6 de agosto de 1945, 08:15 horas.
El cielo sobre Hiroshima estaba despejado. Un lunes cualquiera, en una ciudad que apenas intuía el final de una guerra devastadora. La vida comenzaba a sacudirse las cicatrices de los bombardeos convencionales, mientras sus habitantes acudían al trabajo, abrían negocios o desayunaban en silencio. Pero a las 08:15 de aquella mañana, el mundo se partió en dos: antes y después de la bomba atómica.
Desde las alturas, un avión B-29 estadounidense llamado Enola Gay dejó caer su carga: «Little Boy», una bomba de uranio con un poder destructivo hasta entonces inimaginable. En cuestión de segundos, Hiroshima se convirtió en una ciudad fantasma. Una luz cegadora, seguida de una onda expansiva que arrasó todo en un radio de varios kilómetros, y luego, el fuego. Más de 70.000 personas murieron instantáneamente; decenas de miles más sucumbirían en las semanas, meses y años posteriores debido a las heridas y la radiación.
El objetivo militar, según los estrategas estadounidenses, era forzar la rendición del Imperio japonés y evitar una invasión terrestre que podría costar cientos de miles de vidas. Pero el mensaje real fue mucho más amplio y aterrador: la humanidad había cruzado un umbral tecnológico y ético del que ya no habría retorno.
Hiroshima fue la primera. Tres días después, el 9 de agosto, Nagasaki sufrió el mismo destino. El 15 de agosto, Japón anunciaba su rendición. La Segunda Guerra Mundial había terminado. Pero el mundo entraba en la era atómica.
A menudo, los relatos históricos se centran en cifras: número de muertos, potencia de la bomba, grados de radiación. Pero detrás de cada número había una vida: niños que no llegaron a la escuela, ancianos que esperaban el desayuno, médicos que jamás pudieron atender a los heridos. Hiroshima no fue solo una tragedia militar: fue una catástrofe humana, filosófica y moral.
Hoy, Hiroshima es un símbolo de paz. El Parque Memorial de la Paz, el Museo de la Bomba Atómica y la silueta solitaria de la Cúpula Genbaku siguen en pie para recordarnos lo que ocurrió y advertirnos de lo que puede volver a ocurrir.
Érase una vez un mundo que no conocía la destrucción total. Y érase una vez una ciudad llamada Hiroshima, que pagó el precio de ese conocimiento.



