Hay un momento en la vida adulta del que no se habla lo suficiente, y es ese en el que te sientas en el sofá, coges el mando a distancia, abres una plataforma y, de repente, te das cuenta de que no sabes quién eres.
Antes era más fácil. Había cuatro canales, dos series decentes y una decisión bastante limitada que, en el fondo, agradecíamos. Uno no podía equivocarse demasiado porque tampoco había margen para hacerlo.
Ahora no.
Ahora entras y tienes tantas opciones que elegir una serie se ha convertido en una especie de examen de personalidad. Como si cada decisión dijera algo de ti. Y lo dice.
Porque no es lo mismo empezar un documental sobre asesinos en serie que una comedia ligera de veinte minutos. No es lo mismo ver algo en versión original que doblado. No es lo mismo elegir una serie coreana que una inglesa donde todos parecen tener problemas emocionales desde el minuto uno.
Todo eso habla de ti.
O eso empiezo a sospechar.
El otro día me senté con la firme intención de ver “algo tranquilo”. Nada complicado. Algo que me permitiera desconectar sin tener que tomar apuntes mentales ni preguntarme por el sentido de la vida cada diez minutos.
Estuve cuarenta y cinco minutos eligiendo.
Cuarenta y cinco.
Llegó un punto en el que ya no estaba buscando una serie, estaba buscando una versión mejor de mí mismo. Una que eligiera bien. Una que no se dejara llevar por las recomendaciones absurdas tipo “Top 10 en España hoy”, que es una lista en la que nunca he confiado del todo.
Porque uno entra ahí pensando que va a encontrar calidad y se encuentra, en cambio, con cosas que claramente alguien está viendo, pero nadie reconoce haber elegido.
Es como cuando ves una canción en el número uno y no conoces a nadie que la haya puesto.
Hay algo turbio ahí.
El caso es que seguí bajando, mirando portadas, leyendo sinopsis que parecen escritas por alguien que tampoco ha visto la serie. “Un giro inesperado cambiará sus vidas para siempre”. Bueno, gracias por la información.
En un momento dado, empecé a sentir presión.
Porque cuanto más tiempo pasas eligiendo, más importante parece la decisión. Ya no puedes fallar. No después de cuarenta minutos. No puedes darle al play a algo mediocre. Eso sería aceptar que has gestionado mal tu propio ocio.
Y eso duele.
Así que empecé a descartar cosas con criterios cada vez más absurdos.
“No me gusta la cara de este actor.”
“Esta iluminación parece triste.”
“Demasiado famosa, seguro que decepciona.”
En ese punto, yo ya no estaba bien.
Finalmente elegí una serie. No diré cuál por respeto a mí mismo. Le di al play con una mezcla de esperanza y miedo, como quien toma una decisión importante sin estar del todo convencido.
Duré diez minutos.
Diez.
No porque fuera mala —que también—, sino porque en esos diez minutos ya estaba pensando en todas las otras opciones que había descartado. En lo que podría estar viendo en ese mismo instante si hubiera sido una persona diferente. Mejor, probablemente.
Apagué la tele.
Me quedé unos segundos en silencio, mirando la pantalla en negro, reflexionando sobre mis decisiones vitales, que es algo que uno no espera hacer un martes por la noche en pijama.
Y entonces hice lo que hacemos todos en ese momento, aunque no lo reconozcamos lo suficiente.
Volví a poner una serie que ya había visto.
Una que sé cómo empieza, cómo acaba y en qué momento exacto me voy a reír. Una serie que no me exige nada, que no me juzga y que, sobre todo, no depende de que yo tome una buena decisión.
Ahí entendí algo importante.
Que a veces no queremos descubrir cosas nuevas.
A veces solo queremos no equivocarnos.
Y eso, visto así, dice bastante más de nosotros que cualquier serie que podamos elegir.



