Un 18 de agosto de 1936, en los primeros compases de la Guerra Civil española, Federico García Lorca fue fusilado en un paraje cercano a Granada. Tenía apenas 38 años, pero su obra ya lo había convertido en una de las voces más universales de la literatura en lengua española.
Nacido en Fuente Vaqueros en 1898, Lorca encarnó como pocos la esencia de la Generación del 27. Poeta, dramaturgo, músico, pintor: su creatividad desbordaba géneros y fronteras. Obras como Romancero gitano o Bodas de sangre marcaron un antes y un después en la lírica y el teatro, fundiendo tradición popular y modernidad.
La proclamación de la Segunda República en 1931 supuso un soplo de aire fresco para las artes y la cultura. Lorca participó activamente en esa efervescencia con proyectos como La Barraca, un grupo de teatro universitario que llevaba los clásicos del Siglo de Oro a los pueblos más apartados. Pero con la sublevación militar de 1936, el país se precipitó a una violencia que arrasó también con sus intelectuales.
García Lorca fue detenido en Granada en agosto de 1936. Días después, en la madrugada del 18, lo asesinaron junto a un camino en Víznar o Alfacar —el lugar exacto aún se desconoce. Su muerte simbolizó la brutal represión contra la libertad de pensamiento, contra la palabra, contra la poesía.
A pesar de la censura, el exilio y el silencio que intentaron imponerse tras su fusilamiento, la voz de Lorca no se apagó. Hoy, casi 90 años después, sigue siendo un referente universal de la literatura, la música y la memoria histórica. Su obra nos recuerda que la belleza, la creatividad y la palabra sobreviven siempre a la barbarie.



