Queridos lectores,
Última parada de este pequeño viaje entre recuerdos. En estas páginas he compartido con ustedes momentos sencillos, pero cargados de vida: las risas y anécdotas del colegio, mis días en la “isla redonda” con mis primos, los veranos interminables en Bajamar, en Tenerife… Las anécdotas que, aunque pasen los años, siguen latiendo en mí con la frescura de la juventud.
Si estos relatos han logrado despertar en quien los lee algún recuerdo dormido, o al menos una sonrisa, me doy por satisfecho. No aspiro a más. Espero haberles regalado un instante de complicidad, como quien se sienta a conversar a la sombra en uno de nuestros patios, o frente al rumor del mar.
Ya sería un éxito que alguien, después de leer estas páginas, pensara: “pues yo también tuve un verano así”, o “en mi calle pasaba lo mismo”. Porque las historias personales, cuando se comparten, dejan de ser solo de uno. Y esa es, quizá, la mejor parte de escribir: descubrir que lo que creías solo tuyo, también le pertenece a los demás.
Con estos relatos cierro (de momento) un pequeño cuaderno de recuerdos que he compartido con ustedes. No son más que retazos de mi niñez y adolescencia, con sus veranos interminables, el colegio, las travesuras y esas anécdotas que el tiempo convierte en tesoros.
Les agradezco el tiempo y la compañía en este recorrido. Aunque mis palabras sean ya (casi) un cierre, mis recuerdos —como los suyos— continúan vivos, esperando en cualquier esquina, en una canción, en el olor de una calle o en la brisa de un atardecer.
Por eso, más que un adiós, este final es un agradecimiento. A quienes me enseñaron, sin saberlo, las primeras lecciones de vida: los vecinos del barrio, las maestras y maestros, las tías pacientes, los amigos de correrías.
Gracias por acompañarme en este viaje tan sencillo y tan íntimo. Me alegra pensar que, al leerme, quizá hayan recordado también sus propios veranos, sus propias risas de juventud.
He intentado contar las cosas tal como fueron, o al menos como las recuerdo. Que no siempre coincide, claro. Con el tiempo, la memoria maquilla: disimula los sustos, suaviza los enfados y, de paso, convierte algún bochorno en historia divertida.
Guardo, además, un lugar de luz para aquellos que caminaron a mi lado en muchas de estas historias y que ya partieron de este mundo. Sé que, de algún modo, siguen presentes: en el eco de una carcajada, en el atardecer diario, en la brisa que pasa de la mano del olor a salitre trayendo consigo la memoria de lo vivido.
Cuando empecé a escribir, pensaba que sería fácil. Total, solo tenía que recordar. Pero pronto descubrí que la memoria es como esos amigos que uno llama para preguntar una cosa y acaban contándote otra: “¿Te acuerdas de aquel verano en Bajamar?” —“Sí, claro, pero espera, ¿no te conté lo del día que se rompió el balde del agua?”—. Y así me vi, siguiendo un hilo que me llevaba a otro y a otro, hasta acabar en historias que no tenía previsto contar. No me quejo: la memoria desordenada tiene su encanto.
No me despido del todo: Hay más recuerdos que siguen ahí, latiendo, y quién sabe si algún día también renacerán en palabras escritas.
Caminamos y recordamos. Abrazos y suerte.




Gracias Ricardo por compartir tus relatos de Vida y hacerlo tan cercano y ameno. No es fácil escribir y como maestro lo sabes, pero cuando al lector le conectan las historias al recuerdo y al ❤️ es porque está bien escrita.
Gracias de nuevo y hasta una nueva historia😍
Gracias Maritza, por tus palabras y por leerme.
Solo decirte que me has llevado a mis tiempos de la niñez y me has hecho recordar vivencias que estaban alertagadas.
No dejes de escribir porque tus historias enganchan, se que es difícil narrar todo lo que hemos vivido y pero vale la pena.
Hasta la próxima!
Gracias compi; tú misma lo has dicho…¡Hasta la próxima!