sábado, 29 noviembre, 2025

Afuchi, pescas y verbenas

Recuerdo de pasear en aquellas tardes dominicales, con padres, tíos y abuelos por la Avenida de Colón en el Puerto. Era paseo obligado sobre todo cuando venían los primos y tíos de Las Palmas. Nos dejaban ir delante, no mucho (dale la mano a tu hermano o a tu primo Martín, que son más pequeños), mientras que el resto, con paso de paseo, unos pocos metros más atrás, comentaban como iban mejorando las islas, y que el futuro estaba en que viniera mucha gente como aquella que llenaba el paseo, de shorts, cholas, espaldas “de gamba”, y bikinis “de manga ancha”.

Veíamos fotógrafos, o gente con cámaras de fotos, con unos loros, o con un chimpancé, para que sirvieran de reclamo para hacer fotos a los extranjeros, o unos camellos que tenían también de reclamo para que los guiris se dieran una vueltecita..

Una vez una camella, si, era camella, no doblaba de delante, para que una señora gorda y rubia, colorada y mofletuda se subiera con otra de la misma cuerda, pero flaca como un espicho. El camellero le decía: – Fúchate…jissss…fúchate…anda jodía… por “lavirgen”. Y até cabos. Afuchi era de Lanzarote. Luego les digo.

Nos comprábamos un helado de “Lili Marlen”, así decían mi madre y mi tía, por la música que sonaba me dijeron; sería, porque estaba claro que en el camioncito ponía “California”. En el muelle, llegábamos hasta casi la orilla del muro que daba “pál mar” del lado de la antigua lonja, que ya no existe, a ver pescar. Mi interés era ver cómo estaban hechos los aparejos de aquellos veteranos de la orilla, y del vino de bota y la jarea; aprender para a la primera ocasión, sacar más y quedar mejor delante de la concurrencia (tres o cuatro pibitas que se pasaban por dónde nos poníamos debajo del hotel, pasadas las piscinas, en Bajamar, y hacer mejor papel que el resto de los colegas del grupo; en especial de… Afuchi.

Afuchi era un año mayor que yo; delgado, moreno, de pelo negro rizado y andar campante. Tenía una caña fija, de tres tramos que se unían con enganches de metal, de un bambú curtido, dorado. Una maravilla. Nos había dicho que NUNCA iba a decirnos como hacía él la “pasta” que usaba para pescar. A nosotros no nos salía igual ni de coña. Sin embargo, la compartía con nosotros, pero con chulería, mientras nos decía: – Con esa mierda de pasta que han hecho, no van a coger ni cabosos. Toma un fisco de la mía, pá que no vuelvas con el cubo vacío “gilipichi”.

También, como caso excepcional, algunas noches pescábamos con calamar, pero eran las menos. Las gambas… ni de coña. También llegamos a pescar con plátanos, y hasta con… pastillas de goma.

Una de las cañas que aparejábamos era para el cangrejo. En la punta del nailon no se le ponía anzuelo, sino un estropajo de aquellos “de crin”, con tripas de pescado, los rejos del calamar, y si no…un trapo rojo. El nailon medía la longitud de la caña “y una cuarta más”; el proceso era sencillo. En una mano la caña, en la otra sujeto el amasijo de crin. Con el jeito preciso, se echaba el cebo al mar, sobre el veril, al arrastre de la ola, sobre la espuma, y se tensaba poco a poco. Si el cangrejo lo pillaba entre las pinzas, se notaba un poco como caminaba el nailon. Era el momento de tensar aún más, y esperar la siguiente ola, para en el reboso de la espuma, jalar de una vez, y traer al bicho enganchado en el aparejo. El movimiento se hacía “de una vez”, como me había dicho mi tío Saro, levantando el brazo, para que el cangrejo llegara a la altura del pecho, y con la mano libre, pillarlo (cuidado con las pinzas) y “pál saco”, que teníamos hecho con una funda de almohada vieja. En el cubo no, que se salían los cabrones.

