domingo, 22 febrero, 2026

Me he mudado mas veces que Juan Ramón Jiménez

Me decía el poeta y periodista Salvador Jiménez que el autor de Platero y yo, Juan Ramón Jiménez, siempre se estaba mudando de casa. Tenía esa manía. Yo hacía lo mismo y en cada mudanza perdía, extraviaba y regalaba un montón de cosas. Una vez regalé un lavaplatos a un amigo y otra vez le regalé un coche al mismo amigo, que él me compensó con 200.000 pesetas. A otro le regalé un viejo y cotizado Fiat 500 con matrícula italiana que me encontré en el garaje de una casa que compré en La Orotava. Y a otro amigo, ya difunto, un Peugeot de alta gama. ¡Ah!, y a mi chófer un jeep. Todo esto ocurrió en mudanzas realizadas en la noche de los tiempos. Yo creo que he cambiado de domicilio más veces que Juan Ramón Jiménez.

Primero viví en la casa de mis abuelos paternos, en la Plaza del Charco portuense, que es la hermosa mansión que recuerdo con más cariño. En ella transcurrió mi niñez y parte de mi adolescencia. Hasta que vendieron la casa por diez millones de pesetas para pagar las deudas de mi padre y de un cuñado que salió rana.

La compraron los hermanos Olmo por la mitad de su valor, que eran veinte millones. Entregaron, además, añadido al pago en metálico, un apartamento en el que mi abuelo jamás quiso vivir. Entró en él una vez, alargó su bastón, vio que el palo tocaba el techo y dijo: “Yo en este cuchitril no me quedo, porque me ahogo”. Y se fue con mi abuela a casa de una de sus hijas.

Y, entonces, construyeron en el solar de su mal vendida casa el edificio más feo del mundo, que deshonra la Plaza del Charco. El pintor y arquitecto egipcio Mohamed Osman me regaló un óleo precioso que reproduce la fachada de la vieja mansión, cuyas estancias, antes y después de la acertada reforma a la que la sometió mi abuelo para crear locales comerciales que aumentaran su rentabilidad, tengo grabadas en la memoria.

Tenía la vieja casona caballerizas, bebederos para los caballos, cuartos para el carbón de las estufas, un patio canario lleno de ñameras, en cuya umbría se podía dormir la siesta, un zaguán enorme, una planta baja en la que se guardaban trastos históricos, una caja fuerte de mi tatarabuelo llena de escondrijos y de claves para abrir que mi padre malvendió, escopetas de las guerras carlistas con bayonetas caladas, prensas para encuadernar libros y hasta un garaje lleno de repuestos de los coches que había usado mi abuelo. Cuando vendieron la mansión de la Plaza del Charco nos trasladamos a la casa de mis abuelos maternos, que ya habían muerto, en la calle Blanco número 12, y que
había heredado mi madre. Nada que ver con la otra.

Cuando empecé a trabajar en La Tarde conseguí un apartamento de alquiler en la Rambla del General Franco, en Santa Cruz. Posteriormente, antes de casarme, mi suegro había comprado a mi mujer un piso en la plaza de Ireneo González de Santa Cruz, en el que hoy
vive mi hija Cristina. Un piso precioso. Después residí dos años en el Hotel Mencey y luego, brevemente, en otro piso de alquiler en la calle 25 de Julio de la capital, Allí, una novia que tuve, cabreada porque me fui con unos amigos a Bilbao de juerga, arrambló en mi ausencia
con los muebles y con lo que quiso, Cuando llevé a un notario para que diera fe del asunto, el fedatario me dijo: “Andrés, enemigo que huye, puente de plata”. Y no levantó acta alguna.

A continuación, me trasladé a Residencial Anaga, también en Santa Cruz. Dos veces. Y en la siguiente ocasión me cambié, esta vez a La Laguna, a una casa modernista de la calle Marcos Redondo propiedad de la familia Oramas, con muchos jardines, techos altos -que le hubieran encantado a mi abuelo Pedro- y amplias estancias. En esa casa se me apareció una vez un muerto afilado llamado don Elcear. Fue en el cuarto del fondo de la planta de los dormitorios y tenía un color gris que yo no le había visto jamás a ningún otro muerto. Viví allí siete años y solo lo vi una vez, acostado en la cama. Escribí un cuento sobre esta visión: Un muerto afilado y gris, llamado don Elcear.

