Hay un instante muy concreto en el día en el que uno está a punto de hacer algo útil. No hacerlo del todo. No terminarlo. No convertirse en ejemplo para nadie. Pero sí estar peligrosamente cerca.
A mí me pasó ayer.
Estaba en el sofá, en esa postura que no es cómoda pero tampoco incómoda, mirando el móvil sin ningún objetivo claro. No buscaba nada. No esperaba nada. Solo deslizaba el dedo con la precisión de alguien que ha entrenado para eso durante años.
Y de repente me levanté.
Sin previo aviso. Sin cuenta atrás. Sin música épica. Me levanté con decisión. Fui hasta la cocina. Abrí la nevera. La cerré. No tenía hambre, pero ya que estaba de pie pensé que podía aprovechar el impulso.
Ahí empezó todo.
Miré alrededor. La encimera tenía cosas. No muchas. Las normales. Las asumibles. Las que uno ignora con dignidad. Pero yo seguía de pie. Y cuando uno ya está de pie, el siguiente paso es peligroso.
Cogí un trapo.
No lo pensé demasiado. Lo cogí casi por reflejo. Pasé el trapo por una esquina de la encimera. Solo una. Como prueba. Como experimento social. Y funcionó. Quedó más limpio. Objetivamente mejor.
Eso fue un problema.
Porque limpiar una esquina crea expectativas. Y las expectativas generan responsabilidad. Así que pasé el trapo por otra zona. Y otra. Y otra. Sin entusiasmo, pero con constancia sospechosa.
En ese momento me di cuenta de que estaba entrando en terreno desconocido. Estaba haciendo algo útil sin que nadie me lo hubiera pedido. Sin visita programada. Sin auditoría doméstica. Sin presión externa.
Miré hacia el salón. El sofá seguía allí. El móvil seguía donde lo había dejado. La vida cómoda me esperaba.
Me detuve.
Pensé en seguir. Incluso valoré barrer. Pero tampoco vamos a perder la cabeza. Hay límites. Uno puede acercarse a la productividad, pero no abrazarla sin supervisión.
Dejé el trapo. Volví al sofá. Recuperé el móvil. La normalidad volvió a su sitio.
Pero algo había cambiado.
Ahora sé que existe una versión de mí que, sin avisar, puede levantarse y hacer cosas. No muchas. No todas. Pero alguna.
Y sinceramente, me preocupa un poco.



