Enero es ese mes raro en el que uno no vuelve a la normalidad: regresa a los restos. A los restos de turrón, a los restos de dignidad, a los restos de conversación repetida y a los restos de energía vital que quedaron abandonados en algún punto entre Nochebuena y Reyes.
Llevo tiempo sin asomarme por La Mirilla, básicamente porque necesitaba confirmar que seguía vivo. Las Navidades, que son muy traicioneras, no te matan de golpe: te van desgastando poco a poco. Primero una cena. Luego otra. Luego “solo un café”. Luego “vente un rato, que estamos todos”. Y cuando te quieres dar cuenta, has hablado más de lo que hablas en todo el año y has comido como si te estuvieran preparando para hibernar.
Ahora toca volver. Volver al supermercado sin villancicos. Volver a la calle sin luces. Volver a mirarte en el espejo con esa cara de “no sé quién eres, pero te recuerdo de antes”. Volver al trabajo, a la rutina, al café malo y a las conversaciones de ascensor sobre lo rápido que se ha pasado todo.
La casa, mientras tanto, sigue en modo posguerra. Hay tupper con cosas que nadie sabe exactamente de qué día son. Hay polvorones sueltos que ya no apetecen, pero tampoco se tiran, porque eso sería aceptar una derrota moral. Y hay una bolsa con envoltorios que lleva ahí tanto tiempo que ya forma parte del mobiliario.
El cuerpo también necesita su propio plan de reconstrucción. Uno anda unos días con esa sensación de haber vivido demasiado en poco tiempo. Dormir vuelve a ser una actividad seria. Comer ensalada parece una buena decisión. Y beber agua, curiosamente, deja de ser opcional.
Pero lo más curioso de todo es el silencio. De repente no hay compromisos, no hay comidas, no hay “tenemos que vernos”. Y al principio desconcierta. Uno no sabe muy bien qué hacer con una tarde normal. Con una noche sin planes. Con un domingo que no implica desplazamiento, sobremesa eterna ni debate innecesario.
Y ahí es donde, poco a poco, vuelve la vida. La de verdad. La pequeña. La de sentarse en el sofá sin culpa. La de no hacer nada sin justificarlo. La de pensar “qué bien se está cuando no pasa absolutamente nada”.
Así que aquí estamos otra vez. Asomándonos a La Mirilla. No para contar grandes cosas, sino las de siempre: las pequeñas, las tontas, las humanas. Porque si algo he aprendido estas fiestas es que sobrevivir a la familia es importante… pero volver a uno mismo también.



