El fallecimiento de Fernando Ónega marca el fin de una era en la comunicación institucional y el análisis político de nuestro país. El veterano periodista gallego, que ha muerto a los 78 años de edad, deja tras de sí una herencia profesional que se confunde con la propia historia de la transición democrática española.
Nacido en Mosteiro, Lugo, en 1947, Ónega fue mucho más que un cronista; fue un arquitecto de la palabra en momentos de máxima incertidumbre nacional. Su figura alcanzó una dimensión histórica cuando asumió la dirección de prensa de la Presidencia del Gobierno bajo el mandato de Adolfo Suárez. A él se le atribuye la autoría de frases que ya forman parte del imaginario colectivo, como aquel célebre puedo prometer y prometo que definió el estilo conciliador y directo de la naciente democracia.
Su trayectoria, que se extendió durante más de cinco décadas, se caracterizó por una versatilidad poco común en el gremio. Dirigió los informativos de Televisión Española y de la Cadena SER, estuvo al frente de los diarios Arriba y Ya, y su firma fue una constante en las páginas de La Vanguardia y El Periódico. En la radio, su hogar natural durante los últimos años, sus cartas y análisis en Onda Cero se convirtieron en una cita obligada para quienes buscaban una visión pausada y equilibrada de la actualidad.
El estilo de Ónega se definía por una elegancia analítica que esquivaba la confrontación estéril. Prefería el puente al muro, y la explicación pedagógica al titular incendiario. Esta capacidad para traducir la complejidad política al lenguaje del ciudadano común le valió numerosos reconocimientos, entre ellos el Premio Nacional de Periodismo, el Premio Ondas y la Antena de Oro.
Su pérdida ha generado una oleada de reacciones en todo el arco político y social. Colegas de profesión y representantes de las instituciones coinciden en señalarlo como un maestro de periodistas y un hombre de Estado que entendió el periodismo como un servicio público esencial para la convivencia. Con su partida, el periodismo español pierde a uno de sus observadores más agudos y a una voz que, con un tono siempre sosegado, supo narrar los cambios de una España que él mismo ayudó a explicar.



