viernes, 20 marzo, 2026

El arpa de Santa Rosa

Corría el año 1714 y, cuando el sol se ocultaba y la noche caía sobre La Asunción, en la isla Margarita, sus vecinos ansiaban escuchar aquellos acordes desconocidos y melancólicos que llegaban desde el Castillo de Santa Rosa. Allí, el gobernador Diego Antonio de Molina y Miñano hallaba refugio en la música de un arpa de clavijas de hierro que hizo traer desde Santo Domingo.

Este hombre de armas había prestado durante años servicios en el Ejército Real, donde alcanzó el grado de capitán de Caballos Corazas en el Regimiento de Málaga. Peleó en Extremadura, Valencia y Aragón, y en Mora de Ebro, en el Principado de Cataluña, fue hecho prisionero junto con parte de los suyos. Permaneció en cautividad desde junio de 1710 hasta enero de 1711, y recuperó la libertad tras la recuperación borbónica de la plaza. Como recompensa a sus servicios, fue nombrado gobernador de aquella isla.

¿Cómo un hombre de guerra terminó quedando en el recuerdo como el gobernador asociado al sonido de un arpa? Esa fue la imagen evocada por el doctor Ángel Félix Gómez en un discurso pronunciado el 27 de noviembre de 2005 en la Casa de Cultura “Monseñor Nicolás Eugenio Navarro”, al recordar a Diego Antonio de Molina y Miñano en las noches de La Asunción, acompañado por una música que la tradición local conservó con el paso del tiempo.

Pero para entender esa imagen, hay que retroceder un año. Antes de instalarse en Margarita, Molina había embarcado en Cádiz en el San Luis, navío de registro de Amaro Rodríguez Felipe. La escritura firmada entre ambos el 4 de julio de 1713 fijaba el pago de 1.500 pesos escudos de plata por el pasaje de cinco personas, entre ellas su mujer Ana Castillo Altamirano, sus hijos Juan y Nicolás, y un criado. Se trataba, según el propio contrato, de una cantidad “muy moderada según el tiempo presente”, reflejo de un trato especial dado por Amaro a un hombre de la Corona que, en aquel momento, sin apenas recursos, se encaminaba hacia un cargo llamado a hacer fortuna.

Sea notorio como yo, el capitán de cauallos don Diego Anttonio de Molina, electo gouernador y capitán general de la ysla de la Margarita, residente en esta ciudad de Cádiz, de próximo para hazer uiaje a seruir mi empleo en el nauío de registro nombrado San Luis, capitán y dueño don Amaro Rodríguez Phelipe, otorgo que deuo al susodicho un mil y quinientos pesos excudos de plata, los mismos en que tengo ajustado mi pasaxe, el de mi muger, dos hijos y un criado, que en todas son cinco personas, desde el puerto y uahía de esta ciudad hasta el de La Guaira, prouincia de Caracas, en el referido nauío nombrado San Luis, cuia canttidad es muy moderada según al tiempo presente. Y de ella, a mayor abundamiento, me doi por contento y entregado a mi voluntad sobre que renuncio la ecepción de la non numerata pecunia, leis del entrego, su prueua, engaño, término de los dos años y demás deste caso como en ellas se contiene, de que le otorgo reziuo en forma.

El texto añade que debía pagar en Margarita o, en su defecto, en Caracas, dentro de los quince días siguientes al arribo, en buena plata, y aceptando que se le pudiera ejecutar con la propia escritura. El precio fue moderado, pero Amaro dejó asegurado su cobro desde el primer momento.

