sábado, 29 noviembre, 2025

Tajogaite: cuatro años del rugido que cambió La Palma

Un 19 de septiembre de 2021, la tierra rugió bajo los pies de los palmeros. Tras días de pequeños temblores que hacían presagiar algo mayor, a las 15:10 horas, en la zona de Cabeza de Vaca, en el municipio de El Paso, se abrió la tierra y comenzó a brotar fuego. Era el nacimiento del volcán Tajogaite —nombre recuperado de la toponimia local—, la erupción que marcaría la historia reciente de la isla de La Palma.

Durante 85 días y 8 horas, el volcán no dejó de expulsar lava, gases y cenizas. Fue la erupción más larga registrada en la isla con datos modernos. El paisaje cambió para siempre: montañas que no existían se levantaron de la nada, carreteras desaparecieron bajo coladas incandescentes, pueblos enteros fueron engullidos y la isla ganó terreno al mar con la creación de nuevas fajanas.

La erupción estuvo precedida por una intensa actividad sísmica. Desde el 11 de septiembre, la tierra temblaba día y noche. Miles de pequeños terremotos anunciaban lo que estaba por llegar. El 19 de septiembre, la montaña se abrió y comenzó el espectáculo natural, hermoso y aterrador a la vez.

La lava avanzaba lentamente pero con una fuerza imparable. Alcanzó barrios como Todoque, donde la imagen de la iglesia de San Pío X devorada por el magma quedó grabada en la retina colectiva como símbolo de la pérdida. Con el paso de los días, las coladas llegaron al mar, generando columnas de vapor y extendiendo la isla hacia el océano.

El Tajogaite dejó tras de sí una huella enorme:

  • 1.219 hectáreas cubiertas por la lava.

  • Más de 3.000 edificaciones destruidas.

  • 7.000 personas evacuadas, muchas de ellas perdieron su hogar para siempre.

  • Pérdidas económicas de más de 843 millones de euros.

Pero más allá de las cifras, quedaron las historias humanas: familias que tuvieron que salir con lo puesto, agricultores que vieron sus plataneras arrasadas, niños que dejaron de reconocer sus barrios y abuelos que perdieron el lugar donde habían vivido toda su vida.

El volcán fue declarado oficialmente apagado el 13 de diciembre de 2021 a las 22:21 horas. La fecha fue un alivio para todos, aunque las autoridades esperaron hasta el 25 de diciembre para anunciar su final definitivo, tras diez días sin actividad. Fue el regalo más esperado en una Navidad marcada por la ceniza.

Sin embargo, aunque el fuego se apagó, la vida no volvió automáticamente a la normalidad. El calor bajo las coladas permaneció durante meses, los gases dificultaron el acceso a zonas afectadas y las familias se enfrentaron al largo y complejo camino de la reconstrucción.

Hoy, 19 de septiembre de 2025, se cumplen cuatro años desde aquel día en que la tierra se abrió en La Palma. El tiempo ha permitido cierta recuperación, pero también ha dejado al descubierto heridas que aún duelen:

  • Muchos afectados siguen en viviendas provisionales o temporales, algunos incluso en contenedores acondicionados.

  • Las ayudas, aunque llegaron, han sido criticadas por su lentitud y burocracia.

  • En el mar, sin embargo, la vida ha dado muestras sorprendentes de resiliencia: en las fajanas creadas por la lava, la biodiversidad marina comienza a florecer de nuevo.

La Palma resiste, como siempre lo ha hecho. Sus habitantes han demostrado una capacidad de resiliencia admirable, apoyándose en la solidaridad de toda Canarias y de España.

El Tajogaite no fue solo un fenómeno geológico: fue una lección sobre la fuerza de la naturaleza y la fragilidad humana, sobre pérdidas irreparables y sobre la capacidad de volver a levantarse.

Cuatro años después, la isla sigue reconstruyéndose, pero también recordando. Porque la memoria del volcán no se borra con el tiempo: permanece en el paisaje, en las cicatrices negras de la lava y en los relatos de quienes lo vivieron.

Érase una vez, en la isla de La Palma, un volcán que cambió para siempre la vida de miles de personas. Y cuatro años después, sigue latiendo en su memoria.

Moisés Castilla
Moisés Castillahttps://docemasuna.com/
Aficionado a la buena música, los motores potentes y las charlas eternas con amigos (preferiblemente con café o cerveza en mano). Me encanta reír —de los chistes buenos, malos y pésimos— sabiendo que el silencio también tiene su propio ritmo. Si no me encuentras, probablemente esté escuchando un disco, tocando la guitarra, mirando coches que no puedo pagar o disfrutando de un momento tranquilo lejos del mundo.

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