, a las piscinas.

Volvimos a tardear juntos.

Pero aquel verano ya tenía una marca. Para nosotros fue probablemente una de las primeras veces que comprendimos que la vida podía cambiar de repente.

Hasta entonces nuestros padres habían sido, de alguna manera, personas que estaban ahí y que iban a seguir estando.

No habíamos pensado demasiado en lo contrario.

La muerte de aquel padre nos hizo mirar por primera vez a nuestros propios padres de otra manera.

Nos hizo comprender que ellos también podían faltar.

Y que la vida de una familia podía cambiar en un instante.

Han pasado muchos años desde aquel verano. Ya no recuerdo todos los detalles. Hay cosas que se han borrado y otras que probablemente recuerdo de una manera diferente a como ocurrieron.

Pero hay imágenes que permanecen.

La guagua llegando.

La gente en la entrada de los apartamentos.

La noticia que me dieron al bajar.

El coche de la funeraria.

El silencio.

Nuestros tres amigos.

Nuestros padres hablando entre ellos.

Porque hay momentos que no necesitan durar mucho para quedarse con nosotros durante toda la vida. Nosotros estábamos creciendo, pero también nuestros padres.

Para nosotros seguían siendo aquellos adultos que estaban allí para cuidarnos, para decirnos qué hacer y para resolver las cosas. Pero también comenzamos a percibir que ellos también tenían miedo, que también perdían amigos, que también empezaban a descubrir que el tiempo pasaba.

Ahora somos nosotros quienes estamos en ese otro lado.

Ahora, con el tiempo, hemos visto marcharse a padres, amigos, familiares y personas que creíamos que formarían parte, físicamente, de nuestra vida para siempre.

Hemos aprendido, ya de adultos, aquello que aquel verano apenas empezábamos a sospechar: que nada permanece exactamente igual y que la vida puede cambiar en un momento, sin pedir permiso.

Y quizá por eso, cuando pienso en aquella guagua llegando a los apartamentos y en toda aquella gente esperando en la entrada, ya no lo veo solamente como un recuerdo triste de nuestra adolescencia.

Lo veo como una de esas primeras señales de que el tiempo había empezado a pasar de verdad.

Entonces éramos los hijos que miraban a los adultos.

Hoy somos nosotros, los adultos que miramos hacia atrás.

Y entre aquellos chicos que éramos y las personas que somos ahora, hay toda una vida.

Aquel verano siguió adelante.

Nosotros también.

Y que, sin darnos cuenta, el tiempo ya está guardando sus recuerdos.

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