20 de diciembre de 1973. Madrid.
A las 9:36 de la mañana, una explosión sacudió la calle Claudio Coello y lanzó por los aires un coche oficial hasta el patio interior de un convento cercano. Dentro viajaba Luis Carrero Blanco, presidente del Gobierno y hombre de máxima confianza de Francisco Franco. En cuestión de segundos, el régimen franquista perdió a su principal garante de continuidad.

Hoy se cumplen 52 años de uno de los atentados más impactantes de la historia contemporánea de España.
Carrero Blanco no era un político cualquiera. Almirante de la Armada, católico ferviente y anticomunista convencido, había sido durante décadas el colaborador más leal del dictador. En junio de 1973, Franco —ya anciano y enfermo— lo nombró presidente del Gobierno, separando por primera vez la Jefatura del Estado y la del Ejecutivo.
El mensaje era claro: Carrero debía asegurar que todo quedara “atado y bien atado” tras la muerte del dictador.
ETA llevaba meses preparando el atentado, bautizado como “Operación Ogro”. Los terroristas alquilaron un bajo en Claudio Coello fingiendo ser estudiantes escultores y excavaron un túnel bajo la calzada. Sabían que Carrero acudía cada mañana a misa a la iglesia de San Francisco de Borja, siempre a la misma hora y por el mismo recorrido.
La bomba, accionada a distancia, fue devastadora. El Dodge Dart oficial salió despedido varios metros por el aire. Murieron Carrero Blanco, su chófer y su escolta.
La imagen del coche incrustado en el patio del convento dio la vuelta al mundo.
Aunque el franquismo sobrevivió formalmente al atentado, nunca volvió a ser el mismo. Carrero Blanco era el hombre llamado a frenar cualquier apertura política y su desaparición dejó al régimen sin un plan sólido para el futuro.
Dos años después, Franco moría. En 1975 comenzaba la Transición.
Muchos historiadores coinciden en que, sin aquel atentado, el camino hacia la democracia habría sido más lento, más rígido y probablemente más conflictivo.
Durante décadas, el atentado fue utilizado por todos los bandos como símbolo:
– Para el régimen, como ejemplo del “terror rojo”.
– Para ETA, como su mayor golpe propagandístico.
– Para la sociedad, como el inicio del fin de una dictadura que parecía eterna.
Incluso hoy, 52 años después, el asesinato de Carrero Blanco sigue generando debates, bromas de mal gusto, análisis políticos y reflexiones incómodas sobre violencia, memoria histórica y los límites del relato.



