Cuando se está haciendo un repaso de la historia de Canarias, en el momento en que se llega a la finalización de la conquista militar de las islas, se hace un “borrón y cuenta nueva”. Aplicando ese criterio explicativo se puede llegar a la conclusión de que de la noche a la mañana desapareció nuestra milenaria cultura indígena. ¿Es ese análisis correcto?
Todos los elementos de estudio de los que se dispone corroboran, pese a quién le pese, que esa visión no responde a la realidad.
Tras la incorporación a la corona de Castilla muchos de nuestros ancestros siguieron viviendo de forma aislada, conservando sus costumbres y formas de ver la vida, hasta casi los inicios del siglo XX.
Un ejemplo de esa pervivencia cultural -la étnica ya nadie la discute- la encontramos nada más y nada menos que 22 años después del sometimiento de la isla de Gran Canaria, ocurrida en 1483.
En el año 1505 Cristóbal Contreras compareció ante la Inquisición para manifestar que había encontrado en la zona de Tecén, Telde, “una cueva a donde solían los canarios enterrar, en que vido muchas cabezas de los dichos canarios y huesos, y que vido en dicha cueva un hombre que le pareció que hera canario muerto y que holla, que no devya de aver mucho tiempo que hera ally echado, y que tenía debaxo un estera y otra encima y que le parecio como que tenía un tamarco”.
A la visita de dicha comparecencia queda claro que tras la incorporación de Gran Canaria a los territorios de los Reyes Católicos hubo indígenas canarios que prefirieron acudir “a su última morada”, manteniendo vivas sus tradiciones ancestrales en vez de recibir “cristiana sepultura”.
Otro ejemplo de convivencia temporal entre la sociedad europea y el mundo nativo isleño nos llega de Tenerife, de la mano de Juan Bethencourt Alfonso. Este insigne canario, a principios del siglo XX, recogió por escrito en varias de sus obras numerosas tradiciones en todas las islas que aún conservaban raíces indígenas.
Una de ellas se encuentra en el insulto que recibían aún los de Arafo por parte de otros vecinos de la isla cuando se referían a ellos como “cancos”, haciendo referencia a una casta sacerdotal indígena dedicada a saludar cada mañana al sol.

También es muy curioso como Bethencourt Alfonso menciona cómo en algunos lugares los sacerdotes católicos eran llamados “babilones” y eran recibidos en sus parroquias con la siguiente canción:
“Bienvenido seas/ Babilónica colorado / A decir misa / A este pueblo honrado”
La razón de ese nombre aparentemente la encontramos en las crónicas de la conquista. Éstas nos hablan de la existencia entre la clase sacerdotal guanche de un grupo religioso denominado “babilones” que, precisamente, llevaban “hábitos sueltos de color encarnado”.
Seguimos con más casos similares. También encontramos ejemplos en La Gomera. Allí hay una prueba documental de 1774 donde el párroco Don José Fernández Prieto Salazar testifica que los gomeros seguían subiendo a la Fortaleza de Chipude a quemar animales”, recalco la fecha de su testimonio para que se valore su importancia “año 1774”. Concretamente el sacerdote escribió: “Allí se van á hacer los exorcismos cuando hay plagas y el presente cura ha estado allí cinco ó seis veces, por encima en lo llano, sirve de echar cabritos y corderos de este, hay en ella muchas casas de gomeros, se hallan vestigios y huesos de ellos”.
Estos son solo algunos ejemplos de pervivencia, mucho más allá de la conquista, de la forma de vida indígena. Quizás se debiera cambiar la forma en que se explica nuestra historia y darle más valor en ella a la continuación de la cultura indígena en convivencia con la sociedad implantada por los europeos.



