Aquel día tenía una reunión de trabajo y, como suele pasar en esos casos, decidí hacer el teatro completo de parecer una persona formal. Nada de ir con cara de haber dormido poco o con barba de ideas propias. Tocaba asearse, vestirse bien y fingir que uno tiene la vida más o menos bajo control.
Así que me puse a afeitarme.
Todo iba con una normalidad sospechosa. La afeitadora funcionaba, el espejo devolvía una versión aceptable de mí mismo y, por unos minutos, incluso pensé que iba a ser una mañana sencilla. Un lado de la cara quedó perfecto. Limpio. Decente. Presentable. Cuando pasé al otro, en mitad de la mejilla, la afeitadora decidió que ya había trabajado suficiente en esta vida y se apagó sin previo aviso, sin drama, sin despedida.
La miré. La encendí. Nada. La moví un poco, como si eso fuera a despertar su vocación profesional. Nada. La enchufé y apareció esa lucecita traicionera que viene a decirte que llegas tarde a todo, también a cargar aparatos.
Fui al espejo y ahí estaba yo: media cara respetable y media cara de alguien que claramente había sido interrumpido en mitad de una huida. No era una barba, era una declaración de intenciones. Un “antes y después” sin terminar. Como si me hubiera quedado a mitad de convertirme en una persona mejor.
Pensé en esperar cinco minutos. Cinco minutos es una unidad de tiempo completamente ficticia. Cinco minutos no sirven para nada excepto para perderlos. Volví a intentarlo y, por supuesto, no funcionó.
Busqué una cuchilla. No había. Nunca hay cuando de verdad hace falta. Las cuchillas viven en un universo paralelo al de las llaves y los calcetines sueltos.
No quedaba más remedio que salir así, con la esperanza de que la gente no mirara demasiado o de que pensaran que era una decisión estética. Me peiné hacia ese lado, me toqué la cara con aire distraído y me fui.
En la reunión nadie dijo nada, que es peor que si lo hubieran dicho. Pero yo veía cómo sus ojos iban y venían, recorriendo esa frontera moral que me partía la cara en dos. Yo hablaba de cosas serias, asentía, tomaba notas, y por dentro solo podía pensar que toda mi dignidad dependía de una batería agotada.
Cuando volví a casa, puse la afeitadora a cargar con un cuidado casi médico y me senté un momento, cansado como si hubiera pasado algo importante. Y supongo que lo había pasado. Porque la vida adulta, al final, consiste bastante en esto: intentar dar buena impresión mientras todo funciona siempre con la batería justa.
Desde entonces, antes de cualquier reunión, miro la afeitadora con el mismo respeto que a los semáforos en ámbar. Y con la misma desconfianza.



