Todos los que me conocen desde hace tiempo, saben de mi pasión por la radio, en su doble vertiente, de la radio comercial (la radiodifusión) y de la radioafición, perteneciendo a “esos locos de las antenas en los tejados”. En otro de mis relatos, ya comenté de mi inicio en la radio, con las “cajas de hacer amigos” de mi tío Domingo. Y así continué años, poniendo la oreja, experimentando, leyendo e intentando llevar a cabo experimentos y pequeños proyectos, lo que caía en mis manos; tengo recuerdos de algunos números de una revista que se llamaba “Mecánica Popular”, que recibía mi tío y heredaba yo, editada por Editora Continental, en Venezuela creo recordar, donde aparecían esquemas de sencillos receptores, antenas para la escucha de emisoras lejanas, etc.
En aquellos años tenía un compañero de experiencias y aventuras en lo que se llama la “escucha de la onda corta”, un gran diexista (así se llaman todos aquellos que nos dedicábamos a la “caza y escucha” de estaciones de radio lejanas). Aún mantenemos contacto, y seguimos haciendo y viviendo la radioafición. El amigo Cheché.
Vivía en la calle de La Rosa, en pleno barrio del Toscal, en una casa terrera de las muchas que había en aquellos años más cerca del cuartel de Almeida que de la Plaza del Príncipe, y muchas tardes, nos reuníamos en su casa para hacer “la tarea” del cole, o pasábamos un rato allí después de dos o tres horas recogiendo y copiando información en la antigua Biblioteca Municipal, en la calle José Murphy, al lado del aún existente Museo de Bellas Artes. Enciclopedias, diccionarios, anuarios, atlas… Esos libros eran la Wikipedia de la época. ¿Y la IA? La única conocida por nosotros era: ¡En la casa de Pepito…IA..IA..Oh!
También en nuestras experiencias de electrónica, “tonteábamos” con un curso mítico al que estaba suscrito Cheché; “Curso de radio Maymó”. Increíble.
Con una antena de hilo largo de 21 metros montada en forma de “amárrala allí y llévala hasta allá y luego la traes hasta aquí”, donde conectábamos un gran musiquero, una gran radio con segmentos de onda corta de la casa Philips, modelo Capella 663, que su familia había traído de Chile, escuchábamos a medio mundo. Radio Nederland, de Holanda, (Apdo. de correos 222- Hilversum-Holanda); La Voz de Rusia, Radio Rumanía, La Voz de América, Radio Rebelde, y tantas otras… (También Radio Pirenaica, y algún tiempo después, Radio Canarias Independiente, pero esa es otra historia).
Mandábamos informes de recepción en código SINPO, unos números que indicaban potencia, claridad, desvanecimiento, etc. de la señal, y el contenido del programa y cualquier dato que pudiera usarse como prueba de recepción, y recibíamos banderines, pegatinas, boletines de noticias etc. Hace unos meses tiré algunos que aún en el fondo de una caja, se desintegraban de viejos. En fin…
Una de aquellas tardes, me despedí temprano y tiré para la plaza de España, a coger la guagua pál barrio, calle la Rosa adelante. En la esquina del antiguo cine Toscal, que fue sala X en la Transición, vi una caja de cigarrillos Benson and Hedges, caja dorada, en la acera, y fue superior a mí, le mandé una patada a ver si la “colaba” entre las ruedas de un coche aparcado. No lo logré, y rebotó en la llanta volviendo a la acera. Me fijé que “algo” salía de dentro y, pensando en que sería me agaché a recogerla, (si, si… y tirarla a la papelera).
Pero… ¿Qué caraj… es esto? Bien dobladito entre el cartón y la platina, y que sobresalió ante mi patada… ¡Un flamante billete de veinte duros!
El camino hasta la guagua, y el trayecto hasta el barrio, se me hizo interminable. Con el billete en la mano cerrada y la mano en el bolsillo, hasta llegar a la parada de casa. Entré a la cocina, saludé con un beso a mi madre, y fui a dar con mi padre a su despacho.
-Ven mamá- para contarles algo. Y allí sobre la mesa el billete, y yo comentando lo sucedido y “jurando por dios” que era cierta mi historia.
Voy a comprar unos metros de cable, unas pinzas de cocodrilo, y un par de cosillas más, para hacerme un amplificador de señales. Mi padre, recogió el billete, lo guardó en el bolsillo de su camisa y… – Creo que eso no va a ser posible- dijo. Mañana bajamos a la Caja a Salud Bajo, a la nueva sucursal y estas cien pesetas las “metemos” en tu cartilla. Amaneció lloviendo, pero el dinero se ingresó. Fin de la historia.
Y hablando de días de lluvia, cuando nos pillaban esos días en el colegio, antes de entrar y si veníamos empapados, y con unos “tacones supletorios de barro”, no nos dejaban pasar a las aulas, sin antes haber intentado limpiar los zapatos en unas esterillas metálicas que ponían en las puertas de entrada, aunque en los escalones a las aulas del segundo piso, quedaban unas “barquitas de barro”, muy parecidas a las que en la orilla de la taza de desayuno cada mañana, hacía yo con mantequilla y luego “cargaba” junto con la cucharada de leche y gofio.
Esperábamos en una especie de claustro o pasillo ancho cubierto, que tenía adosados a la pared y a todo lo largo, unos asientos, unos bancos corridos, de granito. Sentados allí o en el suelo, esperábamos a que nos permitieran subir. En esos bancos, jugábamos “a las moneditas”.
Se marcaban con bolígrafo, las dos porterías, con dos rayitas; un jugador por cada equipo, generalmente una peseta, y la pelota era una moneda de 10 céntimos, de las pequeñas, que traía el número 10 en una de las caras. Actuaban como “flippers”, para dar acción, potencia y colocación a las pesetas, palos de polo de madera, que también servían para marcar el poste más cercano cuando el oponente tiraba “a gol”, cuestión que había que advertir. –Tiro a gol…¡Marca! (el poste con el palo)-. Algunos de los mayores, jugaban a “tres goles” y el ganador se llevaba el jugador (la peseta) del otro.
No habían DANAS, ni gotas frías, ni avisos de AEMET; sólo aguaceros, palos de agua, y “llueve que jode”.
-Mamá, esta tarde al salir del colegio, voy a casa de Cheché a trastear con las radios y luego subo en la guagua.
-Llévate el anorak, cuidado y no te mojes mucho.



