sábado, 4 abril, 2026

Ouidah, 1998: una experiencia personal

Ouidah, en Benín, es una pequeña ciudad que hoy todavía puede visitarse haciendo turismo o, como fue mi caso, por trabajo en la región. Recuerdo bien la primera vez que pasé por allí, hace ya casi treinta años, cuando yo apenas tenía veintipocos y viajaba desde Ghana hacia Cotonú, la ciudad más poblada de ese país, para asistir a una feria organizada por el ICEX, vinculado al Ministerio de Economía y de Exteriores.

Iba con mi mujer. Al atravesar aquella población —que en los siglos XVII y XVIII fue uno de los principales núcleos de exportación de esclavos del golfo de Guinea— me sorprendió un templo a nuestra llegada: el templo de la Pitón Reina. Una serpiente no venenosa, pero capaz de morder y de estrangular a un hombre. Recuerdo que pensé en lo raro que resultaba venerar a un animal así, y que más bien tenía que ser algo para sacarle el dinero al extranjero y hacerle visitar aquel centro.

A la vuelta cometí un error. Decidí salir a última hora de la tarde y la noche nos alcanzó en la carretera hacia Togo. Logramos cruzar la frontera de Benín antes de su cierre, a las seis de la tarde. No era casualidad que fuéramos los últimos en cruzarla ni los únicos en la carretera. Como si todos supieran algo que nosotros aún ignorábamos. Lo descubriríamos en breve. Aún nos quedaba cerca de una hora hasta llegar a Lomé, donde pensábamos pasar la noche.

Por entonces no éramos plenamente conscientes de lo que aquel lugar había significado en la historia moderna. Desde ese puerto no solo partieron miles de personas esclavizadas, sino también prácticas, ritos y creencias que, con el tiempo, se asentaron en buena parte del Caribe: en Cuba, en Haití, en Luisiana y en otros territorios marcados por la diáspora africana, instalando el vudú y la magia negra.

Aquella noche, poco antes de llegar a la capital togolesa y tras dejar atrás una pequeña aldea, nos topamos de pronto con un poblado completamente a oscuras. Sus habitantes habían tomado la carretera.

Existe un dicho en esa parte de África: cuando cae la noche, no salgas de casa, por si los espíritus te atrapan y te arrastran a su mundo. Sin embargo, en aquel pueblo estaban todos fuera, caminando en la misma dirección que nosotros. Iban de espaldas.

No nos cruzamos con ningún otro coche. Nadie venía de frente, a pesar de que se trataba de la gran carretera transafricana. Me acerqué lentamente por detrás, con los faros encendidos. Cuando advirtieron la luz sobre sus cuerpos, se giraron al unísono.

Jamás olvidaré lo que vimos.

Mi mujer soltó un grito. Yo mismo no daba crédito. Durante un segundo pensé en una noche de carnaval en nuestra tierra. Pero no. Aquellas máscaras que llevaban, con formas de monstruos, de diablos o de figuras imposibles de reconocer, se volvieron hacia nosotros y quedaron inmóviles en mitad de la oscuridad, como animales sorprendidos por un haz de luz.

Entonces aceleré. Metí el coche por el arcén y salimos de allí a toda velocidad, justo cuando empezaban a acercarse.

Durante mi investigación sobre ese periodo, vinculada a nuestro corsario Amaro Pargo y a su breve estancia en Martinica, encontré un dato que terminó de encajar todas las piezas. En 1713, La Concorde, un navío francés ricamente ornamentado —con decoración barroca, amplios ventanales y un castillo de popa que despertaba la envidia de otras potencias—, se dedicaba al transporte de esclavos desde Ouidah hasta Saint-Pierre.

No fue hasta su tercer viaje, años después de que Amaro abandonara la isla, cuando, con sus bodegas nuevamente cargadas de hombres y mujeres procedentes de aquel mismo puerto donde se veneraban las pitones, La Concorde fue capturada por piratas ingleses.

Poco después, rebautizada y puesta al servicio de un nuevo dueño, aquel mismo barco se convertiría en el terror de los mares bajo el mando de Barbanegra, Edward Teach, con el nombre de Queen Anne’s Revenge. Mientras tanto, en silencio, la magia negra se iba extendiendo por el Caribe.

Marco Polo Alonso
Marco Polo Alonsohttps://amaropargo.es/
Investigador, escritor y empresario.

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