En la historia del Caribe existe una confusión frecuente: la Isla de la Tortuga no es una sola. En realidad, hay dos. La más conocida, y la que alimentó tantas leyendas de piratas y bucaneros, es la Tortuga haitiana, una pequeña isla situada frente a la costa noroeste de La Española. Fue tomada por los franceses en varias ocasiones a lo largo del siglo XVII y, bajo el mando del ingeniero Jean le Vasseur, se fortificó con el célebre Fort de Rocher, dotado de cuarenta cañones. Desde allí, Le Vasseur ofrecía protección a los piratas de todas las naciones a cambio de una parte del botín. Durante los doce años que controló la isla, el puerto de Tortuga se convirtió en un centro internacional de contrabando y refugio corsario. Tras su asesinato en 1652 y una breve recuperación española, que aprovecharon para destruir el fuerte hasta los cimientos, el lugar volvió a caer en manos francesas, que lo consolidaron tras la firma del Tratado de Ryswick en 1697, cuando España cedió a Francia la parte occidental de La Española (actual Haití) y varias islas cercanas, incluyendo esta pequeña Tortuga.

La segunda, mucho menos famosa pero igualmente interesante, es la Isla de la Tortuga venezolana, más grande, árida y situada frente a la costa central de Venezuela, no lejos de La Guaira. No fue escenario de gestas bucaneras comparables a la haitiana, aunque sí fue visitada esporádicamente por pescadores, corsarios y expediciones militares. Su importancia residía sobre todo en su posición estratégica como punto de referencia en las rutas marítimas que unían el oriente caribeño con los puertos centrales de Tierra Firme.

En una de sus travesías documentadas, Amaro Pargo zarpó desde Martinica rumbo a La Guaira, aprovechando los alisios y siguiendo una derrota que lo llevó primero a bordear el sur de la isla de Granada, para luego continuar hacia el noroeste hasta dejar por estribor el archipiélago de Los Hermanos. Desde allí, su ruta le obligaba a pasar junto a la isla de Blanquilla antes de enfilar hacia el continente. La Tortuga venezolana aparecía entonces en el horizonte como referencia visual y último hito insular antes de internarse en la bahía de Cumaná y proseguir el viaje costero hacia La Guaira.
En el tránsito desde Martinica, el peligro no provenía tanto de la navegación en sí, sino de los posibles encuentros con embarcaciones hostiles o contrabandistas. A inicios del siglo XVIII, el Caribe oriental era un tablero geopolítico en el que españoles, franceses, ingleses y holandeses competían por rutas, cargamentos y enclaves estratégicos.

La confusión entre ambas islas de la Tortuga ha alimentado errores en crónicas y mapas. Diferenciarlas es clave para entender las rutas de comercio y corso de la época. En el caso de Amaro Pargo, su paso por la Tortuga venezolana formaba parte de una estrategia de navegación segura hacia La Guaira, combinando el aprovechamiento de los vientos alisios con la proximidad a la costa para reducir riesgos y mantener el control del trayecto.



