El primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, asumió su derrota en las elecciones parlamentarias, poniendo fin a sus 16 años ininterrumpidos en el poder. En un breve discurso ante sus seguidores en la sede de su partido, Fidesz, declaró que el resultado había sido “doloroso, pero claro”, y que los ciudadanos habían dejado patente que no le otorgaban la responsabilidad de gobernar.
El resultado fue contundente: con el 96% de los votos escrutados, el candidato del partido Tisza, Péter Magyar, obtuvo 138 escaños frente a los 54 conseguidos por Fidesz, la formación de Orbán. Magyar logró así una supermayoría de 138 escaños cuando solo necesitaba 133 para tener control absoluto del Parlamento, compuesto por 199 diputados en total.
La jornada estuvo marcada por una participación histórica. Media hora antes de que cerraran los colegios electorales, el porcentaje de votantes se situaba en el 78,8%, la más alta desde la caída del comunismo en 1989. La alta participación fue homogénea tanto en las grandes ciudades como Budapest como en las zonas rurales, históricamente más afines a Fidesz.
La gente celebró la victoria a las puertas de la sede del partido Tisza, a orillas del Danubio, con champaña, abrazos y lágrimas. El escritor András Petöcz afirmó que la sensación le recordaba al Budapest de 1989 cuando colapsó el régimen comunista.
Magyar se dirigió a la multitud concentrada en la plaza frente al Parlamento: “Lo hemos conseguido. Tisza y Hungría han ganado. Hemos recuperado nuestro país.” Poco después, Magyar confirmó que había recibido una llamada telefónica de Orbán felicitándole por la victoria, gesto que muchos analistas no daban por seguro.
El ascenso de Magyar es uno de los fenómenos políticos más sorprendentes de la Europa reciente. Nacido en Budapest en 1981, Magyar se afilió al partido Fidesz de Orbán en 2002, a los veintiún años. Era conocido principalmente por ser el esposo de Judit Varga, exministra de Justicia. Su salto a la primera línea se produjo cuando divulgó una grabación en la que Varga hacía referencia a supuestas interferencias gubernamentales en casos de corrupción, lo que lo convirtió de conocedor del sistema en su crítico más feroz. Asumió entonces el liderazgo del grupo Tisza-Partido Respeto y Libertad, hasta entonces marginal, articulando su discurso en torno a la denuncia de la corrupción.
Orbán había moldeado durante cuatro mandatos consecutivos un sistema a su medida, descrito por los politólogos como una “democracia iliberal”, con supermayorías parlamentarias desde 2016, lo que dificultaba notablemente el camino de cualquier oposición. Sin embargo, muchos húngaros mostraban un creciente cansancio después de tres años de estancamiento económico y un aumento vertiginoso del coste de la vida, mientras los informes sobre la riqueza acumulada por los oligarcas cercanos al gobierno se multiplicaban.
En el terreno internacional, la derrota de Orbán tiene una lectura inequívoca. La victoria de Magyar es también una derrota para el presidente ruso Vladimir Putin, cuyo principal aliado europeo era Orbán, y para el presidente estadounidense Donald Trump, cuyo vicepresidente, JD Vance, había viajado a Budapest en los últimos días de campaña para apoyar la candidatura de Fidesz.
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, afirmó: “Hungría ha elegido a Europa. Europa siempre ha elegido a Hungría. Un país reclama su camino europeo. La Unión se fortalece.” El presidente del Consejo Europeo, António Costa, destacó que la participación récord demuestra el espíritu democrático del pueblo húngaro y expresó su voluntad de trabajar estrechamente con Magyar.
El canciller alemán Friedrich Merz trasladó sus felicitaciones afirmando su deseo de unir fuerzas “por una Europa fuerte, segura y, por encima de todo, unida”, mientras que el primer ministro británico, Keir Starmer, calificó el resultado como un “momento histórico” no solo para Hungría, sino para toda la democracia europea. El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, celebró el triunfo señalando que “hoy ganan Europa y los valores europeos”.
Magyar asumirá el poder con un programa centrado en desbloquear cerca de 18.000 millones de euros en fondos europeos retenidos por Bruselas debido a la falta de Estado de Derecho, medida que, según Tisza, podría impulsar la economía húngara en al menos un punto porcentual. El partido ha prometido además una política exterior claramente alineada con la Unión Europea y la OTAN, y la intención de convocar un referéndum sobre el apoyo a la entrada de Ucrania en la UE.
Los expertos advierten, no obstante, de que ganar las elecciones es solo el primer paso. Orbán ha creado durante sus años en el poder una élite económica nacional que controla casi todos los medios de comunicación y vastos recursos financieros que no dependen directamente del Parlamento.
La investigadora Zsuzsanna Szelényi, del Central European University Democracy Institute, lo resume con precisión: cuando las instituciones democráticas se deterioran durante el tiempo suficiente, las elecciones dejan de ser contiendas entre programas y se convierten en referendos desesperados sobre si el cambio político es posible. Hungría ha respondido este domingo con un sí rotundo.



