En el exterior el mundo indígena canario sigue siendo un gran desconocido. Eso se podía haber evitado si dos trabajos de divulgación que alcanzaron proyección internacional no se hubieran convertido en dos absolutos disparates que mas que informar desinformaron.

La primera de esas «oportunidades perdidas» vino de la mano del gran Lope de Vega y Caspio en el año 1608. Ese año, el insigne literato escribió su obra “Los guanches de Tenerife y Conquista de Canaria”.
La imagen que obtuvieron sus lectores sobre los primeros canarios no tiene nada que ver con la realidad. En ella mezcló nombres reales, como Bencomo, Tinguaro y Dácil, con invenciones como Siley, Sileno, Firán, Arfinoo o Manil.

Entre nuestras costumbres estaba el sacrificar toros, ovejas, peces y hasta niños. Nos describía como gente sin ninguna ambición en la vida, vida que se limitaba a pastorear ganado. Además, señaló que usábamos arcos y flechas envenenadas, hablábamos con diablos del infierno y denominó a nuestros molinos para hacer gofio “guanico”.
Esta visión distorsionada que ofreció Lope de Vega, uno de los máximos exponentes del denominado siglo de oro español, nos hizo perder una gran oportunidad de actuar de altavoz para dar a conocer al mundo una parte de nuestra historia.
La segunda oportunidad perdida ocurrió a mitad del siglo XX. En el año 1956 se filmó en Gran Canaria una película de gran presupuesto que estaba llamada a ser estrenada en todos los cines del planeta. Su título era «Tirma» y una vez más la visión que se da de los primeros canarios es para “salir corriendo”. El nombre real de la película fue “La princesa de Canarias” y estaba protagonizada por Silvana Pampanini y Marcello Mastroianni.

Los indígenas canarios parecían nativos americanos, con taparrabos de piel incluidos. Sus cuevas estaban decoradas con pieles de tigres y leones y lucían objetos de metal de todo tipo: corona, anillos, brazalete y hasta escudos de ese material. Para colmo, «el malo» era Bentejuí, que con su rebeldía incitó a los castellanos a la venganza.
El problema no acabó con estos dos ejemplos. Aún podemos encontrarnos obras literarias, cómics, o documentales recientes que incurren en numerosas falsedades con la realidad indígena.
Quizás a Lope de Vega y al director de Tirma podamos excusarlos en base a los conocimientos históricos que existían en sus épocas.
Pero lo que no tiene perdón es que a la altura que nos encontramos aún se sigan cometiendo errores de documentación o cambios en la historia para «hacer más atractiva” una obra de cualquier tipo que pretenda reflejar nuestro pasado indígena.



