viernes, 27 febrero, 2026

La radio desde la cama

Yo descubrí la radio en la COPE, en los tiempos del padre Siverio como director. Hacíamos un programa, un par de veces en semana, desde los estudios de La Laguna. Y nos pagaba. Poco, pero cobrábamos. Años antes, el padre José Siverio premió mi primer trabajo literario en un concurso convocado por la emisora orotavense que dirigía, La Voz del Valle, que era una radio sindical que tenía sus estudios en el Ayuntamiento de la Villa.

Fue una especie de fraude por mi parte porque el texto, bellísimo, no lo escribí yo, sino un sacerdote salesiano llamado Carlos Saravia Cabello de Alba, que me lo regaló. Cobré las cien pesetas del premio. Gané en prosa y en verso, el primer premio fue para Pepe Chela, querido compañero ya fallecido, que ejerció como sub-director mío en La Gaceta de Canarias y que fue mi compañero de programa en El Lote -con Miguel Tejeray Carmelo Rivero- en Radio Club Tenerife.

En 1995, o por ahí, monté Radio Burgado en el último piso del número 49 de la calle Sabino Berthelot, en la recoleta plaza de Ireneo González. Fue la segunda emisora alegal de Canarias    -la primera había sido Radio Libertad, en Las Palmas- y la instaló Pepe Saigí, uno de los grandes técnicos de alta frecuencia que ha ejercido en las islas, que había aprendido su oficio en la famosa Academia Maymo, de Barcelona, por correspondencia. Se jubiló como jefe técnico de la Radiotelevisión Canaria.

Radio Burgado se convirtió muy pronto en todo un suceso de la comunicación en Canarias, con emisoras en El Rosario, en la azotea de la casa de una señora mayor que tenía una hija guapísima a la que le faltaba un brazo; en La Corona (Los Realejos), en la finca del bueno de Miguel, que tanto nos ayudó; y en el sur, en la azotea del hotel Mediterranean Palace. Teníamos otro emisor de reserva en la azotea del edificio donde se encontraba la emisora.

Los ratones se comían los cables del emisor y de la antena de El Rosario y a cada momento teníamos que cambiarlos. Conectábamos los centros emisores por radioenlaces, la señal llegaba a través de líneas microfónicas, lo que resultaba carísimo.

No existía el Internet y voy a dar algunos datos, gracias a una libreta de la época fundacional que guardaba y que he encontrado. Radio Burgado no disponía de personal comercial, vivíamos de lo que le facturábamos a algunos empresarios por promocionar sus productos, o a ellos mismos, y de poquísimas casas comerciales de menor rango.

Pude haberme hecho rico con esta emisora, pero yo lo repartía todo y viajaba mucho. En varias ocasiones colapsamos las centrales telefónicas de Santa Cruz y la compañía de teléfonos, para que no le fastidiáramos el tráfico de llamadas, nos montaba líneas adicionales gratuitas.

Eran incesantes las comunicaciones de los oyentes. Ofrecíamos noticias, programas de entretenimiento, música, dábamos paso a los radioescuchas en directo y abrimos una segunda emisora, Radio Burgado Música, cuyo lema era «la verdad y el bolero». Otro éxito.

El lema de Radio Burgado lo tomé de una frase que una vez vi escrita, en español, en un muro, cerca de la Universidad de Heidelberg (Alemania). Probablemente una frase procedente del Mayo del 68: «Lo ideal es ilegal«. Levanté un muro en el estudio, pinté la frase en rojo y cerré el muro con un cristal. Cada invitado podía leer nuestro lema cuando se sentaba allí para intervenir en los programas. Y quedaba muy bien la historia.

Tengo estos datos. En febrero de 1996 pagamos 1.073.742 pesetas entre teléfonos y líneas microfónicas, correspondientes a dos meses, enero y febrero de ese año, porque la Compañía Telefónica facturaba bimensualmente. Y trabajaban en Radio Burgado, en plantilla o como colaboradores, 19 personas, con una nómina total de 1.400.000 pesetas cada mes. Pagábamos, además, 15.000 pesetas de comunidad, 195.000 de alquileres, 75.000 a la agencia Efe, 70.000 pesetas de luz y 80.000 pesetas de hipotecas, más las letras entonces se funcionaba con letras de cambio de los aparatos comprados a plazos y las dos unidades móviles. Teníamos 14 líneas telefónicas y seis microfónicas. De Seguridad Social cotizamos 258.398 pesetas en mayo de ese año 1996.

