He visitado Buenos Aires en cinco ocasiones. La capital argentina tiene mucho de París y los argentinos de Argentina son educados, exquisitos y serviciales. Me he alojado en los mejores hoteles de la ciudad, desde el Sheraton al Palacio Duhau. Recuerdo las veces que he viajado a las ciudades por los nombres de los hoteles donde me alojé.
Argentina es también el paraíso de los mercadillos, de las antigüedades, de las cosas viejas muy bien conservadas. Y en esto se lleva la palma el barrio bonaerense de San Telmo y, en particular, la Plaza Dorrego, que es el centro neurálgico del distrito.
Todavía me quedan cosas compradas en Argentina: la réplica de un tranvía de principios del siglo XX, plumas Parker fabricadas en el país y, sobre todo, las obras completas, en francés, de Emilio Zola, sin abrir, en una veterana edición de lomos coloreados con acuarela. Es una colección preciosa. Y esa compra, en San Telmo, tiene la culpa de que no obre en mi poder un manuscrito de García Márquez, como más tarde contaré.
Mi barrio preferido de Buenos Aires es el elegante y señorial de La Recoleta. Una vez invité a todos los clientes que se encontraban en una discoteca del Barrio Norte, El Gato Dumas, a champán. Fue en mis tiempos locos y el Moët & Chandon fabricado en Argentina era exquisito y barato.
Ejercí de rico, sin serlo, para impresionar a una chica sueco/argentina, hija de un diplomático, llamada Ingrid. ¿Dónde estará ahora
Ingrid de la que no recuerdo ni siquiera su apellido? Una noche, ambos con un buen pedo, de regreso al hotel arranqué de cuajo un viejo cartel de una panadería y heladería llamada Paco. Me desperté por la mañana abrazado al cartel. Ingrid ya no estaba allí.
Visitar el cementerio de La Recoleta es una excursión a pie llena de encanto, aunque lo que digo pueda parecer una contradicción. Los cementerios en este país son bellísimos. En el de La Chacarita está enterrado el gran Gardel. En la boca de la estatua del artista siempre hay un cigarrillo encendido. Día y noche. Se lo van colocando los visitantes, a medida que se apaga el anterior.
Desde siempre fui un admirador de El Gráfico, la revista deportiva Argentina por excelencia, una de las más importantes y mejor editadas del mundo de habla hispana. Compré los derechos para España y la comencé a publicar en Canarias en el año 2007, que fue el último año en que visité el país.
Riopedre, directivo de El Gráfico, y yo firmamos el contrato en el Hotel Palacio Duhau. Pero me cogió de lleno la crisis de 2008 y no pude continuar el proyecto. La publicidad cayó en picado y yo no resistí el embate económico que ello generó. Pagaba 3.000 euros al mes de derechos de edición. Casi nadie me ayudó. Hicimos la presentación en el Hotel Mencey y a ella acudió todo el mundo, pero ya se anunciaba la catástrofe, la burbuja inmobiliaria y la crisis bancaria.
Renegocié el contrato, pero fue inútil. Se editaron diez números y eso que contaba con la colaboración incondicional de mi amigo Pepe Rodríguez,director/propietario del periódico El Día. No fue suficiente. Diez números que no desmerecían para nada del original argentino, con información deportiva local. Cada vez que hojeo el tomo con la colección, me entran ganas de llorar. Yo creía que iba a ser el negocio de mi vida. Y me fui a la ruina. Bueno, una de ellas.
Dije que la compra de las obras completas de Emilio Zola, una edición numerada, sin estrenar, estropeó la adquisición del manuscrito de una novela de García Márquez. Y es cierto. En muchos comercios de Buenos Aires, el hecho de que el peso argentino tenga cuatro y hasta cinco tipos de cambio, hace que no acepten tarjetas de crédito.
Yo me había gastado todo mi efectivo, más otros mil dólares que me prestó un amigo, José Manuel, notario de Santa Cruz; solo me quedaba el pocket money, el dinero de bolsillo para taxis, para llegar al aeropuerto, para cualquier pequeña emergencia. El librero de San Telmo me ofrecía el manuscrito de una novela —que no recuerdo— del autor de Aracataca. Y no aceptaba ni la Visa ni la American Express. Ya me había gastado hasta el último dólar en Emilio Zola. Así que me quedé sin la compra de mi vida.
Buenos Aires es una ciudad en la que yo viviría, sin pensarlo. Y si me dieran a elegir, ni en el pobretón y típico barrio de La Boca, ni en el bello y tradicional de Palermo. Sin dudarlo, en el Barrio Norte o en La Recoleta, o quizá junto al complejo comercial Patio Bullrich, en la calle Posadas, en el barrio de Retiro. He dicho algunas veces que Buenos Aires tiene mucho de París. Y es verdad. La elegancia preside sus barrios más residenciales. Es una delicia tomar carreteras secundarias para llegar hasta El Tigre, pasar por la residencia presidencial de Olivos, darte una vuelta por la Plaza de Mayo, donde los centinelas hacen guardia junto a la Casa Rosada.
