En aquellos años, principios de los 70, el día 28 de junio marcaba una inflexión en la vida y el devenir en casa. Lo primero era una buen corte de pelo a mi hermano y a mí, que “nos durara el verano”, decía mi madre, pero que nos ponía unas orejas de soplillo, que hacían época; después comenzábamos a ayudar (estándose quietos ahí, sentados en el cuarto) a componer una larga fila de bolsos y cajas…cajas y bolsos en el pasillo de la puerta de la calle, que después había que bajar al coche. Un SEAT “catorce treinta” de color marrón, con un radio casete, que cambiaba de cara al llegar al final de la que estabas escuchando, de forma automática. Pues eso, que comenzábamos las vacaciones; tres largos meses, tres, en Bajamar, en la carretera que bajaba hasta el Club Náutico.
Ahora, en la actualidad está llena de edificios de apartamentos y chalés adosados y sin adosar por ambos lados de la carretera. Pero en aquellos años, sólo estaba al principio, arriba a la izquierda, el edificio Miramar, que era el nuestro, y bastante más abajo, a la izquierda el chalé de Pepa Vamm Wemmer, enfrente unos metros más abajo, los Dos Hermanos, con su piscina en el centro; el chalé de los Moreno, y ya al final de la carretera, la barrera de entrada al Club. El resto eran descampados y solares; lugares de aventuras reales e inventadas, que nos llevaban más allá de la línea de los tarahales, y de las charcas… (no se acerquen a la orilla, que el fango se los traga como arenas movedizas… si claro, y al perro del alemán no, ¿verdad?. Ja, sólo querían meternos miedo, pero ya éramos mayores…con doce años, no es fácil engañarte).
Cuando bajábamos la Cuesta de San Bernabé, llegando a Tegueste, ya íbamos con el corazón al trote, al ritmo de “palomitas de maíz”, canción que sonaba, siempre en el radio caset, y América de Nino Bravo, y Soy Rebelde de Jannete…En fin, que ya pasábamos por delante de la nueva urbanización de chalés, Tamarco se llamaba, lo ponía en un gran cartel como de piedra a la orilla de la carretera, todavía con muchos solares sin edificar, y después Tejina, y ¡ ya estábamos!
Aquel año, nos llevamos la sorpresa de ver como enfrente de Miramar, estaban construyendo otro edificio de apartamentos, tan grande o más que el nuestro, con gran calentura de padres, tíos y amigos de padres y tíos, que les “habían quitado la vista hasta la Punta”.
Allí conocí a Maestro “Juaquín”, así con “u” lo escribía él, que Joaquín debía ser otro nombre pero no el suyo. Era el guardián de noche, el “guachimán” de la obra, y a la caída de la tarde, después de duchaditos y antes de la cena, y muchas noches después de cenar también, con permiso, eso sí, y “hasta que vengamos de caminar” decían las madres, que bajaban hasta el Club, pegábamos la hebra con él, y nos contaba historias vividas por él, pero que a nosotros nos sonaban a pelis de vaqueros.
Era chiquito, trancado, moreno, de ojos vivos y hablar pausado; ¿años?..¡Qué se yo!…muchos para nosotros que éramos micos. Educado, por las noches, se quitaba el sombrero cuando oía venir a las madres, salía de la penumbra, a la luz de las farolas de la calle y decía: – Las buenas horas señoras, ya les encamino a los chicos pá casa. Salúdenme a los señores. Y volvía al círculo hecho con medios bloques y latas de pintura y nos decía: ¡ Venga pibes, se acabó el tagoror!. A la cama, y mañana, otro día para dar gracias. Y sacaba de las sombras el palo de afollado, lo giraba presto con un golpe de muñeca, se calaba el gorro, y murmuraba: “Enga Juaquín, al tema”.
Nos contaba que de joven, “por cosas de la vida”, estuvo muchos meses “encondío” en el Monte de Las Mercedes, por el Moquinal y “porai”, y lo buscaba la Guardia Civil, pero que después todo se había aclarado, y había podido “abajar de nuevo pá casa”. – ¿Por comunista Maestro Joaquín? -le preguntó Pablo, que era el mayor del grupo, junto con su primo Ninito, y era un lanzado. No hijo – por amores- y dejaba ir la vista, del palo de afollado a la línea del horizonte. Aquel verano fue increíble con maestro “Juaquín”. Nos hacía “estiladeras” con tiras de “gomáticos” y horquetas de limonero, que traía de los que habían por “ensimba” de la presa de Tejina. Y también trampas para pájaros con hojas de pencas, y cachitos de caña… ( Si pillan alguno, lo acarician y lo sueltan de nuevo con cuidado eh). También nos contaba en aquellos “tagorores” nocturnos, que en los años del hambre, en una ensenada que había, y hay, a la derecha del club Náutico, la llaman del Charco La Laja, había sacado de barcas que llegaban allí, a la oscuridad de las noches sin luna, fardos de tabaco y con otras cuestiones, y así conseguía perras pá llevarle a “la viejilla”. Y también nos contó que una vez, en una finca de Valle Guerra, le había abierto una ceja a uno de La Laguna, en un desafío al palo, por haber puesto en duda la honorabilidad de una tía suya.
(Casualmente en estos días un gran amigo, también desafió a un descerebrado, a un “entendimiento” a palo largo, por cuestiones de honor familiar; me llevo cuarenta años atrás).
Una mañana, Machín, el padre de Pablo (lo llamaba así, por el apellido, hasta su hermano, el padre de Ninito), apareció por el descampado donde teníamos hecha la caseta que era según terciara, fuerte, castillo o submarino, con unos prismáticos, que había comprado “en los indios”, y nos los prestó (ojito eh, que no costó dos perras). Joder, se veía tan cerquita el hotel de La Punta, y los Dos Hermanos… y la antena de televisión del chalé de los Moreno.
Aquella tarde, se lo comentamos a maestro Joaquín, que él debería de tener un cacharro de esos, como el de Machín, porque el era “guachimán” y así podía ver si se acercaba alguien por la parte de atrás de la obra, desde la finca de plataneras y eso…
“Cagoendies”…”pos si me hubiera “gustao” tener un “crisnáticos” de esos hace un rato pá poder ver quien me llamó “mago mierda”… que mago pá mi no es insulto, pero mierda si es feo.
- Pero ¿dónde?, ¿cuándo? Maestro Joaquín-, preguntamos.
“Andinantes”… unos fachientos que “abajaron en un coche casnado toó enfolinao por la calle pabajo”.




Estimado Karin, yo pertenezco gracias a mi tía Olga y mi tío Antonio al grupo de los que allá por los años 60 (finales de los sesenta, el mil novecientos se presupone) acampaban en la Punta todo el verano, con el mar cerca, el viento, sol y nubes amenazantes de lluvia ) de vez en cuando y sobre todo los baños en los charcos y mariscar algo y ver pescar.
Evidentemente y gracias la memoria del corazón los recuerdos hoy en día me transportan al recuerdo que tiene que ver con el nombre de tu sección. Te seguiré leyendo. Gracias
Amigo Pedro, de sobra no es conocido que vibramos, en un casi 100 x 100 en la misma frecuencia. Gracias.