Como podrán comprobar, mis visitas al supermercado son algo asiduas, y más en estas fechas de reuniones familiares, comilonas interminables y listas de la compra que empiezan con “solo cuatro cosas” y acaban escritos en un post-it que luego desaparece misteriosamente. Uno entra con buena fe, la mente limpia y el carrito vacío, y sale con la sensación de haber participado en una prueba piloto del Ministerio de Paciencia Ciudadana.
Ese día, sin embargo, no fue una persona la que puso a prueba mis nervios. Ni una cola infinita, ni la señora que paga con monedas de dos céntimos, ni el niño que usa la cinta de la caja como pista de aterrizaje. No. Aquella mañana discutí —y perdí— contra una máquina. Una máquina sin alma, sin criterio y, aparentemente, con ganas de bronca.
Y lo peor es que empezó ella.
No fue una gran discusión, nada de gritos ni portazos, pero sí ese tipo de enfrentamiento silencioso en el que uno acaba pidiendo perdón sin saber muy bien por qué. Ocurrió en el supermercado, delante de una de esas cajas de autopago que prometen rapidez y solo entregan humillación.
Todo iba bien hasta que la máquina decidió que yo no estaba preparado para pesar mis propios tomates. Pitó. En rojo. Como si hubiera intentado sacar un jamón escondido dentro de una sandía. En la pantalla apareció un mensaje severo, casi judicial: “Coloque el artículo en la zona de embolsado”. Lo había colocado. Dos veces. Con cariño.
Volvió a pitar.
A mi alrededor, otras personas pasaban sus productos con una destreza sospechosa, como si llevaran años entrenando para este momento. Yo no. Yo estaba atrapado en una relación tóxica con una pantalla táctil que no confiaba en mí.
Le hablé. Bajito, para no parecer loco.
—Ya está ahí —le dije—, míralo bien.
Nada. Otro pitido. Ya no era un pitido cualquiera: era un pitido acusador. De esos que te hacen sentir observado por el personal de seguridad y por una señora con prisa que empieza a suspirar muy fuerte detrás de ti.
Entonces apareció la empleada. Siempre aparece. Con esa sonrisa profesional que mezcla comprensión y cansancio existencial. Tocó dos botones, miró la bolsa y dijo:
—Ahora sí.
La máquina, obediente, se quedó en silencio. Como si el problema hubiera sido yo desde el principio. Y quizá lo fue. Porque al final salí del supermercado con la sensación de haber sido reeducado por una báscula con estudios.
Camino a casa pensé que estas máquinas no nos ahorran tiempo: nos están entrenando para pedir disculpas a los electrodomésticos. Hoy es la caja del súper. Mañana la tostadora. Y pasado, quién sabe, igual el microondas nos exige explicaciones.
Eso sí, los tomates estaban perfectos.
La dignidad, no tanto.




Dentro de esas máquinas vive un duende burlón. seguro.
Me encanta la crónica