jueves, 29 enero, 2026

Una gasolinera, un filósofo y yo

Hay días en los que uno sale de casa con un único objetivo claro y sencillo. En este caso, echar veinte euros de gasolina y seguir con su vida. Nada épico, nada trascendental. Veinte euros de 95 y a otra cosa. Eso es lo que yo creía cuando entré en la gasolinera de la TF-5, en el kilómetro 22,5, una de esas gasolineras que uno visita sin pensar, como quien va al baño en casa ajena: rápido, con educación y sin mirar mucho alrededor.

Nada más llegar, se me acerca un señor cuyo parecido con Peter Griffin era tan evidente que me costó no buscar a Brian por los alrededores. Me saluda educadamente y me suelta el clásico “Buenos días, ¿cuánto le pongo?”. Yo, que ese día iba con las ideas muy claras, le contesto: “Buenos días, póngame 20 de 95, por favor”. Hasta aquí, todo dentro de la normalidad democrática del repostaje.

El hombre empieza a poner gasolina con una paciencia casi artesanal, como si estuviera rellenando una botella de perfume caro y no un depósito de un coche que lo único que quiere es seguir su camino. Yo, en un alarde de eficiencia moderna, le digo: “Le pago dentro y así le pido la factura”. Él me mira, esboza una sonrisa entre misteriosa y pedagógica, y me responde muy despacio, muy calmado: “Sí… en cuanto yo termine de ponerle gasolina, entro y le hago la factura… que las prisas no son buenas”.

Yo asentí, porque ¿quién soy yo para discutir con un filósofo del surtidor?, aunque en mi cabeza daba por hecho que dentro habría otra persona cobrando, como ocurre en prácticamente todas las gasolineras del planeta Tierra desde que el ser humano descubrió el fuego.

Mientras la gasolina sigue cayendo, el hombre se queda mirando hacia el bar que hay al lado del surtidor, gira un poco la cabeza y dice en voz alta, como si estuviera comentando el parte meteorológico con el universo: “Ya la autopista funciona normal, ¿no? Ya se fue el atasco por el accidente”.

Yo no sabía si me hablaba a mí, al camarero, a un cliente invisible o a una entidad superior. Miro hacia la puerta del bar. Vuelvo a mirarlo a él. Vuelvo a mirar al bar. Y entonces él se gira hacia mí y me dice otra vez: “¿No?”.

Atrapado en esa pregunta existencial, respondo lo único que puedo: “Ah… eh… sí, sí… saliendo de La Victoria me pareció ver luces de policía y ambulancia, pero ya va más ligerito el tráfico”. Él asiente, como quien confirma una teoría largamente meditada, y sentencia: “Hay más coches que personas ya en la isla. Y cada coche tiene personas que lo conducen… no todo el mundo está capacitado para conducir…”.

Deja la manguera, se encamina hacia dentro y, mientras se aleja, todavía le oigo decir: “Y el sol de frente… y sigue sumando”.

Yo me giro a mirar a la persona que iba conmigo en el coche. Me devuelve exactamente la misma cara que debía tener yo: la de alguien que no sabe si acaba de vivir una escena cotidiana o el primer acto de una obra de teatro experimental sobre la vida moderna.

Pagamos, pedí la factura, nos fuimos. Y mientras arrancaba el coche pensé que yo solo había ido a por gasolina, pero salí con una reflexión sobre el tráfico, la condición humana y los peligros del sol de frente.

Desde entonces, cada vez que paso por una gasolinera, ya no pienso en cuánto me queda en el depósito. Pienso en qué tipo de conversación inesperada me espera junto al surtidor.

Al final, uno nunca sabe si va a repostar gasolina o a repostar filosofía.

Moisés Castilla
Moisés Castillahttps://docemasuna.com/
Aficionado a la buena música, los motores potentes y las charlas eternas con amigos (preferiblemente con café o cerveza en mano). Me encanta reír —de los chistes buenos, malos y pésimos— sabiendo que el silencio también tiene su propio ritmo. Si no me encuentras, probablemente esté escuchando un disco, tocando la guitarra, mirando coches que no puedo pagar o disfrutando de un momento tranquilo lejos del mundo.

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