Por fin había llegado el día. Iniciábamos el curso 1973-1974, y mi grupo de compañeros y yo… ¡Éramos los mayores del colegio!. Algunos ya se afeitaban, lucían sus cajetillas de tabaco sin disimulo en el bolsillo de la camisa, o cruzando de forma apropiada las piernas, para que se vieran trabadas dentro de los calcetines. Otros, aunque fumábamos, no lo sabían en casa, ¿o si?, y éramos más cuidadosos en las ostentaciones. Recuerdo a algunos de mis compañeros de aquella época, algunos incluso, continuamos luego cursando la misma carrera; otros por el contrario, no supe nunca más de ellos, nada… Nada en absoluto.
Si es cierto que he visto a algunos, pero de pasada, y aquellos con quien más me relacioné, la relación quebró después de COU. Actualmente he encontrado dos páginas en las redes sociales, de esas que existen a decenas dónde intentan escribirse, reunirse o sentirse parte de una misma historia, o de un mismo pasado, antiguos alumnos de centros educativos de aquellos años, referidas a mi colegio de aquellos años. Nadie de mis años; sólo uno, omito el nombre, que le escribí, me contestó… Y se acabó. Cosas que pasan.
Pues en aquel curso, la profesora de Lengua, nos reunió en el Aula de ciencias a los de sexto y los de Comercio, para decirnos que tenía intención de crear un grupo de teatro; en principio de teatro leído, y luego si la idea prosperaba, intentar llevar a cabo la representación de alguna obra, ya con personajes en el escenario.
Hacía unos meses que RTVE había estrenado la obra de Reginald Rose “Doce hombres sin piedad” en aquel mítico programa: Estudio 1. Y esa fue la obra elegida.
Ensayábamos dos tardes en semana, a veces tres, en el Aula de Ciencias. En la pared de la pizarra se dispusieron catorce sillas de pala en un semicírculo. En las palas de apoyo para escribir, cada uno tenía un pequeño atril por llamarlo de alguna forma, con el nombre del personaje que interpretaba, y que iba dando la vuelta, dejando a la vista el nombre, según entraba o salía de escena. Lo pasamos increíble, y aprendimos mucho, para la época, de lectura en voz alta, declamación, y respiración diafragmática. Dos, a veces tres veces por semana, desde noviembre, creo recordar, hasta finales de mayo.
Nos dirigía, por así decirlo, Dulce la profesora de Lengua, y un señor de pelo largo peinado hacia atrás, completamente cano, como su bigote, y con un pañuelo al cuello, además de un terno impecable. Voz cautivadora. Domingo Pérez Minik.
Al final, nunca la estrenamos, por problemas de fechas (sic). Pero hay quedó para la historia.
En ese mismo año, verano del 74, llegaron gente nueva a nuestros apartamentos en Bajamar. Entre ellos tres hermanos un chico y dos chicas. Las chicas parecían, eran, mellizas, una un poco más gordita que la otra, claramente diferenciables aunque se parecían mucho. Iballa era la más rellenita, y la otra, no recuerdo si se llamaba Sara. Sobre los once o doce años. El chico era José Juan. Era el mayor de los tres, y andaba con muchísima dificultad, la mayoría de las veces con muletas. Era un pibe retraído, supongo que por sus dificultades, y no se relacionaba mucho con el resto. De repente se marchaba para su apartamento, no participaba de las actividades que hacíamos, más que nada por su impedimento físico.
Sin embargo tenía un coco privilegiado, y jugaba muy bien al ajedrez. Eso nos hizo sintonizar; yo apenas sabía el movimiento de las piezas y poco más, pero él, era otro nivel. Jugábamos bastante, me enseñaba técnicas y tácticas y, aunque pocas veces llegué a ganarle, más de una vez quedó en tablas la partida. Su padre trabajaba en la Caja de Ahorros y era uno de los coordinadores del Club de ajedrez de la entidad.
Con el paso de los días y las semanas, José Juan apenas bajaba a compartir ratos con el resto, y yo subía a su apartamento a jugar al ajedrez, cosa que sin él saberlo, me agradecían a diario sus padres. En uno de aquellos ratos que se prestaban a confidencias, me dijo que su enfermedad era un tipo de poliomielitis, que acabaría con él dentro de algunos años, ya que le atacaría el caminar y sostenerse con sus piernas, después el sistema nervioso central, incluyendo el cerebro y la médula espinal; él había escuchado a su médico decirlo a sus padres, pero que él estaba preparado. Me dejó sin palabras.
Sonrió y me dijo:- Espabila, y fíjate. Si no, mate en tres.
Años después me encontré con su padre por la calle de La Rosa; me saludó muy efusivamente y yo no sabía cómo preguntar por José Juan. Me pilló en mi desconcierto y me dijo: – Ahí está; ya no camina. Ha perdido mucha movilidad y está prácticamente en cama. Seguro que le alegrará verte, y echar una partida, aún sigue jugando. Éste es nuestro teléfono, y me dio una tarjeta. Dejé pasar unos días y llamé.
Me cogió el teléfono su madre; me dijo que se había puesto muy contento al decirle su padre que me había visto. Y aunque ella, sus hermanas y su padre insistieron en que podían invitarme a comer, y después echar un par de partidas en la sobremesa. Se negó. Dijo que no quería ver a nadie… Y nadie es… Nadie. Mate en tres.
Uno de los juegos en aquellas tardes-noches de verano en la entrada del edificio, (“Planta” la llamábamos, por un cartel que había en una de las paredes de la entrada. Tal vez, casi seguro, en algún momento ponía “Planta Baja” y se rompió… Y “Planta” se quedó) en los que José Juan participaba, y explicó cómo se jugaba, era “a las películas”. Creo que no hace falta mucha explicación, pero por si acaso, ahí va.
Por sorteo, uno del grupo es nombrado para mediante gestos, mímicas y todo aquello que pueda servir sin tener que decir palabra, transmitir el título de una película al resto. El que adivina, pasa a ser ahora el “mímico” y gesticular un nuevo título… Y así.
Años después, a nuestras tardes de juegos de adivinación, y otros de desarrollo parecido, supe que se las conocía en muchos lugares como “charadas”. Pero para mí, y seguro que para más de uno de nuestro grupo, pandilla, clan, de aquellos veranos, sería siempre “El juego de las pelis de José Juan”.
Y no, nunca tuve más contacto ni con él , ni con nadie de su familia.