Cogíamos sargos, salemas, bogas, machetes, palometas (como tiraban “pal fondo” las jodías), y minucia claro: cabosos, pejeverdes. El padre de Afuchi, se los comía todos, hasta los cabosos.

Si teníamos una buena mañana, y llegábamos a los apartamentos con bastantes cangrejos, Don Nino, el padre de Suso “Danone”, nos hacía un arroz con lo que habíamos pescado.

Las noches era otra cosa. Aquello era pesca “de verdad”. La noche que se me escapó un sargo de más de un kilo, nadie me creyó. Sentí el tirón, y partió el nailon, perdí la boya, y encima todos se cachondearon diciendo que: … de sargo, ¡una mierda!… Que yo había enrrocado y perdido el aparejo al tirar. Pero no fue cierto. Yolo vi “revirarse” en el agua, reflejando las luces del hotel.

A veces los padres de unos u otros, se pasaban por allí. Echaban un vistazo adentro de los cubos, se fumaban un cigarrito dando indicaciones: – Un poco más lejos pollaboba…. No tan a la luz sorullo, que así vas a coger algo “por los cojones”… – En fin, palabras de ánimo de la época.

Pero, era indudable que el que más pescaba en número y tamaño era Afuchi. En realidad se llamaba Luis, pero nadie lo conocía por ese nombre, ni su padre, que lo llamaba a gritos desde dentro del bar del “cherif”, cuando pasábamos  a la tardecita, de vuelta a los apartamentos en la bajada al Club; él nos acompañaba hasta la gasolinera, y después volvía. Vivía unas casas más arriba del Hotel Neptuno, por la calle el Sol.

No sólo pescaba. También tenía un jeito bailando pachanga (En aquellos años, la única salsa era la de tomate y la bechamel; el resto era mojo). Se le daba bien sacar a bailar a las pibitas en las verbenas.

Al segundo, o tercer verano de pasar en Bajamar, ya teníamos muchos la edad para ir a la verbena del sábado por la noche. Se hacía a la entrada del pueblo, dónde había una explanada, pegada al campo de fútbol. Nosotros veníamos desde los apartamentos en la bajada del Club, pero Afuchi, era casi considerado como “del pueblo” y no “veraneante”. Años después, muchos, me lo encontré por La Laguna; tomamos unas cañas y recordamos aquellas tardes, sentados viendo pasar guiris, en el muro de las piscinas, o en el Biri-biri, echando una coca-cola, jugando al futbolín o de cháchara con “el Pecheta”, un pibe del pueblo que lo llamaban así porque de pequeño, se pegaba a los extranjeros y les tiraba del brazo a la vez que les decía: – Dame “pecheta”, dame “pecheta” pá polo.

Llegábamos temprano a la explanada para poder buscar un hueco para sentarnos en un muro de cantero frente al escenario y un poco en alto, desde dónde capiscábamos al personal, veíamos a la gente bailar, la orquesta, y lo más importante… la entrada.

Así, si aparecía algún padre, y los guindillas y el portero le dejaban pasar,  “a echarle un ojo a los chicos”, teníamos tiempo de avisar a alguno de los mayores, que estuviera fumando, bebiendo cubatas, o de “magreos” por una esquina.

Los Dinámicos, la Columbia, la Arafo, Los Nicanrandy, Los Sombras, y por supuesto, Los Cinco de Tejina.

-¿Hola? Hola..la.la. ¿Si?… si, si,si. Devolvía el reverb del equipo de sonido, como un eco metálico.

– Buenas noches… Bienvenidos a la verbena de esta noche. “Semos” los Cinco de Tejina, nos acompaña al bajo Pancho, de Valle Guerra, así que estamos cuatro porque Manolo está en el cuartel…. Y “pegaban a tocar”

¡Ay, María del Mar!…ven… yo te haré soñar…. ¡Ay, María del Mar!…ven… te quiero besar….

Y la gente bailaba, con ese paso pachanguero, “sacando agua del pozo”…

¡Ay, María del Mar!…ven…

 

Ricardo Martín
Ricardo Martín
Docente jubilado. Curioseante.

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