Después adquirí un chalet en La Orotava, que tuve que entregar al banco en dación de pago, en el año 2008, lo mismo que el piso, muy moderno, que había comprado en Madrid, en la calle Almirante. Y durante la misma crisis alquilé un ático muy hermoso, con unas vistas increíbles, en el Puerto de la Cruz, antes de trasladarme a Santa Cruz, a la calle Nijota. Y ahora vivo de prestado, de nuevo en el Puerto de la Cruz, donde es posible que acabe mis días porque ya no tengo fuerzas para más mudanzas. También residí en la isla de El Hierro, por temporadas. Y en Tacoronte.

Verán que lo mío, en cuanto a cambio de residencias, no ha sido muy normal. Cada vez que lo hago tengo que acarrear con todas mis pertenencias. Y no eran pocas, ahora se han reducido a una ínfima parte, A medida que uno se va haciendo más viejo necesita menos cosas. Cuando repaso fotos de mis antiguos objetos de despacho, veo que varios de ellos han desaparecido. Otros han cambiado. Pasa lo mismo con los cuadros. Ya no me queda casi nada de lo que tenía a lo largo de mi vida, y esto es para mí un alivio. Y han muerto mis perros, menos la pequeña Mini, que alegra mis días y que no se separa de mí en ningún momento.

No sé si lo que les cuento interesará a alguien, pero lo cierto es que también es parte de mi memoria. He querido tener otras casas, que no conseguí comprar, en un pueblo perdido en el Norte de Tenerife, Buenavista, pero al final me decidí a vivir en el Puerto de la Cruz: donde estoy más cerca de mis hijas y de lo que queda del resto de mi familia. Yo soy el mayor de tres hermanos.

También, en los tiempos de abundancia, he considerado la posibilidad de trasladarme a otros países. En Montevideo, a una bonita casa señorial del barrio de El Prado, pared con pared con la del presidente Tavaré Vázquez. En Funchal (Madeira), un palacete antiguo, precioso. Y en el Portugal continental, en la ciudad de la que es oriunda mi familia, Chaves, cerca de la frontera con España por la provincia de Orense, donde encontré hasta un castillo barato que quise adquirir, ya digo que en los buenos tiempos. Pero una cosa es lo que uno quiere y otra lo que uno puede. En Canarias tenía mi pequeño mundo y Canarias es un sitio ideal para ganar dinero y para gastármelo. Y eso hice.

Parece mentira cómo le abandonan a uno las fuerzas con los años. Ahora no me apetece hacer nada de lo que me gustaba de joven, y lo que más ansío es la tranquilidad y la comodidad. Mi vida ha pasado a convertirse en una absoluta rutina y, aunque sigo ejerciendo el periodismo ad amorem, todas mis costumbres se han alterado. Me da pereza conducir, no salgo a la calle apenas —como consecuencia del covid-19 me volví un ermitaño—, me cuido como jamás me cuidé en toda mi vida, tomo doce pastillas diarias para mis diversas dolencias: diabetes mellitus, hipertensión, acidez, dolor en las piernas, etcétera, y le saco el jugo a la Seguridad Social que no le saqué en toda la vida. Y camino poco o nada. O sea, todo lo contrario de lo que me ordena el médico.

Una vez, en el año 2018, me metieron en una clínica privada, porque sufrí un subidón de azúcar mientras comía con mi hija y mi cuñada en el restaurante Los Troncos, de Santa Cruz. Me ingresaron en contra de mi voluntad, Yo sabía que no tenía absolutamente nada. Cuando en la clínica vieron que disponía de seguro privado, me hicieron absurdas pruebas de enzimas (por si se trataba de un infarto) y hasta un cateterismo, Me metieron, además, dos días en la UVI, que es lo más desagradable —y lo más caro- del mundo; y me monitorizaron. El cateterismo reveló mi buena salud, pero ellos erre que erre.