Se produjeron miles de anécdotas en los años en que estuvo activa esta emisora. Una vez, una política tinerfeña, muy guapa, además, y muy tocada de alcohol, se quitó las bragas en el restaurante Los Limoneros, unas bragas rojas de encaje, muy bonitas, y me las regaló. Las colgamos en el control de la radio, sin citar naturalmente a su dueña, y allí estuvieron meses. Daban muy buen olor. Y nos traía muy buena suerte aquella prenda.

En mis emisoras no se nos ponía nada por delante. En cierta ocasión, una importante agencia de publicidad nos retrasaba el pago de unas facturas de El Corte Inglés. Dirigí esta carta a los directivos de Media Planning Group el 29 de abril de 2009, ya en tiempos de Radio Ranilla, que sustituyó a Radio Burgado tras su venta en febrero de 2008. «Muy señores míos: Con cierta contumacia se nos piden, por parte de esa estimada empresa, datos y más datos que estamos cansados de aportar, cuya reiteración nos causa no poca zozobra y notoria pérdida de tiempo. Se trata de datos sobre órdenes de publicidad (que ustedes ya tienen puesto que son quienes las emiten), frecuencias de nuestras emisoras (que hemos enviado en otras ocasiones) y minucias por el estilo. Estimamos que se trata de un entretenimiento poco adecuado para retrasar el pago de las facturas, retraso que nos causa notable perjuicio y más en una época de crisis como la que vivimos. Como ya llueve sobre mojado y estamos empapados de disculpas, les rogamos que no soliciten más datos absurdos, sino que paguen. Y que lo hagan en los plazos previstos. Porque creemos que comprometen ustedes el buen nombre de El Corte Inglés, nuestro cliente, a cuyo presidente, don Isidoro Álvarez, enviamos copia de esta carta. Con la esperanza de su comprensión -y de su celeridad en el abono de las facturas pendientes-, les saluda atentamente. Andrés Chaves». Pagaron enseguida.

Aprovecho para contar algo, que no tiene nada que ver con la radio. En cierta ocasión fue a verme a La Gaceta de Canarias el entonces alcalde de Santa Cruz, José Emilio García Gómez. Yo estaba ese día agotado de tanto trabajo y mientras José Emilio hablaba frente a mí, en la mesa del despacho, me quedé profundamente dormido sobre esa mesa. No me acuerdo qué me estaba contando. El alcalde se fue en silencio, consciente de mi cansancio o del rollo que me estaba metiendo, o de ambas cosas a la vez, y me despertaron mis compañeros, al ver que llegaba la hora de la reunión de portada y yo no aparecía.

Así era mi día a día en eI periódico. Me dejé el alma en ese diario, del que salí mal, como siempre. Ni un euro de indemnización, a pesar de las promesas de la propiedad de compensarme con un año de sueldo.

Radio Burgado murió de éxito. Con miles y miles de oyentes jamás aparecimos en las estadísticas de las empresas de conteo, porque no queríamos pagarles. Un día se me cruzó el cable y, harto de trabajar y de los madrugones, le vendí la emisora al empresario grancanario Jaime Cortezo, que en paz descanse.

Yo hacía la radio desde la cama. Donde quiera que estuviera. No fui nunca al estudio y La Cafetera, que empezaba a las 8 de la mañana y se emitía hasta las diez, el programa más escuchado de su época, lo dirigía desde mi casa, o desde un hotel en cualquier parte del mundo. Sin línea especial, con un teléfono inalámbrico.

Todo esto hacia el programa muy natural. Muchas veces estaba semidormido, o dormido del todo, por lo que no es de extrañar el disparate que voy a contar a continuación y que es rigurosamente cierto. 

