La sublevación de la población indígena gomera, también conocida como la «Rebelión de los Gomeros», constituye un evento histórico crucial que tuvo lugar en la isla de La Gomera en 1488. Este episodio se caracteriza por la significativa influencia de la tradición oral en su transmisión a la posteridad, dado que los registros escritos contemporáneos son limitados. La narrativa histórica relata la insurrección de la población indígena de la isla, la cual culminó con el asesinato del conquistador Hernán Peraza «el Joven», quien se había asegurado previamente su asentamiento y dominio territorial en La Gomera mediante la formalización de pactos con los distintos linajes que ostentaban el poder insular.
La muerte de Peraza desencadenó una enérgica represión militar castellana. La historiografía actual concuerda en señalar que esta respuesta represiva no solo sofocó la revuelta, sino que también representó la conquista efectiva y definitiva de la isla por parte de la Corona de Castilla, marcando así el final de la resistencia local y su integración plena en el proyecto de expansión atlántica de los europeos.
Al momento del contacto con las potencias europeas, la estructura sociopolítica indígena de la isla de La Gomera se caracterizaba por una marcada fragmentación territorial y de poder. La isla se encontraba dividida en cuatro demarcaciones o bandos principales: Ipalan, Mulagua, Orone y Agana. Esta división interna fue un factor determinante en las dinámicas subsiguientes con los recién llegados.
La fase inicial de la interacción entre los gomeros y los europeos —principalmente portugueses y castellanos— se define por la inestabilidad y el conflicto, manifestándose primordialmente a través de incursiones de rapiña cuyo objetivo principal era la captura de esclavos. Posteriormente, esta dinámica evolucionó hacia el establecimiento de pactos y alianzas estratégicas por parte de los europeos con uno o varios de los cuatro bandos insulares.
La Importancia del pacto de colactación
Dentro de estos acuerdos, el pacto de colactación —ritual consistente en el acto simbólico de compartir leche en un mismo recipiente, o gánigo— sellado por Hernán Peraza «el Viejo» con los bandos de Ipalan y Mulagua, se destaca como el más significativo. No obstante, se ha argumentado que los colonizadores no lograron interpretar en su totalidad la profunda significación socio-espiritual y el compromiso recíproco que este rito implicaba para la cultura indígena gomera.
La llegada a La Gomera de Hernán Peraza «el Joven» implicó la ratificación del pacto previamente establecido por su abuelo. Sin embargo, se produjo una divergencia fundamental en la interpretación de dicho acuerdo, lo que generó un conflicto cultural y político.
Mientras que Peraza concibió el pacto como un acto de sumisión y vasallaje por parte de los indígenas, los gomeros continuaron entendiéndolo como un lazo de fraternidad y alianza recíproca, que implicaba la observancia de un conjunto de leyes y obligaciones de cumplimiento ineludible.
Desde la perspectiva indígena, la conducta de Peraza constituyó una clara violación de los términos del acuerdo. Dicho incumplimiento no solo se manifestó en el cautiverio y el trato cruel infligido a la población gomera, sino, de manera crucial, en su intento de establecer relaciones amorosas con Iballa, quien, en virtud del pacto de colactación, era considerada su hermana ritual.
Estas relaciones eran estrictamente proscritas por las normas sociales y rituales gomeras, dado que el pacto creaba un vínculo de «hermandad» que convertía a sus miembros en parte de un mismo «bando» ritual, proscribiendo las uniones entre ellos para evitar la consanguinidad (incesto ritual). Esta transgresión del orden social y ceremonial fundamental fue el catalizador que legitimó la subsiguiente sublevación indígena.
Ruptura del pacto
La transgresión de los tabúes rituales y de los acuerdos de colactación por parte de Hernán Peraza desencadenó una respuesta inmediata por parte de la jerarquía indígena. Un consejo de notables gomeros, investidos de potestad política y judicial, entre cuyos miembros se destaca el jefe cantonal Hupalupa, se congregó para deliberar.