Lo que ocurrió durante aquella travesía se supo después por la carta remitida por Joseph Francisco de Cañas y Merino, gobernador y capitán general de la provincia de Venezuela, al informar a Su Majestad de la noticia que le había transmitido el propio Amaro. El San Luis, recién adquirido por el lagunero a Miguel Alonso de los Santos, comenzó a hacer agua tan pronto dejó atrás el cabo de San Vicente y, tras una travesía penosa en la que todos tuvieron que turnarse para achicar, el tinerfeño se vio obligado a arribar a La Martinica. Allí, cuando trataban de reparar sus maderas, atracados en la bahía de Saint-Pierre, ocurrió lo inesperado. En la noche del 4 de agosto de 1713 los alcanzó un huracán de tal magnitud que el San Luis se hizo pedazos. No pudo salvarse nada de la carga ni de los pliegos reales que llevaba para el gobierno, y “se ahogó la mayor parte de la gente que estaba a bordo del navío”. La carta añade, además, dos nombres de peso entre los fallecidos: don Antonio de la Carrera, que traía varias comisiones reservadas de Su Majestad, y don Pedro Pérez del Valle, castellano nombrado para la real fuerza de Araya.

Sabemos que Molina, de 33 años de edad, sobrevivió al desastre, pues ya el 11 de octubre de 1713 tomó posesión de su cargo. Todo apunta a que también sobrevivieron su esposa, Ana Castillo Altamirano, de 36, y el menor de sus hijos, Nicolás, que tenía 8 años al partir desde Cádiz en el San Luis. Años más tarde, Nicolás contrajo matrimonio con Jacinta Guerra de la Vega y Urquía y dejó descendencia conocida. Además, el gobernador y su esposa tuvieron una hija en la isla, doña Margarita de Molina Miñano y del Castillo, lo que sugiere una continuidad familiar en aquel nuevo destino. De Juan, el hijo mayor, sin embargo, no he localizado por ahora rastro posterior, pese a contar ya con 18 años durante aquel viaje.

Nada de ello rebaja el dramatismo del episodio. El naufragio, la pérdida de bienes, la muerte de buena parte del pasaje y la necesidad de rehacer la vida en destino bastan por sí solos para explicar la huella que aquel viaje pudo dejar en Molina. El arpa de Santa Rosa pudo quedar como eco de una desgracia y de la herida abierta de un drama que, tras sobrevivir al desastre y alcanzar el gobierno, encontró en la música una forma de refugio en las noches de La Asunción.

Años más tarde, en 1718, cuando su gobierno llegaba a su fin, llegaron también las acusaciones de contrabando con ingleses y holandeses. No solo habría tolerado ese comercio entre los vecinos, sino que incluso abrió tienda propia. Si bien durante su mandato se ocupó de mejorar las fortificaciones de la isla y las tropas a su cargo, dotándolas de nuevas armas, y a él se debió también la reconstrucción de los aljibes de San Carlos y de Santa Rosa, aquel final de gobierno coincidió con su arresto y con el embargo de sus bienes. En el inventario levantado entonces apareció aquella arpa hecha en Santo Domingo con clavijas de hierro, junto con libros de leyes y espejos franceses adquiridos durante su mandato.

Si la música fue su refugio, la historia de Diego Antonio de Molina y Miñano lo dejó suspendido entre la memoria de una travesía traumática y la ruina pública de su mandato.

Fuentes

Escritura de obligación de pasaje entre Amaro Rodríguez Felipe y Diego Antonio de Molina, Cádiz, 4 de julio de 1713. Cádiz, Cádiz, Andalusia, Spain records, imágenes, FamilySearch: Archivo Histórico Provincial de Cádiz (España), imagen 1513 de 2500.

Libro de copias en que se incluyen todos los informes hechos a Su Majestad, por el Señor Don Joseph Francisco de Cañas y Merino, Gobernador y Capitán General de esta Provincia de Venezuela, y Caballero Profesor del Orden Militar de Santiago. Madrid, Biblioteca Nacional (BNM), Mss/4342, 88 hojas.

Ángel Félix Gómez, discurso pronunciado en la sesión solemne celebrada por la Alcaldía y el Concejo Municipal de Arismendi, Casa de Cultura “Monseñor Nicolás Eugenio Navarro”, 27 de noviembre de 2005.

Antonio A. Herrera-Vaillant, Gobernantes y Obispos de la Venezuela Española, tomo II (Caracas; Miami, 2022), pp. 148–150.

Marco Polo Alonso
Marco Polo Alonsohttps://amaropargo.es/
Investigador, escritor y empresario.

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