A veces pensamos que la historia indígena de la isla de Tenerife se concluyó tras la conquista militar en el siglo XV, pero la realidad es mucho más profunda y, a decir verdad, bastante más resistente de lo que nos enseñaron. Tras la incorporación a la corona de Castilla de la isla, se impuso un sistema que buscaba con obsesión borrar cualquier rastro de la cultura nativa. Las nuevas autoridades no solo aplicaron leyes estrictas, sino que usaron el castigo físico y el miedo para «desheredar» a la población de sus raíces ancestrales y moldear una nueva identidad.
El objetivo principal de esta represión fue la lengua. Los europeos sabían perfectamente que el idioma no solo servía como medio de comunicación social, sino que era el vehículo que mantenía viva la memoria de los antiguos, siendo parte de una resistencia cultural frente a los recién llegados.
Por eso, hablar la lengua materna se castigaba con dureza. Sin embargo, ese intento de silencio absoluto no funcionó del todo: la gente siguió usando sus palabras para nombrar lugares de nuestra geografía, aunque con el tiempo se fuera perdiendo el significado exacto de esos términos.
La resistencia silenciosa
Es asombroso pensar que estos vocablos llegaron hasta nosotros gracias a la memoria de nuestros mayores, quienes fueron los verdaderos guardianes de nuestra cultura.
Conservar este legado fue un auténtico acto de heroísmo; muchos sufrieron padecimientos que ni siquiera llegamos a imaginar por proteger algo que sentían como propio.
Y no se debe pensar que esta represión fue algo del pasado. La coerción continuó de formas muy crudas hasta hace relativamente poco. Todavía a mediados del siglo XX, en el sur de Tenerife, la Iglesia y las autoridades de la época perseguían con saña costumbres que tildaban de «paganas», como pudimos recoger de la oralidad de cabreros de Güímar o de la comarca de Agache siendo denunciados por el párroco de turno simplemente por no ir a misa o por hacer algo tan ancestral como jurar por el sol.
A estos hombres les aplicaban torturas atroces, como clavarles astillas de caña bajo las uñas o hacerles cortes en las orejas para luego echarles sal. Aun así, muchos nunca se rindieron; sus manos quedaron deformadas por el castigo, pero su mirada mantuvo siempre la dignidad de quien no se siente vencido.
Dos tesoros de nuestra tradición oral
En mi búsqueda de estas raíces, tuve la suerte de conocer a dos personas que guardaban en su memoria auténticas joyas de los antiguos.
A Don Pedro Hernández «Viterio» lo conocí en 1996 en Chirche, Guía de Isora, mientras buscaba unos grabados rupestres de la zona. Al principio, con ese humor socarrón de las gentes de nuestros campos, me dijo que no sabía nada de «machangos» en las piedras, al preguntarle por el lugar donde se ubicaban, pero después de convidarme a un vaso de vino y una buena charla — donde me hizo un minucioso interrogatorio sobre mis intenciones y de quien era mi familia — me confesó no solo que sabía dónde estaban “los dibujos de los antiguos”, sino que conocía una oración en la lengua de los antiguos para dar gracias al sol cada mañana:
Tanemir uhana gek Magek enehana benijime harba enaguapa acha abesan
(Gracias poderoso sol por salir un día más para alumbrar la noche).
En 1998, en el Poris de Abona, mientras buscaba historias de brujas y aparecidos, conocí a seña María Armas. Esta señora que contaba con 95 años, era famosa por sus rezados y su memoria prodigiosa, sobre todo, en lo relativo a los antiguos. Durante la animada charla que mantuve con ella, me dijo que sabía una «endechita» de los antiguos para bendecir la siembra y atraer buenos augurios:
Guaxate hequei adei acharan afaro yafana haxaran
(Señor cuida el grano bajo tierra para que crezca).
Es curioso porque ella no era del todo consciente de que estaba custodiando un tesoro lingüístico que se usaba de forma común en el campo hasta los años treinta del pasado siglo XX, como tampoco lo fue don Pedro Hernández “Viterio” al conservar su oración al sol naciente. Lo habían aprendido de sus mayores como un elemento más de su cultura, la misma que los identificaba con su entorno social. Lo que siempre tuvieron claro, pues así lo manifestaron, era el orgullo de ser descendientes de los “guanches”.
El futuro de nuestra identidad
Hoy en día, el trabajo de investigadores y colectivos culturales es vital para que esta memoria no se pierda en el olvido. Conocer el origen de estas tradiciones es fundamental para entender que nuestra cultura ancestral siguió viva y para rendir tributo a esos mayores que la protegieron en silencio.
Haber rescatado estas palabras no es solo un ejercicio académico o una curiosidad histórica; es, por encima de todo, un acto de justicia con nuestra propia memoria y nuestra identidad. Debemos sentir un orgullo profundo al darnos cuenta de que, a pesar de los siglos de silencio impuesto y de una represión que se estiró hasta hace apenas unas décadas, el alma de los antiguos se negó rotundamente a desaparecer.
Personas como don Pedro Viterio y seña María Armas no fueron simples vecinos de nuestros pueblos; fueron los últimos bastiones de una resistencia heroica que prefirió el riesgo y los padecimientos antes que renunciar a lo que sentían como parte de su cultura.
Al pronunciar hoy esas oraciones al sol o esos rezos a la tierra, no solo repetimos vocablos antiguos, sino que honramos la valentía y esa mirada altiva de quienes, a pesar de las cicatrices y las prohibiciones nunca se sintieron vencidos, y horrar su memoria es recuperar en cierta manera el legado oral de nuestros antiguos para reconstruir quiénes somos como pueblo.