La resolución del consejo fue la de atrapar a Hernán Peraza y formalizar la ruptura de la alianza establecida, lo que condujo al inicio de la sublevación.
En relación con el papel de la joven Iballa en el suceso, existe una presunción historiográfica generalizada que la identifica como amante de Hernán Peraza, sin embargo, esta interpretación resulta cuestionable desde un análisis de la lógica social indígena. Si Iballa hubiese mantenido una relación incestuosa (en el sentido ritual del pacto de colactación), habría sido, consecuentemente, sujeta a la misma condena de ejecución por parte del consejo, en virtud de la transgresión del tabú.
Por ello, se postula como más plausible la hipótesis de que Iballa fue un elemento activo en la conspiración para ajusticiar a Peraza. Esta perspectiva sugiere que la joven actuó como un cebo, citándolo en un lugar apartado y propicio para la emboscada, facilitando de este modo la captura planificada de Hernán Peraza «el Joven».
La tarea de ejecutar la orden de detención de Hernán Peraza fue encomendada al guerrero Hautacuperche. Sin embargo, en lugar de proceder a la aprehensión, Hautacuperche optó por la ejecución inmediata del conquistador.
El ajusticiamiento se llevó a cabo mediante el lanzamiento de un banot (arma tradicional indígena) cuando Peraza intentaba huir de la conjura en las proximidades de la cueva de Aguahedun (emplazamiento actualmente identificado como la Degollada de Peraza).
Al tener conocimiento de que la orden de detención se había transformado en una ejecución sumaria, el jefe cantonal Hupalupa anticipó la inminente y severa represión castellana, interpretando el acto como el inicio de la «desdicha» o ruina del pueblo aborigen gomero.
Acto seguido, los sublevados intentaron asaltar la Torre de San Sebastián al grito de guerra: “ya se quebró el gánigo en Aguahedun” (frase que simboliza la ruptura definitiva del pacto de colactación).
No obstante, el guerrero Hautacuperche cayó en uno de los intentos de asalto, lo que provocó un desánimo significativo entre las filas rebeldes.
Paralelamente, Beatriz de Bobadilla y Ulloa, viuda de Peraza, logró solicitar asistencia militar al gobernador de Gran Canaria, Pedro de Vera, movimiento que sellaría la suerte de los alzados.
La intervención de Pedro de Vera, gobernador de Gran Canaria, en La Gomera se caracterizó por una estrategia de engaño para someter a los sublevados, para lo cual convocó a la población indígena, prometiendo el perdón general a todos aquellos que asistieran a la misa en conmemoración del difunto Hernán Peraza.
Esta estratagema tuvo éxito, logrando la captura de un número considerable de gomeros en el recinto eclesiástico.
Tras el arresto masivo en la iglesia, la represión ejecutada por las fuerzas castellanas fue sumaria y brutal. Todos los varones pertenecientes a los bandos de Ipalan y Mulagua (los implicados directamente en la muerte de Peraza) mayores de quince años fueron ejecutados con distintas maneras; ahogados después de atarlos de pies y manos y lastrándolos con pesadas piedra en el mar y ahorcados. Sus mujeres e hijos fueron, posteriormente, vendidos como esclavos, si bien en un desarrollo posterior, un proceso judicial promovido ante las autoridades de la corona castellana determinó la liberación de la mayoría de los indígenas gomeros que habían sido esclavizados y vendidos, restaurando parcialmente su condición de súbditos libres.
Pacto de colactación en el norte de África
El sistema de alianzas rituales mediante la colactación está documentado en todo el archipiélago canario. No obstante, las crónicas históricas consignan el uso de leche de cabra, es crucial considerar que el ritual debió incluir elementos simbólicos esenciales para la consolidación del hermanamiento ritual, como la potencial incorporación de leche materna de las mujeres del clan con el que se buscaba establecer la fraternidad.
El trasfondo de la sublevación gomera debe interpretarse a la luz de las creencias indígenas inherentes a los pactos de colactación en la población nativa. La existencia de este rito puede rastrearse en el continente africano, aunque en un contexto cultural diferenciado. Esta variación contextual sugiere la posible introducción de elementos ritualísticos que no se corresponden directamente con el sustrato original de la cultura bereber insular.