Puedes imaginarte a Evita Perón arengando a las multitudes, o a los dictadores del triunvirato anunciando una loca guerra contra Inglaterra, que abusó en Malvinas de su supremacía militar hundiendo al crucero General Belgrano, un viejo buque de la II Guerra Mundial. Hundiéndolo sin motivo, sabiendo que iban a morir cientos de personas, casi todos jóvenes soldados sin instrucción para la guerra. Fallecieron 326 de ellos. Podían haber muerto sus 1.093 tripulantes a causa de los dos proyectiles disparados por el submarino nuclear británico HMS Conqueror, cuya tripulación no tuvo piedad
a la hora de lanzar los torpedos sobre el viejo crucero ligero argentino, comprado a los Estados Unidos. Una chatarra.
Mi buen amigo fotógrafo Rafael Wollmann, que después fue el esposo y padre de los hijos de mi compañera Ana de Juan, se encontraba en Malvinas cuando llegaron los argentinos y humillaron a la tropa inglesa que custodiaba la isla. Esas fotos le han dado a Rafa mucha fama y dinero. Él estaba en Malvinas haciendo un reportaje sobre la fauna de la isla cuando sucedió todo. Son las mejores fotos de guerra que he visto. Ni un muerto, ni una escena violenta, solo una tropa rindiéndose.
Yo empecé a enamorarme de Argentina cuando seguía el rastro de un hermano de mi abuelo paterno, mi tío abuelo Andrés, abogado, que fue director del Banco del Hogar Argentino, adquirido luego por el banco de Botín, el Santander.
Mi amigo y dto cargo del Santander, José Luis Martínez Marauri Bujanda, que en paz descanse, me consiguió el expediente completo de mí tío abuelo, que se había marchado a Argentina por amor a su esposa, la poetisa lagunera Clara Melián,ya que la familia de él no aceptaba aquel matrimonio. Tuvieron hijos, nietos y biznietos y allí sigue viviendo parte de la familia. Nunca en mis viajes contacté con ellos, pero pude haberlo hecho.
En Buenos Aires, en una ocasión, quise visitar el Luna Park, que fue donde nuestro paisano Domingo Barrera Corpas disputó el título mundial de los pesos superligeros a Nicolino Locche, ídolo local y campeón. Domingo le destrozó uno de sus brazos al campeón mundial. Ganó moralmente el combate, pero dos de los tres árbitros, contagiados y acobardados por el ambiente, le concedieron la victoria a Locche. El combate completo lo pueden ver en el internet.
Conseguí la revista de El Gráfico de la época en la que aparecía la nota de pelea. La verdad, no sé dónde la he metido, pero sé que la guardé en alguna parte. El combate se celebró en 1971.
No se lo pierdan. El Luna Park es el escenario de grandes eventos deportivos y el bello Teatro Colón, el templo de la música. Los Sabandeños actuaron una vez en el Colón, en la Plaza del Vaticano de Buenos Aires, llenándolo.
Este es mi pequeño homenaje a Buenos Aires, que ha tenido un desarrollo vertiginoso en los últimos años con el crecimiento de la zona de Puerto Madero, donde eI arquitecto Faena junto al diseñador Philippe Stark transformaron un viejo galpón en un hotel de lujo. Ahí empezó una espléndida explosión urbana, que ha terminado convirtiendo el otrora destartalado Puerto Madero en un barrio parecido a otro cualquiera del moderno Manhattan.
Sin duda, Buenos Aires hizo feliz mis estancias, con sus librerías de Corrientes que no cierran de noche, sus tiendas de discos, sus grandes almacenes, sus cafés en la calle Florida y su cambio de moneda tan favorable para nosotros los europeos.
Y, para perderse, una localidad situada entre Buenos Aires y Mar del Plata: Pinamar. Una ciudad construida sobre la arena, con chalets hermosos, Linares que llegan hasta las playas, tranquilidad, sol y diversión, en la costa atlántica argentina.
En Pinamar también me habría perdido un día, para disfrutar de sus campos de golf, de sus restaurantes y de una vida de ricos que no me podía permitir. O a lo mejor sí, quién sabe.
También me hubiera perdido en El Tigre, en el delta del Panamá. Viajé allí con una amiga, Fátima, en esta ocasión en un avión de Aerolíneas Argentinas. No queríamos regresar a Buenos Aires, pero yo tenía que presentar un libro mío en el Sheraton a un grupo de canarios que había viajado hasta Buenos Aires, y a la colonia canaria en Argentina. Una presentación exitosa, pero inoportuna. Aterrizamos en el Aeroparque Jorge Newberry, en la Costanera, y llegamos a tiempo al acto. Por los pelos.



