Introducción
Hay recuerdos que no hacen ruido. No llegan como relámpagos ni se presentan con fanfarrias. Simplemente aparecen, como monedas olvidadas en el fondo del bolsillo… o como aquel papelito que uno no sabe por qué (carajo) ha guardado durante cuarenta y pico de años.
La infancia y la adolescencia no son sólo etapas superadas con más o menos dignidad. Son territorios a los que regresamos sin pedir permiso cuando un olor, una canción o una frase absurda nos transportan directamente a un patio, una calle, una habitación o una clase, donde creíamos haber dejado todo bien cerrado.
Allí siguen las primeras preguntas importantes (casi todas sin respuesta), las grandes tragedias que hoy nos harían reír, los miedos exagerados, las alegrías desproporcionadas y la firme convicción de que los adultos no tenían ni idea de nada… Aunque ahora sospechamos que quizá nosotros tampoco la tengamos.
Estos relatos, como sus hermanos anteriores de la serie “Cuándo éramos felices y no lo sabíamos” no intentan contar una vida completa ni explicar nada trascendental. Son escenas sueltas, momentos pequeños, episodios que sobrevivieron al paso del tiempo porque, por alguna razón misteriosa, decidieron quedarse.
Cada historia es una visita breve a un tiempo en el que todo parecía enorme: los veranos, los enfados, las amistades, los sueños y también los errores, que ya entonces apuntaban maneras.
Puede que quien lea encuentre aquí retazos de su propia historia. Porque, al final, casi todos crecimos creyendo que éramos únicos… hasta descubrir que compartíamos los mismos líos.
Estos relatos son, básicamente, un intento de meter la mano en los bolsillos de la memoria, sacar lo que aparezca y sonreír un poco al verlo.
Y aquí está el primero.
Manolito “a puerta”
A Manolito siempre lo ponían de portero. No era una decisión democrática ni mucho menos estratégica; era más bien una tradición no escrita, como el recreo a las once o el bocadillo aplastado en la mochila. En cuanto alguien gritaba “¡hacemos equipos!”, todas las miradas iban, con una mezcla de ternura y alivio, hacia él. Y él, que ya lo sabía, levantaba las cejas como diciendo: “Sí, sí, ya voy”.
Manolito tenía doce años y un cuerpo redondo, amable, como si la vida le hubiera dado forma con las manos abiertas. No era el más rápido, ni el más ágil, pero tenía algo que los demás no: ocupaba portería. Y en el fútbol del colegio, donde “los postes” eran dos mochilas tiradas en el suelo, eso era prácticamente una cualidad técnica.
Yo lo miraba siempre de reojo antes de que empezara el partido. Mientras los demás discutían sobre reglas inventadas, él se colocaba bajo los tres palos invisibles con una seriedad que me hacía mella. Se subía un poco el pantalón del chándal, se secaba las manos en la camiseta —como si fuera a enfrentarse a la final del Mundial y no a un balón medio desinflado— y daba dos saltitos para probar el terreno.
Creo que a veces le dolía que lo pusieran allí por descarte. Se le notaba en esa media sonrisa que no sabía si era resignación o estrategia de supervivencia. Pero también creo que, con el tiempo, hizo de ese lado del campo su pequeño reino. Desde la portería se ve todo: las trampas, los pases egoístas, a “los comelones”, las heroicidades exageradas. Él lo observaba como quien mira una obra de teatro en la que nunca le dan el papel principal, pero sin la cual la función no puede empezar.
Y luego estaban sus paradas. Porque sí, paraba. No siempre, pero cuando lograba atrapar la pelota contra el pecho, se le iluminaba la cara. En ese momento dejaba de ser “el gordito al que ponen de portero” y se convertía en el héroe improbable del recreo. Nosotros corríamos hacia él gritando su nombre, y él, rojo y sudoroso, intentaba hacerse el importante:
—Tranquilos, chicos, tranquilos…La tenía controlada.
Mentira. La mayoría de las veces la pelota le rebotaba en la barriga y caía muerta a sus pies, como si también necesitara un descanso. Pero qué importaba. En nuestra memoria infantil, aquello era una parada espectacular.
Yo lo veía grande, sí, pero también valiente. Porque quedarse en la portería era quedarse solo. Era aceptar que te chuten con todas sus fuerzas mientras los demás persiguen la gloria al otro lado del patio. Era ser el último obstáculo y, muchas veces, el primer culpable. Y Manolito, con sus doce años y su cuerpo redondo, aguantaba ahí, bajo el sol o el frío, como si defendiera algo más que dos mochilas en el suelo.
Con el tiempo entendí que no era sólo que lo pusieran de portero. Era que él había decidido serlo. Había convertido lo que parecía una desventaja en territorio propio. Y desde allí, con las rodillas raspadas y el corazón enorme, nos enseñó algo que entonces no sabíamos nombrar: que a veces uno ocupa más espacio del que cree, y no solo en la portería.
(Hoy Manolito es Don Manuel, y ya jubilado, aún pasa “por si hay algo que hacer”, por “su” gestoría, que hoy lleva Don Manuel hijo, “Nolín” para los que éramos del equipo de su padre, en aquellos recreos, de bocatas de queso y dulce de guayaba).