El conocimiento sobre el empleo de este tipo de alianzas por colactación se fundamenta en la investigación etnográfica, particularmente en el trabajo del antropólogo G. Marcy entre las poblaciones bereberes del centro de Marruecos.
Específicamente, las comunidades del grupo Braber, y notablemente los Zemmour, designan esta práctica como tad’a. Lingüísticamente, este término deriva de la raíz dded (o tted), cuyo significado es «chupar» o «absorber chupando”.
En las comunidades del Alto Atlas, el término tad’a coexiste y compite con el vocablo tafergant, el cual se deriva del verbo freq. Este verbo posee una acepción original de «cerrar» y, por extensión semántica, denota el concepto de «proteger». Aunque ambos vocablos poseen significados aparentemente separados o distantes, un análisis del acto de la tad’a revela que su función esencial es garantizar la paz y conferir protección a los individuos o grupos que se adhieren al pacto.
La ceremonia de la tad’a se articula en tres fases rituales diferenciadas:
La primera etapa consiste en la congregación de los participantes en torno a un kerkour o un santuario. Este encuentro suele incluir la rememoración ritualizada de conflictos o rivalidades previas, a menudo acompañada de cantos y danzas con el fin de contextualizar y exorcizar el pasado conflictivo.
La segunda etapa implica la celebración de una comida colectiva entre las dos facciones. El elemento ritualístico clave reside en el consumo de cuscús rociado con leche de mujeres de ambas comunidades. Si bien en algunos linajes la leche fue sustituida por miel, la etimología del término tad’a (equiparado al acto de amamantar) indica que la práctica original fue una genuina colactación.
Mediante este rito, los miembros de las tribus o bandos involucrados alcanzan una condición simbólica de hermandad ritual, transformando su vínculo social.
Para la tercera etapa del ritual de la tad’a, se realiza el sorteo del calzado.
Este procedimiento consiste en agrupar las sandalias de los participantes en dos pilas, cubriendo cada una con un burnous (manto). Los líderes de los respectivos grupos extraen simultáneamente una sandalia de cada pila. Los dueños de las sandalias seleccionadas quedan, a partir de ese momento, vinculados personalmente por un pacto de fraternidad ritual, independientemente de su estatus social previo.
Las personas hermanadas individualmente a través de este sorteo adquieren un estatus de sacralidad mutua que debe ser respetado en todo contexto y circunstancia. La alianza colectiva establecida previamente mediante la colactación comunal se ve, por tanto, reforzada por la consolidación de estas fraternidades individuales sancionadas por el sorteo simbólico de las sandalias.
El antropólogo G. Marcy ha destacado la importancia del gesto de la reina Kahina (líder de los Jerawa en el siglo VII) al decidir adoptar al joven guerrero árabe Khaled. Este acto posee una elevada carga simbólica que refuerza la función del pacto de leche:
“Quiero darte mi leche para que te conviertas en el hermano de mis dos hijos. Para todos nosotros, los bereberes, el parentesco de la leche confiere un derecho recíproco heredado”.
Es pertinente señalar la afirmación de universalidad de la colactación entre los bereberes implícita en la declaración de la reina.
En la ejecución práctica del rito, se validó el parentesco con que los hijos de la reina y Khaled consumieran una torta de cebada colocada sobre su pecho. Este detalle es revelador, pues sugiere que la colactación, ya entre los Jerawa en el siglo VII, era una práctica de gran antigüedad que había experimentado una alteración ritual. Esta modificación permitió la sustitución de la tad’a práctica (colactación literal) por un simple gesto simbólico, manteniendo, no obstante, la eficacia del pacto de hermandad.
La documentación exhaustiva de los pactos de colactación sugiere que esta práctica, cargada de un profundo y arcaico simbolismo, y que ha pervivido en ritos dispersos en diversas regiones del mundo, tuvo una mayor distribución entre los antiguos bereberes.



