martes, 13 enero, 2026

Crónica de una Nochebuena anunciada

La Nochebuena es ese experimento social que se repite cada año con la esperanza ingenua de que, esta vez sí, todo fluya. Que no haya dramas, que la comida llegue a tiempo, que nadie discuta por política, salud o por si le echaste mucha sal a las papas. Spoiler: no ocurre. Nunca.

Llegamos a casa de mi tía Yurena, la dueña de la casa. La mujer que vive en un estado permanente de “ahora voy”, “espera un segundo” y “¿quién ha puesto esto aquí?”. Está del tingo al tango desde las seis de la tarde y seguirá así hasta Reyes, probablemente. No soluciona nada del todo, pero lo intenta todo a la vez, que es casi más agotador de ver que de vivir. La cocina parece un aeropuerto en hora punta y ella es la torre de control con tres móviles, una cuchara de palo y un “¿alguien ha visto el pan?” atravesado en la garganta.

Nada más entrar aparece ella. La tía Elena. Nuestra tía. Un ser humano que funciona por partes, y todas le duelen. No ha terminado de saludarte cuando ya sabes exactamente qué rodilla tiene mal, cómo le tira el cuello desde octubre y que el médico le ha dicho que eso “es estrés”, como si el estrés fuese una persona a la que se le pueda señalar con el dedo. Lo cuenta todo en voz alta, por si alguien se ha despistado, y lo repite por si alguien nuevo llega. La cena no ha empezado y ella ya ha hecho un parte médico completo.

Mientras tanto, mi otra tía Loreto, —noventa años, que se dice pronto— está en el patio. No porque no le guste la gente, sino porque tiene una relación profunda, espiritual y probablemente bidireccional con las plantas. Sale, las mira, les quita hojas muertas, les habla bajito. No sabemos qué se dicen, pero hay respeto. Las plantas y ella son uno. Si mañana desaparecen todas del jardín, no descartamos que se hayan ido juntas.

En el salón, mi padrino. Cinco ictus encima y una ironía que ha salido reforzada de todos ellos. Tiene un pasado rocambolesco, de esos que no se pueden contar seguidos porque parecen inventados, y una habilidad especial para soltar respuestas que te dejan dudando entre reírte o pedirle que no vuelva a hablar nunca más. Cada comentario suyo lleva implícito un “me da igual todo” tan elegante que asusta. Vive en ese punto exacto en el que cualquier día se pega un tiro en un pie… y luego se ríe.

Mi abuelo llega, saluda, se sienta. Es el primer ser inteligente que pisó la Tierra y actúa en consecuencia. No pierde tiempo. Va picando de aquí y de allá mientras sale la comida, cena sin alboroto, y cuando termina dice la frase mágica:
—Voy a salir a coger un poco de aire.

Eso significa que, si te descuidas, está ya montado en el coche, tocando la pita para irse. No hay despedidas largas, ni sobremesas eternas. Él ya ha cumplido. El resto es relleno.

Mi primo, su mujer y los niños son otra historia. Llegan, hablan contigo, comen, pasan un rato razonable y se van. Personas funcionales. Gente que entiende el concepto “familia” sin necesidad de sufrir. No hacen ruido, no discuten, no se alargan. Misterio.

Y luego estamos nosotros: mi padre, mi madre, mi hermano y yo. Los disociados. Pasando de conversación en conversación como si estuviéramos en un cóctel invisible. Un rato escuchando a la tía hablar de su espalda, otro intentando ayudar a mi tía sin estorbar, otro asintiendo a una frase de mi padrino que no hemos entendido del todo, y otro mirando al patio por si la tía de las plantas necesita algo… o se ha fusionado definitivamente con un ficus.

La cena avanza. Milagrosamente. La comida sale, nadie muere, nadie llora (todavía). Se habla de todo y de nada. De antes, de ahora, de médicos, de coches, de plantas, de cosas que “ya no son como antes” y de otras que, misteriosamente, siguen siendo exactamente igual de caóticas.

Al final, como siempre, la noche se desinfla sola. La tía se va con dolor nuevo, mi tía recoge mientras sigue hablando sola, mi padrino lanza su última frase demoledora, mi abuelo pita desde el coche, y los demás nos miramos con esa mezcla de cansancio y alivio que solo da haber sobrevivido.

Y así termina otra Nochebuena. Sin grandes tragedias, sin grandes epifanías, pero con la certeza de que, pese a todo, volveremos a repetir. Porque si algo tiene la familia es eso: que no se elige, pero se aguanta… y a veces, incluso, se quiere.

Querida familia, si alguien que me lee se viera retratado, sépase que se hace con ese destino. Cualquier reclamación que sea sin membrete. 

Bienvenidos a la Navidad. Bienvenidos a casa.

Moisés Castilla
Moisés Castillahttps://docemasuna.com/
Aficionado a la buena música, los motores potentes y las charlas eternas con amigos (preferiblemente con café o cerveza en mano). Me encanta reír —de los chistes buenos, malos y pésimos— sabiendo que el silencio también tiene su propio ritmo. Si no me encuentras, probablemente esté escuchando un disco, tocando la guitarra, mirando coches que no puedo pagar o disfrutando de un momento tranquilo lejos del mundo.

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