Tenía en el estudio a un compañero de apoyo, Iván, y en el control al mejor técnico de todos los tiempos en Radio Burgado, Juanma. Una vez hablábamos de la guerra de Irak y yo, completamente dormido, comencé a soñar con imágenes de Irak que había visto en televisión la noche anterior. Y dije en antena juro que durmiendo -o dormido-: “Porque, Iván, tú y yo, que hemos estado en Irak, sabemos que no se puede cruzar ninguna calle, porque un francotirador acaba contigo en décimas de segundo», Iván me siguió la corriente desde el estudio: «Lo que dices es el evangelio, Andrés». No habíamos estado jamás en Irak, por supuesto, y lo que yo comentaba era un sueño que me sobrevino en ese momento. Cuando desperté le dije a Iván, en antena: «Eres un pelota; cuando diga un disparate no me des la razón, coño». Así era Radio Burgado. 

Lo de la radio desde la cama era una novedad. Pero no lo de la radio desde la casa del director de un espacio radiofónico, porque el gran Victoriano Fernández Asís, que formó parte del tribunal que me dio el número 2 en el examen de ingreso en la Escuela Oficial de Periodismo (en la Sección de la Universidad de La Laguna), dirigía España a las 8, en Radio Nacional, desde su domicilio, con la participación de Jesús Hermida, Cirilo Rodríguez y un gran elenco de periodistas situados en todos los lugares del mundo. Era un programón.

Por cierto, que conservo con mucho orgullo (sobre todo por la recomendación) una carta de don Victoriano a un amigo de mi padre y gran periodista español, Mariano Daranas, en respuesta a otra de este: «Te comunico que el alumno que recomendabas con tan vehemente interés, don Andrés González de Chaves Sotomayor, ha superado con buena nota y con el número 2 de su promoción los exámenes de ingreso en la Escuela Oficial».

Las cartas de recomendación vivieron su época dorada. El catedrático don José María Hernández Rubio y Cisneros, profesor que fue de Derecho Político en La Laguna, a la hora de los exámenes, hacía lo siguiente. Ponía dos tongas con las cartas recibidas sobre la mesa; una mesa enorme situada encima de una tarima, bien visible. Una tonga muy grande y otra más pequeña. Y decía: «Aquí están las cartas de recomendación recibidas para esta convocatoria. Esta, la torre más grande, la forman las recomendaciones del señor obispo (don Domingo Pérez Cáceres intercedía por todo el que se lo pidiera). Y esta otra, la más pequeña, pero también apreciable, la integran las enviadas por el resto de autoridades, incluidos el capitán general, el presidente del Cabildo y el señor gobernador civil». Luego, el profesor Hernández Rubio hacía lo que le daba la gana. A mí me puso un cinco (en ese tiempo estudiaba Derecho antes de pasarme a Periodismo). Y esta vez no figuraba en ninguna de las dos torres de papel.

Después de aprobar primero de Derecho -bueno, menos Derecho Romano, que impartía el inteligente profesor Juan Miquel-, me empeñé en estudiar Medicina y me fui a Sevilla, en cuya universidad habían cursado Derecho mi abuelo y mi bisabuelo. Al año y medio de no dar golpe, mi padre me devolvió a Tenerife, agarrado por la pechuga. Entonces me hice periodista, pero desde el curso de ingreso en la carrera trabajaba en La Tarde como ayudante o auxiliar de redacción. Ya he contado algo de ese tiempo. La viuda del profesor Miquel me entregó hace unos años mi ficha de estudiante, recuperada de los papeles de su marido. La conservo con mucho cariño.

En Sevilla, donde solo aprobé el inglés porque asistía con entusiasmo a la clase de una profesora muy guapa llamada Georgina, lo pasé pipa y tuve una media novia, Mari Filo, que luego moriría en un accidente de coche. Yo la quería más a ella que ella a mí, según decían mis amigos. Era cordobesa, de unos enormes ojos verdes y había terminado Medicina cuando murió, mucho tiempo después de regresar yo a Tenerife. Me dio mucha pena.

