A nuestras islas, a ninguna de ellas, les faltan misterios. Quizá, eso sin duda, alguna tiene déficit de cronistas, de investigadores, de curiosos y escuchadores, que con interés y paciencia, con dulzura y olfato, compartan momentos con quienes atesoran su memoria. Hace años, andurriando por El Hierro, supe del Bailadero de las Brujas, en el camino de La Llanía. Aunque las brujas y hechiceras en la lo mío, no me puede abstraer de asomarme a los paisajes de la Hoya de Fireba, uno de esos lugares en los que te sientes inmensamente pequeño al fundirte con lo inmensamente grande. El bailadero, o llano de las brujas, es exactamente eso, lo habitual, un claro en el camino, una burbuja donde la vegetación y el territorio se ordenan para alimentar nuestro pensamiento mágico, para evocar nuestra imaginación. También me había hablado de ello una buena amiga, por entonces más rubia que ahora, pero ya en aquellos tiempos guerrera, agradecidamente espontánea y profesionalmente tesonera. Hablo de ti, claro, ¿quién sino? Carolina Armas.
Bueno, en la magia de El Hierro este lugar es necesario, fundamental. Los relatos que dan forma a su leyenda mágica son similares a los que encontramos en otros lugares: encuentros con brujas bajo la forma de animales diversos, de bolas o trazos de luz, de grupos de mujeres danzantes y burlescas; desorientación y “densidad espacial” experimentada por quienes se convierten en protagonistas…una luz popular recorría tales parajes, a semejanza de la que pasea por Mafasca o por el barranco palmero de Las Angustias. Conocer estos relatos, estos significados, ha hecho de mis visitas a la zona una experiencia distinta. Dejas a un lado esos adorables adornos, y te permites conectar con el lugar. Apenas tienes que respirar sereno, profundamente, y te conviertes en una antena. De noche, el espectáculo no tiene nombre, no se puede describir. Te olvidas de las brujas, de hecho, esperas que no aparezcan para que, con su mágica presencia, no alteren tu propia mágica presencia.
Ven a El Hierro, ven al Bailadero, ven sin escoba.



