El 28 de enero de 1930 España amaneció con una noticia que llevaba tiempo gestándose en silencio. Miguel Primo de Rivera había presentado su dimisión como presidente del Gobierno y dictador. Con ese gesto se cerraban casi siete años de régimen autoritario y se abría una etapa de incertidumbre política que acabaría desembocando en la proclamación de la Segunda República.
Primo de Rivera había llegado al poder en septiembre de 1923 mediante un golpe de Estado con el apoyo del rey Alfonso XIII. Su promesa era clara: acabar con la corrupción política, el desorden social y la humillación internacional tras el desastre de Annual. Durante sus primeros años, su régimen logró una cierta estabilidad. Se pacificó Marruecos, se impulsaron grandes obras públicas y disminuyó la conflictividad social, aunque todo ello se sostuvo sobre una fuerte represión y la supresión de las libertades.
Con el paso del tiempo, la dictadura comenzó a mostrar signos evidentes de agotamiento. La economía empezó a resentirse, los intelectuales y los universitarios se volvieron cada vez más críticos y una parte del Ejército comenzó a distanciarse del dictador. Incluso el propio rey Alfonso XIII empezó a retirar su apoyo. Primo de Rivera estaba enfermo, cansado y cada vez más aislado políticamente.
En enero de 1930, en un intento casi desesperado, consultó a los altos mandos del Ejército para saber si aún contaba con su respaldo. La respuesta fue fría y ambigua. Aquello fue suficiente para comprender que su tiempo había terminado. Ese mismo día presentó su dimisión al rey y poco después se marchó al exilio en París, donde moriría apenas dos meses más tarde.
Alfonso XIII encargó entonces formar gobierno al general Dámaso Berenguer en un intento de volver lentamente a la normalidad constitucional. Sin embargo, ya era demasiado tarde. La monarquía había quedado irremediablemente ligada a la dictadura y la oposición republicana crecía sin freno. En apenas un año, en abril de 1931, el rey abandonaría España y se proclamaría la Segunda República.
Así terminó, casi sin ruido, una dictadura que había prometido salvar el país y cuya caída marcó también el principio del fin de la monarquía.



