En las últimas décadas, numerosas guías y plataformas turísticas han perpetuado un error: ubicar la residencia de Amaro Pargo en la conocida “Casa del Pirata” en Machado, municipio de El Rosario. Sin embargo, esa propiedad fue simplemente una inversión más que el corsario adquiriría apenas tres años antes de fallecer, y que más tarde heredó su sobrino predilecto, Amaro José González de Mesa. No hay evidencia de que viviera allí, por mucho que te cuenten fábulas de piratas. La verdadera casa donde Amaro residió, trabajó y forjó vínculos con la tierra se encuentra en El Socorro, Tegueste, y se conoce como La Miravala.

La Miravala es una casona rural del siglo XVIII, de una planta, construida en torno a un jardín central con aljibe. Tenía capilla privada, bodegas, panadería, cocina, horno y un muro almenado con entrada para carruajes. Se trataba de una finca pensada para la vida cotidiana y la producción agrícola. Desde aquí, Amaro Pargo coordinaba cultivos de vid, caña y tabaco, en un enclave privilegiado por su clima suave y la cercanía a La Laguna y Punta del Hidalgo.
A diferencia de la casa de Machado, que fue saqueada por buscadores de tesoros y vaciada de contenido, La Miravala aún se mantiene en pie, aunque deteriorada por la falta de conservación y la amenaza urbanística.
Hace unos años, un plan urbanístico propuso construir 14 chalets sobre la finca. El vecindario, liderado por Eloína Rodríguez y Begoña Suárez, logró frenar el proyecto tras reunir más de 400 firmas. Desde entonces, estas dos vecinas, profundamente arraigadas al barrio y a su historia, han documentado el estado de la casa, los saqueos sufridos y la negligencia institucional. Su objetivo: salvar La Miravala como patrimonio histórico, cultural y espiritual del municipio.
En la cercana ermita del Socorro, a la que Amaro ayudó a reconstruir, su nombre aparece grabado en una de las puertas originales, junto al de otro personaje clave en la historia local: “el Cuervo”. Aunque esa inscripción fue barnizada apenas una semana después de ser descubierta, su nombre aún permanece en la puerta principal de acceso al templo.
Eloína Rodríguez y Begoña Suárez han sido las voces más firmes en la defensa del legado de la Miravala. “Era una casa viva —recuerda Eloína—. Había gente trabajando en la caña, el ganado, la bodega. Se hacían pan, dulces, fiestas. Llegaba gente del pueblo a ayudar. Nosotros éramos niños, pero sabíamos que esa era la casa del corsario”.
Ambas crecieron con las historias transmitidas por sus mayores. Que Amaro estaba enterrado bajo una tuya canaria y que en el sótano se encerraba a presos entre rejas.

Les sorprende, además, que mientras la casa de Machado es Bien de Interés Cultural, la de El Socorro no esté protegida de ningún modo. Y lo cierto es que la Miravala no necesita de leyendas contadas por trovadores. Le basta con su verdad.