Tengo que advertir que es lo último que digo sobre relaciones personales y sobre pérdidas dolorosas; en estas memorias no tienen cabida, porque no me da la gana citar públicamente a las personas que quiero o que he querido. Solo novias y amigas lejanas, cuyo recuerdo no se haya llevado el tiempo del todo, pero si lo ha disipado un tanto. Lo demás lo guardo para mí solo. Lo alegre y lo doloroso.

Cuando vendí Radio Burgado a Cortezo abrí otra emisora en Tacoronte, Radio Ranilla, pero pronto la trasladé al Puerto de la Cruz. La cosa de las emisoras alegales se puso más seria, o eso creía yo, y un día la cerré, por si me caía una multa. Teníamos unos estudios muy bonitos, parecidos a los que abrió Radio Burgado en el Puerto, como segunda sede.

Por cierto, Radio Burgado fue sancionada con 500.000 pesetas, tras una denuncia de Radio Club, pero el Ministerio de Telecomunicaciones, o no sé cómo se llamaba entonces el departamento correspondiente, jamás la cursó en firme. El recurso lo redactó mi amigo Ángel Isidro Guimerá, que conocía al director general, y me concedieron el silencio administrativo.

Todavía conservo esos papeles en el baúl de los recuerdos.

No quiero cerrar este capítulo sin contar una famosa anécdota del profesor Hernández Rubio, en la puerta del Casino de los Caballeros, el actual Real Casino de Tenerife, en Santa Cruz. El Casino tenía unas habitaciones para personalidades destinadas en la isla que aún no tenían domicilio. Eran alojamientos provisionales, muy limpios y baratos. Y destinaron uno de ellos al joven profesor de Jerez de la Frontera, que era uno de los pocos catedráticos de Derecho Político de España, una España sin Constitución y sin política, claro.

Pues llega don José María al que era su domicilio provisional con dos putas, colgadas de sus brazos y reclutadas en la cercana calle de Miraflores. El portero mayor del Casino le salió al paso, con un comentario: «Perdone don José María, pero usted no puede entrar en el Casino en compañía de estas dos señoritas de dudosa reputación». A lo que el profesor respondió: “De dudosa reputación, no; estas señoritas son putas. Las que son de dudosa reputación son las señoras y señoritas que están ahí dentro».

La anécdota es rigurosamente cierta, como me confirmó el propio don José María, almorzando en un restaurante de Santa Cruz, antes de una entrevista que mantuve con él en televisión y que también fue inolvidable. Era un personaje increíble, como lo demuestra esta otra anécdota. Además de un gran fotógrafo. Estaba enamorado de la isla de Fuerteventura. Ahí va la segunda anécdota.

Entró en clase y aquello estaba muy alborotado, con gente gritando, subida a los bancos, un desastre, sin que nadie se percatara de la presencia del catedrático. Entonces el profesor Hernández Rubio dio un puñetazo sobre la mesa y gritó: «Silencio, y sentados todos porque aquí no hay más cojones que los míos!». En esto que un alumno de primer curso situado en la tercera fila levanta tímidamente la mano y dice: «Y los míos, don José María». A lo que el catedrático, mirándolo muy serio, añadió: “Y los de ese señor».

Tengo que añadir que en la época de Radio Burgado, mi casa era el destino de auténticas peregrinaciones de oyentes. Y que lo que pedían era entrar a mi cuarto y ver la cama desde la que yo hacía la radio. Sobre todo, mujeres. Complací a algunas, las que me parecieron más adecuadas. Querían sobre todo ver y tocar el teléfono desde donde yo hablaba. Menos mal que este era un deseo fácil de conceder. Otros no tanto.

Andrés Chaves
Andrés Chaveshttps://elburgado.com/
Periodista por la EOP de la Universidad de La Laguna, licenciado y doctor en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense, ex presidente de la Asociación de la Prensa de Santa Cruz de Tenerife, ex vicepresidente de la FAPE, fundador de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad de La Laguna y su primer profesor y profesor honorífico de la Complutense. Es miembro del Instituto de Estudios Canarios y de la National Geographic Society.

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