La Palma me enamoró hace muchos años. Descubrí su envolvente naturaleza e inagotables misterios prácticamente al mismo tiempo. Superada la adolescencia, acudía junto a un buen puñado de amigos a las jornadas de misterios que organizaba el Grupo Espírita de La Palma en Los Llanos de Aridane. Esas jornadas siguen en activo, aunque con un nombre diferente, el de Integración Humana. Se organizaban en verano, lo que facilitaba que unos cuantos tipos -y tipas, que las había- inquietos como yo pudiéramos acudir. Mauro, Oscar y el resto de integrantes de aquel colectivo nos ponían las cosas fáciles, ya que nos dejaban quedarnos en su sede, de manera que nos ahorrábamos en alojamiento un dinero que no teníamos. Durante años, aquello fue un master en convivencia, en pasión y aventura, en curiosidad y camaradería, en descubrimiento y humor. Martín Barreto, José Carballo, Luis, Enrique, María y otros desde Tenerife, éramos acogidos año tras año e integrados en el grupo de invitados y conferenciantes. Allí hice amigos a los que puedo seguir mirando a la cara y sintiendo con cariño, como ese genio de la música que es Ricardo, el afable y reflexivo Carmelo, el todoterreno de la comunicación que es Lucio, el inagotable emprendedor Miguel, su pertinaz hermano Oriol… Y claro, no me olvido de Anselmo, con sus inspiradoras ocurrencias e inagotable entrega.
A lo largo de los años, con unos y otros, con otros y unos, fui descubriendo La Palma, bebiendo sus aguas desde donde nacen, respirando ese aire que roza las estrellas, sintiéndome pequeño con su grandeza. No sería quién soy, tal como soy frente a estos temas, sin aquellas convivencias, aquellas tertulias, aquella forma de vivenciar lo desconocido. Y es en todo este escenario donde la Caldera de Taburiente cobra sentido. La visité desde muchos frentes, transité su perímetro conociendo sus misterios…los grabados rupestres que la circundan y la decoran por doquier; su gran deidad rocosa a la que hoy recordamos como Roque Idafe y en la que se entonaba el mítico Iguida iguan Idafe – Que guerte iguan taro (¿Dicen que caerá el Idafe? – Dale lo que traes y no caerá); su evocadora Pared del Diablo o de Roberto, en la que merodean luces enigmáticas…
En aquellos años conocí a gente peculiar que hacía lecturas muy especiales de La Caldera, como una médium alemana afincada en Santa Cruz de La Palma, que recuerdo como Petra, que hacía retratos de los espíritus de los antiguos jefes y sacerdotes awara o behaoritas, espíritus protectores que, según ella, permanecían viviendo espiritualmente y protegiendo aquellas poderosas y hermosas entrañas palmeras. En aquel tiempo también surgió una extraña foto, que, tras publicarla nuestro añorado Paco Padrón, tendría el mérito de convertirse en viral, y eso teniendo en cuenta que ocurría en la primera mitad de los noventa del siglo pasado. La foto en cuestión, que erróneamente sería atribuida poco después al Barranco de Badajoz, en Tenerife, mostraba a unas personas descendiendo o subiendo por el Barranco de Las Angustias, y a una figura blanquecina, de aspecto humanoide, cazada en la instantánea. ¿Pareidolia? Quién sabe, pero en aquellos años fue la bomba, y daba la razón a quienes describían encuentros con el misterio es La Caldera, experiencias como la del popular periodista Miguel Blanco, que aseguró tropezarse con un animal blanco, extraño e irreal, en su tránsito por la zona, una criatura asimilable a lo que llamamos tibicenas en la cultura indígena.
En La Caldera, con el tiempo, profundicé en su patrimonio arqueológico y su conexión con el cosmos, a través de los trabajos de Miguel A. Martín, y en el último año afloró con fuerza una vivencia personal, que compartí con mi viejo y buen amigo Martín Barreto, relativa a unas pequeñas luces que nos velaron en el Barranco de los Guanches tras una jornada agotadora que casi no contamos. Es difícil resumir cuánto de extraño y trascendente concurre en ese lugar al que Luis Morera dedicó palabra tan sentidas y acertadas como aquellas que la describían como un “corazón donde se une el Universo con la tierra, donde se desprende el alma para andar por las estrellas…”