Fl zumbido económico que le metieron a la aseguradora propició que esos bandidos me retiraran la póliza y ahora dependo exclusivamente del 38 barra; es decir, de la Seguridad Social. Las aseguradoras, hablo en general, están dirigidas por cuatreros, que te estafan a la mínima. Y los intermediadores de seguros, sigo hablando en general, también son unos salteadores de caminos. Total, que me quedé sin seguro privado y que ahora, si me enfermo, tendré que ir con la plebe aun hospital público. Qué se le va a hacer. Toco madera, pero tengo buena salud, yo no sé si por causa de las pastillas o porque no he sido ni un gran bebedor, ni tampoco he fumado un cigarrillo en mi vida. Ni siquiera en mi juventud. Siempre he odiado el tabaco, si acaso algún puro, esporádicamente y al final de alguna comida. Jamás he fumado un porro y tampoco he consumido estupefacientes, o sea, que eso tengo ganado porque algunos de mis amigos se han muerto precisamente por ingerir lo que no debían, ya fuera alcohol o drogas.

Cuando decidí escribir estas memorias me propuse no ofrecer datos íntimos en ellas, porque los datos íntimos me los guardo para mí y porque no quiero cabrear a nadie, sino que la gente se divierta. Pero me sentía en la obligación de trazar un perfil de mis mudanzas y de mi estado de salud, quizá para complementar otros relatos que aquí
se han dado cita.

Dicen los británicos que es de mala educación hablar de las enfermedades propias —no así de las ajenas- y tienen razón, así que lo dejo aquí, sobre todo porque no existen más enfermedades propias que las relatadas, ninguna inconfesable.

Y lo de las mudanzas, ya saben. No han sido normales. Mientras que el ser humano pasa toda su vida en una o dos viviendas yo he tenido tropecientas. Si volviera a nacer no haría casi nada de lo que hecho a lo largo de mi vida; es decir, que me arrepiento de casi todo.

Cuando les digo a mis hijas que he sido un mal padre se indignan y me lo rebaten. A lo mejor aceptan que he sido un padre raro, pero la verdad que este último concepto no se lo he planteado. Puede que cuando lean esto lo acepten.

Y estaba tan cansado esta tarde en que escribo —esto parece una crónica—, después de una comida en Los Limoneros —he almorzado hasta el día de hoy más de 200 veces en tres años en ese restaurante, entrevistando a personajes—, que he llamado a mi amigo el catedrático y político Juan-Manuel García Ramos para que, por favor, me escribiera un capítulo de estas memorias. “¿Pero tú estás loco?”, me contestó, extrañado, “¿cómo me voy a hacer pasar por ti y escribir un capítulo de tu vida?”, preguntó. “Coño, si eres amigo mío, alíviame el trabajo”. No me hizo ni puto caso. Y añadió: “Cuenta lo de Venezuela, la reunión con don Luis Pastori para que la gente se ría un rato”. Así que paso a contarlo.

Nuestro amigo Paco González Yanes, empresario portuense, miembro de una saga familiar de gente emprendedora y cabal, que por entonces vivía en Venezuela —hoy reside en el Puerto de la Cruz-, nos invitó a comer con dos invitados de excepción. Pluralizo porque estaban conmigo Juan-Manuel García Ramos, ya citado varias veces en estas Memorias, y Arturo Trujillo, igualmente referido. Fuimos al restaurante Da Guido, fundado en los años 50 en Sabana Grande, concretamente en la Avenida Francisco Solano. Por cierto, calle con el mismo nombre del subteniente gaditano de la Guardia Civil que fue mi escolta durante años.

Paco nos tenía preparada una sorpresa, Incorporó a la comida a don Luis Pastori, poeta y escritor, presidente que fue de la Academia Venezolana de la Lengua, y a don Luis Guevara Menasalvas, que estaba casado con una señora llamada Flor Núñez, de La Orotava. Guevara Menasalvas había sido periodista de éxito y profesor de la Facultad de Periodismo de una universidad de Caracas, no recuerdo de cuál, Pastori era suegro del exguerrillero Teodoro Petkoff, fundador del MAS, Movimiento al Socialismo, y director del periódico Tal Cual, que acabó siendo muy beligerante contra Chávez y a quien Juan-Manuel y yo entrevistamos en su despacho del periódico.

El almuerzo duró como siete horas y cayeron cinco o seis botellas de whisky Buchanan’s de 18 años, que es una delicia. Acabó aquello entre gritos de los dos intelectuales venezolanos y las risas de todos hablando de literatura, de historia, de personajes vivos y muertos y, cómo no, de política.

