Hay situaciones en la vida en las que uno no tiene ni idea de lo que está haciendo, pero decide seguir adelante como si todo estuviera perfectamente bajo control.
No es valentía. Es inercia.
A mí me pasa mucho con las puertas que no conozco.
No las puertas normales. Esas están controladas. Me refiero a esas puertas raras: con sensores que no reaccionan, con tiradores que no son tiradores, con carteles que dicen “empujar” pero claramente quieren que tires.
Te acercas con seguridad. Siempre con seguridad. Porque si dudas, la puerta lo sabe.
Pones la mano. Empujas.
Nada.
Ahí ya no puedes recular. Porque hay gente detrás. Siempre hay gente detrás. Personas que no conoces pero que, en ese momento, pasan a formar parte de tu público.
Entonces haces un segundo intento. Esta vez más técnico. Cambias ligeramente el ángulo, como si entendieras perfectamente el mecanismo. Como si fuera un problema de precisión y no de comprensión básica.
Sigue sin abrirse.
Lees el cartel. Lo lees dos veces. Lo interpretas como si estuvieras descifrando un jeroglífico. “Empuje”. Tú has empujado. Eso está claro. No es negociable.
Miras el marco de la puerta, el suelo, el techo. Buscas pistas. Algo que te dé autoridad para el tercer intento.
Y entonces ocurre.
Alguien desde dentro abre la puerta sin ningún esfuerzo.
La puerta funciona perfectamente.
En ese momento haces lo único que se puede hacer: adaptarte a la situación como si todo fuera parte del plan. Das un paso natural, atraviesas la puerta y pones cara de “sí, claro, esto era así”.
No miras a nadie. No haces comentarios. Mantienes la dignidad en silencio.
Y sigues caminando.
Reconocer que no sabías abrir una puerta es cruzar una línea complicada. No por la dificultad en sí, sino porque todos hemos decidido colectivamente fingir que esas cosas las dominamos.
Y la verdad es que no.
Pero tampoco pasa nada.
Mientras la puerta se abra, aunque sea por intervención externa, el día puede continuar con normalidad.



