miércoles, 4 febrero, 2026

Así fue el V16 con el que BMW quiso redefinir el lujo en Rolls-Royce

A finales del siglo XX, el mundo del automóvil vivió uno de esos movimientos empresariales que cambian silenciosamente la historia. En 1998, BMW se hizo con los derechos del nombre y el emblema de Rolls-Royce Motor Cars, iniciando una nueva era para una de las marcas más icónicas del lujo mundial. A partir de ese momento, el objetivo de los ingenieros alemanes no era solo mantener la tradición británica, sino llevarla a un nivel técnico nunca visto. De este modo, nació uno de los proyectos más fascinantes —y menos conocidos— de la historia moderna del automóvil: el desarrollo de motores V16 bajo el paraguas de Rolls-Royce, concebidos por BMW a caballo entre finales del siglo XX y comienzos del XXI.

La idea de un V16 no era nueva para BMW. Ya a finales de los años ochenta la marca había experimentado con el famoso prototipo “Goldfisch”, un Serie 7 al que se le instaló un enorme motor V16 experimental derivado de su V12. Aquel ejercicio de ingeniería extrema nunca llegó a producción, pero dejó claro que en Múnich sabían perfectamente cómo domesticar una mecánica de dieciséis cilindros. Esa experiencia previa fue clave cuando BMW comenzó a diseñar el futuro de Rolls-Royce como fabricante independiente, ya desligado definitivamente de Bentley y Volkswagen.

Cuando en los primeros años del siglo XXI se estaba gestando el renacimiento de Rolls-Royce, BMW quiso explorar hasta dónde podía llegar el concepto del lujo absoluto. No se trataba de potencia bruta ni de cifras de aceleración, sino de silencio, suavidad y autoridad mecánica. En ese escenario apareció el Rolls-Royce 100EX, un espectacular concept car presentado en 2004 para conmemorar el centenario de la marca. Bajo su interminable capó se escondía una auténtica rareza: un motor V16 atmosférico de unos nueve litros de cilindrada, desarrollado específicamente para este proyecto. No era un simple ejercicio de diseño; varios de estos motores llegaron a construirse y a funcionar plenamente, demostrando que Rolls-Royce, bajo la tutela de BMW, podía permitirse ir más allá de lo imaginable.

Sin embargo, el V16 nunca estuvo pensado para una producción en serie. A pesar de su refinamiento y de unas cifras de potencia que nunca se comunicaron oficialmente, su complejidad, tamaño y coste chocaban con la nueva filosofía de la marca, que apostó finalmente por el ya legendario V12 de 6,75 litros que debutó en el Phantom VII de 2003. Ese V12 ofrecía exactamente lo que Rolls-Royce buscaba: una entrega de par imponente desde ralentí, una suavidad casi eléctrica y una fiabilidad acorde a un coche destinado a durar décadas. El V16, por su parte, quedó como un símbolo de lo que era técnicamente posible, no de lo que era comercialmente necesario.

Aun así, la historia del V16 de Rolls-Royce no terminó en un almacén de prototipos. Años más tarde, uno de esos motores acabaría protagonizando una de las anécdotas más curiosas del cine y el automóvil. Para el rodaje de la película Johnny English Reborn, protagonizada por Rowan Atkinson —conocido amante de los coches—, Rolls-Royce aceptó instalar uno de aquellos V16 experimentales en un Phantom Coupé. De este modo, un motor que nunca estuvo destinado al gran público tuvo, paradójicamente, su momento de gloria ante millones de espectadores, alimentando aún más la leyenda.

Hoy, los motores V16 desarrollados por BMW para Rolls-Royce ocupan un lugar especial en la historia del automóvil. No fueron un producto comercial ni una apuesta de mercado, sino una demostración de poderío técnico y una declaración de intenciones en una época clave para la marca. Representan ese momento en el que Rolls-Royce, ya en manos alemanas, quiso demostrar que el lujo absoluto no tenía límites, aunque algunos de ellos solo existieran para unos pocos privilegiados… o para la gran pantalla.

Moisés Castilla
Moisés Castillahttps://docemasuna.com/
Aficionado a la buena música, los motores potentes y las charlas eternas con amigos (preferiblemente con café o cerveza en mano). Me encanta reír —de los chistes buenos, malos y pésimos— sabiendo que el silencio también tiene su propio ritmo. Si no me encuentras, probablemente esté escuchando un disco, tocando la guitarra, mirando coches que no puedo pagar o disfrutando de un momento tranquilo lejos del mundo.

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