En otro viaje, esta vez con la colaboración de Ibería, Juan-Manuel, Paco González Yanes y yo, entre otros, nos trasladamos a Mérida en un avión de Santa Bárbara, subimos en el teleférico de los Andes -yo me quedé en los 4.000 metros, si no recuerdo mal— y fuimos recibidos por el vicerrector de la Universidad de Mérida, donde ejerció como profesora María Rosa Alonso, tía de Elfidio Alonso, gran periodista, abogado y líder del grupo Los Sabandeños y hermana de don Elfidio Alonso padre, médico y director del ABC republicano, con quien tuve la oportunidad de hablar muchas veces en los últimos años de su vida.

El vicerrector de esa universidad andina, en ausencia del rector, nos condecoró y nos enseñó algunas dependencias del centro docente, muy prestigioso. Fue un viaje muy entretenido, incluido el aterrizaje en el aeropuerto de Mérida, que tiene una pista pequeña, en medio de la ciudad, y en el que no pueden operar sino pilotos expertos. Hice un vídeo del aterrizaje que emitió Azul Televisión y que ponía los pelos de punta.

Con Juan-Manuel estuve esas dos veces en Venezuela. Yo no he visto bronca mayor que la que le echó el catedrático lagunero a un mentecato que nos puso Iberia como acompañante, Paco González Yanes me la recuerda a cada momento, Fue la bronca más contundente, exacta y bien echada que escuché en mi vida. ¿El motivo?: por eso, por mentecato.

Con Paco González Yanes he participado en algunas visitas curiosas en Caracas. Una vez fuimos a ver al hermano de Diosdado Cabello, un hombre manco llamado José David, que era entonces el director del aeropuerto de Maiquetía, que fue después ministro de Desarrollo Urbano y que ahora dirige el SENIAT, que es tan cabrona como nuestra Agencia Tributaria. O más, porque al que quiere lo arruina. Bueno, igual que la Agencia Tributaria española.

También estuvo mi amigo Paco a punto de comprar un gran paquete de acciones de uno de los dos periódicos más importantes de Venezuela, El Nacional. Tuvimos una reunión en su despacho con su director y propietario, Miguel Henrique Otero, que ahora reside en España y que viene a Canarias de vez en cuando. Nos dio algunos datos del periódico y luego fuimos a comer al Urrutia, en Sabana Grande, uno de los restaurantes clásicos de Caracas.

Las negociaciones no prosperaron; pero El Nacional acaba de ser expropiado por Diosdado Cabello, uno de los mayores bandidos de América Latina, ladrón, traficante y reclamado por varios países. Expropiado por la cara, con tribunales comprados y atropellos a la libertad de expresión.

En aquel país he hecho tantas cosas. En el reactor de Humberto Petrica, industrial de origen italiano, propietario entonces de un banco y de la Universidad de Santa María, que poseía la mejor facultad de Derecho de Venezuela, recorrimos gran parte del país. Humberto era amigo de un compañero nuestro en ese viaje, Antonio Graña; y Arturo Trujillo y yo volamos a Caracas entre otras cosas para conocerlo. Nos trató de maravilla, Y el cabrón de Graña, al que quise muchísimo, me gastó una de sus bromas pesadas.

Le hizo creer a Petrica que yo andaba trajinándome a una antigua novia suya, una periodista llamada Ángela, a la que no le rocé ni un dedo, Yo notaba que Humberto me miraba atravesado y que no me prestaba mucha atención. Y Antonio —el coronel Graña en mi novela Los gallos de Achímpano-, echando leña al fuego. Hasta que el hombre no pudo más y me lo preguntó dlrectamente. «Te juro que yo no tengo nada que ver con esa chica, Humberto”, le dije. Y, entonces, se dio cuenta de que todo era una broma y que el bulo partía de Antonio Graña, para fastidiarlo. A partir de ese momento cambió por completo el trato hacia mí.

Cuando Graña compró el famoso restaurante La Riviera, en Santa Cruz, me invitó a que fuera yo el cura que lo bautizara. Es decir, para hacer un discurso inaugural. Allí estaba todo Santa Cruz. Lamentablemente duró poco porque una salmonelosis casi manda al otro barrio a todos los mandos provinciales de la Guardia Civil, durante una comida en su honor. Y mira que la Guardia Civil tiene estómago.

