No recuerdo exactamente en qué momento tomé la decisión de ponerme en forma. Supongo que fue una de esas tardes en las que uno se mira al espejo con una mezcla de decepción y negociación interna, como si pudiera pactar con su propio cuerpo un alto el fuego temporal.
Lo curioso es que yo no estaba tan mal. Es decir, no estaba bien, pero tampoco lo suficientemente mal como para hacer algo al respecto. Que es, probablemente, el peor estado físico en el que puede estar una persona: ese limbo en el que no te duele nada, pero tampoco te queda bien ninguna camiseta.
Total, que me apunté a un gimnasio.
Esto ya, de por sí, fue una decisión valiente. Porque entrar en un gimnasio hoy en día es como colarse en una reunión en la que todo el mundo sabe exactamente lo que está haciendo menos tú. Gente que se mueve con una seguridad sospechosa, como si hubieran nacido sabiendo usar máquinas con nombres que suenan a electrodoméstico industrial.
El primer día fui con ropa que yo consideraba deportiva. Grave error. Resulta que lo que yo llevaba era, en realidad, ropa cómoda. Que no es lo mismo. En el gimnasio hay una diferencia clara entre alguien que entrena y alguien que parece que ha bajado a tirar la basura y se ha equivocado de puerta.
Nada más entrar, un chico con un porcentaje de grasa corporal que probablemente se pueda medir con microscopio me preguntó si necesitaba ayuda. Le dije que no con una seguridad que no sentía, lo cual fue el segundo error del día.
Decidí empezar por algo sencillo: correr en la cinta.
Cinco minutos después, estaba reconsiderando todas las decisiones que me habían llevado hasta ese momento. No sé quién inventó correr sin avanzar, pero desde luego no tenía buenas intenciones. Es una actividad profundamente absurda. Tu cuerpo cree que estás huyendo de algo, pero tu mente sabe que no te estás moviendo del sitio. Es una metáfora bastante precisa de mi vida en general.
A los siete minutos, empecé a hacer ese gesto tan digno que consiste en mirar el reloj como si tuvieras algo importantísimo que hacer. No tenía nada. Pero necesitaba justificar ante mí mismo que aquello no era un abandono, sino una retirada estratégica.
Después intenté levantar pesas. Elegí unas que me parecieron razonables. No lo eran. En ese momento descubrí que hay músculos en el cuerpo que uno no sabe que existen hasta que empiezan a doler de una forma muy concreta, casi personal.
A mi lado, un señor de unos sesenta años levantaba el triple de peso que yo con una tranquilidad que me pareció ofensiva. En un momento dado me miró, asintió y siguió a lo suyo. Ese gesto, que pretendía ser de ánimo, lo interpreté como una confirmación de mi fracaso.
Lo peor vino al día siguiente.
Porque el problema de hacer deporte no es hacerlo. Es sobrevivir después. Me desperté con la sensación de que alguien había entrado en mi casa durante la noche y me había sustituido el cuerpo por otro peor. Cada movimiento era una negociación. Levantarme de la cama requería una planificación que normalmente reservo para viajes internacionales.
Bajar escaleras se convirtió en una actividad de riesgo. Hubo un momento en el que consideré seriamente quedarme a vivir en mi casa para siempre, evitando así cualquier desplazamiento innecesario.
Aun así, decidí volver al gimnasio dos días después. No por motivación, sino por orgullo. Que es, en mi caso, un motor mucho más fiable.
Esta vez fui directamente a la bicicleta estática. Pensé que sería más llevadero. Y lo fue, en el sentido de que tardé más en arrepentirme. Mientras pedaleaba sin rumbo, empecé a observar a la gente. Hay varios tipos muy definidos en un gimnasio:
El que grita.
El que se mira constantemente al espejo.
El que claramente sabe lo que hace.
Y luego estoy yo, que parece que está esperando a alguien que nunca llega.
En un momento dado, me crucé de nuevo con el chico del primer día. Me preguntó si todo bien. Le dije que sí, que ya estaba cogiendo ritmo. No sé por qué mentí. Supongo que por mantener una cierta dignidad que ya había perdido media hora antes.
Salí del gimnasio con esa sensación extraña de haber hecho algo bueno por mí mismo, aunque no estuviera del todo convencido. Es una sensación parecida a cuando comes una ensalada: sabes que es lo correcto, pero no puedes evitar sentir que te estás engañando un poco.
Han pasado ya varias semanas desde entonces. No voy a decir que mi vida haya cambiado radicalmente. Sería exagerar. Pero ahora, al menos, cuando me miro al espejo, la negociación interna es distinta.
Sigue habiendo negociación, eso sí. Pero ahora, al menos, una de las partes parece ligeramente más interesada en llegar a un acuerdo.



