martes, 13 enero, 2026

La mañana en que juré no volver al supermercado (y volví esa misma tarde)

Dicen que la vida no tiene argumento, pero mienten. Lo que pasa es que no lo ensaya. En La Mirilla vamos a asomarnos —sin llamar, como se hace ahora— a esas escenas mínimas que nos pasan por delante cada día y que, si uno afina un poco el oído y baja el volumen del drama, suelen ser bastante graciosas.

Aquí no se viene a arreglar el mundo, que ya está bastante ocupado estropeándose solo, sino a contar esas pequeñas historias domésticas, urbanas y humanas que nos igualan a todos: la cola del súper, el vecino misterioso, las conversaciones absurdas, los malentendidos gloriosos y ese tipo de cosas que solo pasan cuando no estás preparado para contarlas.

Pasen, miren sin miedo y, si se reconocen, disimulen.

A mí me había dicho mi médico —que es un hombre serio, de esos que no sonríen ni cuando le cuentas que te mordió un loro— que caminara más. “Salga, dé una vuelta, muévase”, me dijo como si yo fuera un electrodoméstico averiado. Y yo, que siempre he sido obediente en lo que no me conviene, decidí estrenar mi nueva vida saludable yendo al supermercado caminando.

Créanme: aquello ya olía a tragedia.

El primer obstáculo fue una señora que parecía salida de un documental sobre la fauna urbana. Llevaba un carrito con ruedas, de esos que chirrían como si llevaran dentro un ratón angustiado, y avanzaba con la determinación de una apisonadora. La veía venir de frente por la acera, sin intención alguna de apartarse. Yo me pegué al muro. Ella también. Intenté ir hacia la izquierda. Ella también. Llegué a pensar si no iríamos sincronizados por algún tipo de magnetismo senil.

—Pase, pase —le dije.

—No, pase usted —respondió.

Se quedó inmóvil. Yo también. Creo que en algún momento la física cuántica intervino, porque aparecimos cada uno en un extremo de la acera sin saber cómo. Y así seguí, avanzando hasta el supermercado con la sensación de haber sobrevivido a mi primera prueba del día.

Dentro, la cosa fue peor.

Uno entra al supermercado creyendo que va a comprar “cuatro cosas”, y sale con una tesis doctoral sobre logística y comportamiento humano. Fui por tomates y me encontré con un señor que llevaba veinte minutos eligiendo una pera, como si estuviera seleccionando al sucesor de un reino escandinavo. Yo, con mi cestita, esperando, mirando al techo, pensando en la vida, en la muerte, en si sería posible pedirle a alguien que se enamore más rápido.

—¿Quiere pasar? —me dijo sin apartarse.

—No, no, tranquilo. Estoy disfrutando del proceso —respondí.

Pensé que lo entendería como una ironía, pero el hombre lo tomó como un cumplido. Siguió acariciando la fruta con un nivel de ternura que no recibe ni mi gato.

Finalmente me escabullí hacia la cola. Y allí estaba: ella, la mujer que paga monedas de céntimo por céntimo, como si estuviera reconstruyendo la economía europea desde su monedero.

—Seis euros con cincuenta y cuatro
—Uy, espere… que me falta un céntimooooo…

Y empieza la excavación arqueológica.

Detrás, un señor resoplando como si estuviera inflando un colchón de playa. La cajera con mirada vidriosa. Yo intentando mantener la paz interior que me había prometido al salir de casa.

Al fin pagué lo mío, salí y juro que pensé: No vuelvo aquí en tres meses. Ese tipo de promesas altisonantes que uno hace con la mano levantada al cielo.

A los diez minutos estaba de vuelta porque había olvidado el pan.

La caminata de regreso la hice sin épica, sin propósito de salud y, sobre todo, sin dignidad. A paso ligero, eso sí, porque todos sabemos que correr a un supermercado cuando olvidamos algo no cuenta como ejercicio, pero al menos hace sentir que uno está haciendo algo en la vida.

Moisés Castilla
Moisés Castillahttps://docemasuna.com/
Aficionado a la buena música, los motores potentes y las charlas eternas con amigos (preferiblemente con café o cerveza en mano). Me encanta reír —de los chistes buenos, malos y pésimos— sabiendo que el silencio también tiene su propio ritmo. Si no me encuentras, probablemente esté escuchando un disco, tocando la guitarra, mirando coches que no puedo pagar o disfrutando de un momento tranquilo lejos del mundo.

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