En 1706, Tenerife fue testigo de tres acontecimientos que sus habitantes recordarían durante generaciones: un volcán que devoró su puerto, sus casas e iglesias; un eclipse solar que oscureció sus cielos mientras los ríos de lava descendían hacia el mar; y una flota enemiga de trece navíos de guerra tocando sus costas.
Entre el 5 y el 14 de mayo de 1706, el volcán Trevejo —también conocido como Arenas Negras— entró en erupción en la Dorsal de Teno, al noroeste de Tenerife. La lava descendió por un barranco de gran pendiente y alcanzó el mar, arrasando el puerto y el casco histórico de Garachico, entonces uno de los principales enclaves comerciales de Canarias.
Durante esos días, la naturaleza desató su furia en todos los frentes. El 12 de mayo, en plena erupción, tuvo lugar un eclipse solar total, visible desde la isla. El cielo se oscureció por completo mientras el fuego de la montaña iluminaba los ríos de lava. Dos fuerzas elementales —la tierra y el cielo— coincidieron en un mismo instante: oscuridad arriba, fuego abajo.

Fray José de Sosa, testigo y cronista de la época, dejó uno de los testimonios más sobrecogedores de aquel suceso. Su relato, conservado en la Casa de Colón (Las Palmas de Gran Canaria) dentro del manuscrito COL MAN 1, describe con precisión los días de espanto:
“El día cuatro de mayo, día de señora Santa Mónica, comenzó a humear la tierra; y oyéndose mucho estruendo y grandes temblores, se abrieron bocas y reventó un volcán como legua y media arriba del lugar de Garachico. Corrió tanto fuego en ríos de piedra encendidos, que destruyendo cuanto hallaba, casi cegó su puerto, retirando el mar mucho trecho. Arruinó y quemó iglesias, conventos y casas de señores: la parroquial, el convento de San Francisco, el de las monjas clarisas… todo fue abrazado por la furia del fuego.”
Y añade:
“Mientras duró tanto río de fuego y tanto vesubio de luces, el día miércoles doce de dicho mes de mayo, víspera de la Ascensión de Cristo Señor Nuestro, a las ocho de la mañana, se eclipsó el sol, quedándose tan oscuro el día que, como si fuera noche lóbrega, se vieron lucir las estrellas. Horribilidad, que aunque provenida de causas naturales, fue portentosa, y la tuvieron muchos por presagio de tan gran fatalidad.”
Fuente: La erupción de Garachico (1706) según fray José de Sosa. Blog; https://proyectotarha.org/

Para los isleños, ver el sol apagarse mientras el suelo ardía fue interpretado como una señal divina, y muchos lo consideraron un mal augurio para el reinado de Felipe V, en plena Guerra de Sucesión Española. En Francia, incluso, se asoció simbólicamente al ocaso de Luis XIV, el “Rey Sol”, tío del monarca español.
En Elche, Elda y otras ciudades mediterráneas, la población corrió aterrada por las calles; los animales se inquietaron, las campanas sonaron sin orden y el miedo se mezcló con la devoción y el asombro ante lo desconocido.
Meses después, cuando Tenerife apenas se reponía de la destrucción de su puerto más importante, la isla fue atacada por el almirante inglés John Jennings. Jennings, al mando de trece navíos de guerra, exigió la rendición de Santa Cruz en nombre del archiduque Carlos VI, pero las defensas, reforzadas por la artillería del Castillo de San Cristóbal, repelieron el intento de desembarco. La flota inglesa se retiró al día siguiente, tras fracasar en su propósito de forzar a las autoridades canarias a unirse al bando austracista.

Tenerife había sobrevivido de nuevo a los males y prodigios de aquel año.
Amaro Pargo no presenció ninguno de ellos, pues para entonces se hallaba en La Habana, ocupado en sus negocios y travesías comerciales. Sin embargo, el eco de Garachico tuvo que haber llegado hasta Cuba, y no cabe duda de que supo que el puerto que lo había visto partir había desaparecido para siempre, lo que debió ponerlo en prealerta ante la idea de volver a atracar en Santa Cruz.



