Tal día como hoy, un 4 de noviembre de 1922, el arqueólogo británico Howard Carter descubría los primeros peldaños de piedra que conducían hacia uno de los hallazgos más asombrosos de la historia: la tumba casi intacta del joven faraón Tutankamón, en el Valle de los Reyes, Egipto.
(Nota: la fecha correcta del hallazgo de los escalones es 4 de noviembre de 1922, no 1822 — ese fue el año del desciframiento de la piedra de Rosetta por Champollion. Pero el “tal día como hoy” sigue siendo exacto en el calendario.)
Era una mañana cálida y silenciosa en el Valle de los Reyes. Los obreros egipcios excavaban con paciencia bajo la supervisión de Carter, quien llevaba años buscando la tumba del misterioso Tutankamón, un faraón casi olvidado por la historia.
De pronto, aparecieron los primeros escalones tallados en la roca. Carter comprendió de inmediato que estaba ante algo grande. Lo anotó en su diario con una mezcla de emoción y prudencia, sin imaginar que aquel hallazgo cambiaría para siempre la historia de la arqueología.
Howard Carter había llegado a Egipto en 1891, cuando la arqueología era todavía una mezcla de ciencia y aventura. Durante años trabajó bajo el mecenazgo del aristócrata Lord Carnarvon, que financió las excavaciones.
Tras múltiples decepciones, Carnarvon estaba a punto de retirar su apoyo económico. Pero Carter le convenció para financiar una última temporada. Y fue entonces, en ese último intento, cuando la historia recompensó su perseverancia.
El 26 de noviembre de 1922, después de semanas de excavación cuidadosa, Carter logró abrir un pequeño agujero en la puerta sellada y acercó una vela al interior.
Cuando Lord Carnarvon le preguntó si podía ver algo, el arqueólogo respondió con una frase que pasaría a la eternidad:
“Sí… cosas maravillosas.”
Dentro había tesoros inimaginables: estatuas doradas, carros, joyas, muebles y, en el corazón del conjunto, el sarcófago del joven faraón muerto con apenas 19 años.
La tumba de Tutankamón (KV62) se convirtió en uno de los descubrimientos arqueológicos más célebres del siglo XX. Su hallazgo impulsó la egiptología moderna y despertó una fascinación global por el Antiguo Egipto que aún perdura.
A más de un siglo de aquel día, el nombre de Tutankamón sigue siendo sinónimo de misterio, esplendor y eternidad.
Cada 4 de noviembre, la arena del Valle de los Reyes parece susurrar el eco de aquella jornada.
Un recordatorio de que, a veces, los mayores tesoros de la historia esperan pacientemente bajo nuestros pies, aguardando a que alguien, con pasión y tenacidad, los descubra.