En un viaje a Venezuela, Arturo Trujillo y yo tuvimos contacto con El Diario de Caracas, que publicó un especial sobre Canarias. Este periódico, que seguía los patrones de El País, de España, y de Le  Monde, Francia, nunca pudo llegar a las tiradas de El Nacional y El Universal, pero era un diario progresista, con ambiciones intelectuales, que molestaba al poder. Estaba muy bien confeccionado y tenía un interesante contenido. Tuvo ceses y apariciones durante su trayectoria desde 1979 a 2009. Estaba dirigido a un público joven y las firmas que logró reunir eran muy destacadas. Sería muy interesante recuperar estudios ya elaborados sobre la prensa de Venezuela, desde la dictadura de Gómez a la dictadura de Maduro. En Venezuela se leía mucho el periódico. Y el secreto estaba en la venta callejera de ejemplares, que era un espectáculo. Cientos de personas vendían los periódicos por toda Caracas. En esa época, los 80, se respetaban los semáforos, Ahora no, porque te roban si paras.

En cierta ocasión me trasladaba, en uno de los coches del Hotel Tamanaco, desde la casa de una amiga hasta el hotel, Vimos cómo otro coche, a gran velocidad, nos adelantaba, El chófer me dijo: “Ese muere esta noche”. Y, efectivamente, Seguimos nuestra ruta y medio kilómetro más adelante vimos que el hombre se había estrellado contra un edificio y que tenía la cabeza colgando de la ventanilla, en- sangrentada y no sé si media separada del tronco. Le pedí al conductor: “¡Pare, pare, vamos a auxiliar a este hombre!”, Y me respondió: “¿Usted está loco? Si yo paro y llega la policía me echa la culpa a mí y, además, nos extorsionan”. Entonces comprendí que existen países en los que la vida no vale absolutamente nada. Siguió su camino como si no hubiese visto el accidente y me dejó en el hotel.

Venezuela es una caja de sorpresas. Otra vez viajó conmigo el periodista, profesor y expolítico Aurelio González, invitados ambos por el Gobierno de Canarias para presentar allí mi novela Los gallos de Achímpano. El acto se celebraba en el Hotel Eurobuilding. Subiendo en el ascensor nos encontramos en el suelo una bala del calibre 38. Todo el mundo va armado en Caracas.

Otra vez, antes de viajar en coche con Raquel desde Maracaibo a la localidad petrolera de Lagunillas, donde ella vivió, el empleado de la casa de alquiler de automóviles me entregó las llaves del coche y un revólver. “Si por casualidad tiene que cambiar un caucho, usted lo
hace, pero trabe del cinturón el revólver, bien visible para que no pare nadie a robarle”. Bueno, a mí me gustan las armas y sé disparar, así que cogí el revólver, lo metí en la guantera y no se me pinchó ningún neumático, afortunadamente. Sentado en la orilla del lago Maracaibo con mi amiga, vi la rata más grande que ustedes puedan imaginar, Salimos de allí pitando. Además, en la ciudad de Maracaibo el calor es tan insoportable que no puedes dormir sin el aire acondicionado a tope. Dos veces he estado en la capital del Zulia. La ya referida y la segunda en el avión de Guillermo Fantástico González, para visitar el canal de televisión y la sede de sus 20 emisoras de FM que le expropió el chavismo, un socio chavista que tenía y que lo traicionó. Su canal se llamaba Televiza, así, con zeta.

En otra ocasión, estando con mi ya citada amiga Raquel en el CCCT, Centro Comercial Ciudad del Tamanaco, en el barrio de Las Mercedes, Caracas, en una tienda de moda, apareció por allí Gabriel García Márquez. Se enamoró de una camisa que yo tenía en la mano y se la cedí. Vaya casualidad encontrarme con el Nobel —no sé si ya se lo habían concedido— en la misma tienda en la que estábamos nosotros. Yo tenía una manía: en cada ciudad de Sudamérica que visitaba compraba la novela El coronel no tiene quien le escriba. Guardo un montón de ediciones de esta obra maestra de García Márquez.

Total, que empecé con mis mudanzas y terminé escribiendo una crónica de andanzas. Los periodistas ni siquiera sabemos escribir unas Memorias. Nos puede el oficio y tiramos para la crónica, inevitablemente.

Andrés Chaves
Andrés Chaveshttps://elburgado.com/
Periodista por la EOP de la Universidad de La Laguna, licenciado y doctor en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense, ex presidente de la Asociación de la Prensa de Santa Cruz de Tenerife, ex vicepresidente de la FAPE, fundador de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad de La Laguna y su primer profesor y profesor honorífico de la Complutense. Es miembro del Instituto de Estudios Canarios y de la National Geographic Society.

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