Yo no he sido nunca una persona de mañanas. Esto no es una opinión, es un hecho contrastado a lo largo de los años, como la gravedad o mi incapacidad para doblar correctamente una sábana bajera.
De hecho, durante mucho tiempo defendí que madrugar era una especie de conspiración social. Algo que alguien decidió en algún momento —probablemente una persona que ya se despertaba temprano sin esfuerzo— y el resto aceptamos sin discutirlo demasiado.
Hasta que, por circunstancias que no vienen al caso —aunque en realidad siempre vienen al caso—, me vi obligado a madrugar durante una temporada.
Y ahí empezó todo.
El primer día puse tres alarmas. No por seguridad, sino por desconfianza hacia mí mismo. La primera sonó a las 7:00. La apagué con la serenidad de quien cree que tiene el control de su vida. La segunda a las 7:10. Ahí ya empecé a sospechar que algo no iba bien. La tercera, a las 7:20, fue más bien una intervención de emergencia.
Me levanté con esa sensación de estar traicionándome. Como si una parte de mí estuviera observando la escena desde fuera, tomando nota para reprochármelo más adelante.
Salir a la calle a esa hora es una experiencia extraña. Hay gente que parece llevar despierta desde 1998. Caminan rápido, con un propósito, como si supieran exactamente qué están haciendo con su vida. Yo, en cambio, iba con la mirada perdida, intentando recordar mi nombre completo.
El café se convirtió en una necesidad estructural. Antes era un placer; ahora era una herramienta de supervivencia. Llegué a desarrollar una relación bastante intensa con la cafetera. Hubo días en los que me hablaba más a ella que a otras personas.
Lo curioso es que, con el paso de los días, algo empezó a cambiar.
No mucho, tampoco vamos a exagerar. Pero sí lo suficiente como para que una mañana, mientras caminaba medio dormido, me diera cuenta de que el mundo a esa hora tiene algo especial. Las calles están más tranquilas, el ruido es distinto, incluso la luz parece más educada.
Pensé, durante unos segundos, que quizá me estaba convirtiendo en una de esas personas que dicen frases como “hay que aprovechar el día desde primera hora”.
Me preocupé.
Porque una cosa es madrugar por obligación y otra muy distinta empezar a disfrutarlo. Eso ya es cruzar una línea.
Aun así, seguí con la rutina. Me levantaba, salía, café, intentaba funcionar. Y, poco a poco, fui perfeccionando una técnica que consiste básicamente en aparentar que estás despierto cuando en realidad no lo estás del todo.
Es una habilidad infravalorada.
Un día, incluso, llegué a saludar a alguien con energía. No sé quién era. No lo había visto antes en mi vida. Pero en ese momento me pareció completamente lógico. Más tarde, al recordarlo, me di cuenta de que probablemente esa persona sigue pensando que nos conocemos.
Lo peor de madrugar no es el madrugón en sí. Es lo que implica el resto del día. Porque cuando uno se levanta temprano, de alguna manera siente la obligación de ser productivo. No puedes levantarte a las siete para luego no hacer nada. Eso sería un fracaso difícil de justificar incluso para uno mismo.
Así que empecé a hacer cosas. Pequeñas cosas, pero cosas al fin y al cabo. Y eso generó un problema inesperado: la gente empezó a asumir que yo era una persona organizada.
Nada más lejos de la realidad.
Simplemente estaba despierto antes.
La diferencia es importante, pero no siempre evidente para los demás.
Con el tiempo, mi cuerpo empezó a adaptarse. O eso creía yo. Porque el fin de semana siguiente decidí no poner alarma, como homenaje a mi antigua vida, y me desperté a las once con una felicidad difícil de describir.
Ahí entendí que no había cambiado tanto.
Que uno puede hacer esfuerzos, adaptarse, incluso engañarse un poco durante un tiempo. Pero hay cosas que permanecen. Como mi relación con las mañanas, que sigue siendo, en el fondo, una relación a distancia.
Ahora ya no madrugo tanto. Solo cuando es estrictamente necesario, o cuando cometo el error de creer que esta vez sí será diferente.
Nunca lo es.
Pero durante unos días lo parece, y eso, supongo, es suficiente para que uno vuelva a intentarlo de vez en cuando.



