Vivimos en una época en la que la palabra natural brilla con una especie de halo sagrado. Se coloca en envases de champú, en cajas de cereales, en cosméticos, en terapias alternativas y en charlas de cuñados como si fuera un sinónimo infalible de salud, pureza o incluso moralidad. Pero ¿realmente lo natural es mejor? ¿O simplemente hemos caído en una narrativa romántica que no se sostiene bajo el microscopio?
Todo es químico. TODO.
Para empezar, conviene desmontar una confusión muy común: la idea de que «químico» es lo opuesto a «natural». Spoiler: no lo es.
Tu champú, tu pelo, tu amigo, una farola, todo, absolutamente todo, está compuesto por sustancias químicas. El aire que respiras, el agua que bebes, el ADN que codifica lo que eres, las emociones que sientes, el café que tomas por la mañana para no odiar al mundo… todo es química en acción.
Decir «no quiero productos químicos en mi cuerpo» es como decir «no quiero átomos en mi sopa». El universo no te va a conceder ese deseo.
Lo natural también puede matarte.
La belladona, por ejemplo, es una planta bellísima y 100% natural… y también es un potente veneno. Lo mismo con el cianuro, el veneno de cobra, la picadura de un escorpión, la fiebre amarilla, el virus del ébola, los hongos alucinógenos (que no siempre te llevan a buenos viajes) o el mismísimo sol, que sin protección, puede freírte como una tostada.
La naturaleza no es buena ni mala. Simplemente es. No tiene una brújula moral, ni una preocupación por nuestra salud o bienestar. Es indiferente, caótica, y en ocasiones, letal.
¿Entonces lo artificial es mejor?
Tampoco. No se trata de decir que lo “sintético” o “de laboratorio” es automáticamente superior. Se trata de entender que el valor de algo —sea comida, medicina, cosmético o emoción— no depende de su origen natural o artificial, sino de sus propiedades, su seguridad, su eficacia, su contexto de uso y, sí, también de la ciencia detrás.
Un ejemplo: el ácido ascórbico. Puedes obtenerlo de una naranja o fabricarlo en un laboratorio. En ambos casos, es exactamente la misma molécula de vitamina C. No hay un duende mágico en la fruta que le añada bondad natural. Es química. Punto.
El poder del marketing verde
La exaltación de lo natural no es casualidad: vende. Nos hace sentir que tomamos decisiones más sabias, más puras, más alineadas con la madre Tierra. Pero muchas veces es solo una herramienta de marketing, una etiqueta vaga que no garantiza ni calidad ni salud.
Al final, muchas ideas sobre lo natural son más religiosas que racionales. Creemos en ellas no porque haya evidencia sólida, sino porque nos reconfortan, porque nos conectan con una visión idílica del mundo que rara vez coincide con la realidad.
Conclusión: menos mitos, más ciencia
La próxima vez que escuches la frase “lo natural es mejor”, quizá valga la pena detenerse y preguntar: ¿mejor en qué sentido? ¿Según quién? ¿Con qué evidencia?
La ciencia no está reñida con la naturaleza. De hecho, es la mejor herramienta que tenemos para comprenderla y, cuando es necesario, mejorarla. No todo lo natural es bueno, ni todo lo artificial es malo. Lo verdaderamente valioso es el conocimiento que nos permite distinguir entre lo útil y lo peligroso, entre lo que cura y lo que mata.
Y si de verdad quieres algo natural, recuerda que el pensamiento crítico también lo es. Solo que a veces lo tenemos atrofiado de tanto ver publicidades.



